July 9, 2023

¿El tiempo pasa igual para todos?

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Vivir en Londres, en Bogotá o en Riohacha hace que el tiempo pase de forma diferente para cada uno; ¿Por qué el paso del tiempo entre dos ciudades es tan diferente?, ¿pasan los días al mismo ritmo para todos?, ¿Afectó la pandemia del COVID-19 nuestro sentido del tiempo?

Para este capítulo hablamos con el físico y astrónomo Nelson Velandia; con el médico cardiólogo Juan Pablo Umaña; con Hernando Santamaría, Profesor e investigador y Director del Doctorado de Neurociencias de la Universidad Javeriana; también hablamos con el escritor Adolfo Zableh y con el experto en movilidad, Darío Hidalgo.

Soy Roberto Pombo, y estas son mis preguntas. Un programa de prisa media hecho posible por KFAM inspirando sonrisas. Vivir en Londres, en Bogotá o en Rihuacha hace que el tiempo pase de forma diferente para cada uno. En un lugar no rinde, mientras que en el otro todo está al alcance. En unos minutos, en unas ciudades caminamos a toda la velocidad, mientras que en otras nos paseamos. Por qué el paso del tiempo es tan diferente En dos ciudades distintas pasan los días al mismo ritmo para todos. Afectó la pandemia del covid diecinueve en nuestro sentido del tiempo. Para este capítulo hablamos con el físico y astrónomo Nelson Velandia, con el médico cardiólogo Juan Pablo Humaña, con Hernando Santa María, profesor e investigador r y director del doctorado de neurociencias de la Universidad Javeriana. También hablamos con el escritor Adolfo Sablé y con el experto en movilidad Darío Hidalgo soy Roberto Pombo. Bienvenidos a mis preguntas. De vez en cuando vuelvo a los viejos álbumes de fotos familiares. Hace poco, en uno de los últimos lunes festivos, me sentí a ver otra vez las fotos de mis hijos, cuando todavía eran solo unas criaturas que me necesitaban para todo que me pedían que los cargara que jugara con ellos y no pude evitar llenarme de nostalgia a qué horas dejaron de ser esos niños. Pensé avancé en el tiempo a través de los recuerdos que me traen las imágenes. Llego entonces a las fotos de mis nietos y siento como si viviera otra vez esos momentos de alegría. De pronto. Por eso los poetas usan la licencia de decir que uno revive un instante. En qué momento esos niños que se desencajaban de risa cuando les hacen cosquillas, tuvieron sus propios hijos con los que ahora juegan y se hacen cosquillas. Y mientras más fotos veía y más recuerdo, se me venían a la mente más rápido. Sentía que había pasado el tiempo. Al día siguiente tuve que asistir a una siempre necesaria, pero no menos molesta visita a mi odontólogo. No voy a entrar en detalles, pero el sonido de la fresa dental habla por sí. Solo. Fue entonces que sentí que la velocidad con la que los años habían corrido hasta ese instante se ralentizó si los treinta años anteriores, al momento de ese procedimiento dental para cambiarme una resina. Pasaron en lo que dura un pestañeo la siguiente media hora. En realidad duró algo así como un día entero. Recordé esa escena de la película de ciencia ficción interestelar cuando los protagonistas, unos astronautas que viajan a través de un agujero negro en busca de un planeta para evitar llegan al planeta Miller, en el que el tiempo no transcurría de la misma manera que en la tierra. Mientras en nuestro planeta pasaban siete años, en ese planeta pasaba solo una hora. Confieso que todavía no termino de entender del todo la teoría de la relatividad de Einstein, Pero hay algo de esa teoría que me ha calado profundo y que he ido verificando de manera empírica con los años. La distancia y el tiempo no son absolutos, sino que dependen del observador tuve una revelación unos años atrás, en un viaje a Cúcuta, una ciudad que tiene casi un millón de habitantes. Allá pude ver que el mediodía dura más que en Bogotá. A esa hora la mayoría de las personas van a su casa, almuerzan y muchas veces tienen tiempo de echarse una ducha para refrescarse e incluso dormir una siesta. Me sentí en el planeta Meller. Lo mismo pasa con las salidas a hacer diligencias en Bogotá. Tramitar un documento en el centro y luego asistir a una reunión en la calle. Cien es cuestión de un día entero y pensar en ir hasta la casa a la hora del almuerzo es un absurdo y ni hablemos de la posibilidad de una siesta. Por qué el paso del tiempo entre las dos ciudades y entre muchas otras parece cambiar como si estuvieran en galaxias lejanas. Cambia esto la calidad de vida de sus habitantes? Abro este capítulo con el testimonio de Adolfo Sable, un hombre que pasó de vivir en una ciudad que va un poco de espacio como Barranquilla, a vivir en el ajetreo eterno de Bogotá y no ha renunciado a la siesta del mediodía. Cómo cambia esto la calidad de vida de las personas? Cómo cambia eso la vida de las personas? Pues no sé. Yo creo que es una especie de balance, porque en la capital tu tienes muchas más opciones profesionales y más oportunidades como de crecer, de mejorar. Quizás en las otras ciudades te puedes estancar, pero a cambio de eso llevas una vida mucho más calmada. No con tanto a fact es que en botal literalmente uno siente que el tiempo no alcanza. Pero es precisamente por eso con tanta gente, con tanta distancia, por re correr, con tantas ocupaciones, pues es sacrificar unas cosas por otras. Entonces ahí es, pues, prefiere uno o el éxito profesional con un detrimento en la calidad de vida o star quizás no tan exitoso a nivel nacional, pero con tiempo para dedicárselo a uno mismo. Las respuestas parecen obvias, pero busqué y revisé con detalle algunos datos para que me ayudaran a entender por qué. El tiempo en Bogotá, por ejemplo, parece que pasara más rápido y no alcanzará para hacer tres diligencias en un mismo día. De acuerdo con el estudio Global trafic score Card de i nr X, Bogotá es sexta en el ranking de las ciudades con peor tráfico del mundo, la primera del Suramérica, seguida por Medellín, debajo inmediatamente de una ciudad como Nueva York, que tiene algo así como dos uno millones de carros, ocho cuatro millones de habitantes, de un sistema de medios de transporte público que cubre casi toda la ciudad. Según este mismo estudio, en Bogotá se pierden cerca de ciento veintidós horas al año, más de cinco días debido al congestionamiento. En Medellín noventa y uno horas y en Caris sesenta y seis. Ese mismo ranking encontró que la velocidad promedio en la capital es de once millas por hora, es decir, algo así como diecisiete siete kilómetros por hora. Para que se hagan una idea, la ciudad que encabeza está lista es Londres, con ciento cincuenta y seis horas perdidas al año seguida de Chicago ciento cincuenta y cinco horas, París ciento treinta y ocho y Boston ciento treinta y cuatro. Siento que por fin clasificamos en una lista con grandes ciudades, pero no por los motivos correctos. El índice de tráfico tom Tom hecho el año pasado nos deja con cifras más desalentadoras. En Bogotá se gastan veintiséis minutos con veinte segundos para avanzar diez kilómetros y gastamos doscientos cuarenta y nueve horas en trancones en las horas pico por año. El doble de lo que indica el estudio de I n r X y la velocidad promedio es de diecinueve kilómetros por hora. No importa a cuál de los dos estudios le hagamos caso. A los bogotanos se nos va el tiempo metidos y en trancones y ese deshonroso sexto lugar y esos números sobre el tiempo gastado en el tráfico. Lo logramos a pesar de que las cifras de Bogotá cómo vamos apuntan a que el primer y segundo medio de transporte que más usamos en la ciudad es transporte público. Veintinueve por ciento USA tras milenio y veinticinco por ciento bus particular, es decir, más de la mitad de la población no se mueven carro Veo estas cifras y pienso entonces que el transporte público podría ser la solución para recuperar algunos minutos de esas ciento veintidós horas que perdemos en el año que quizás cuando por fin llega el metro y un tranvía a la ciudad, esto va a mejorar que las calles se van a descongestionar que vamos a ir más rápido y el tiempo va a pasar más lento. Pero fue entonces cuando vi un vídeo que se hizo viral porque yo salgo a las cinco de la mañana. Estoy dejando tiempo ocho de la maté a la casa. Realmente es un tiempo que uno está atacando, se lo está quitando a los tres y por la tarde salgo a las cinco y tengo que hacer otro recorrido de dos horas, dos horas y media, porque es más complicado y ese tiempo encina. Me gustaría telessalo más para compartir de pronto con mi familia. Se trata de un reportaje de la BBC que sigue a alba duarte una empleada doméstica en su recorrido. El trabajo sale a las cinco de la mañana desde su casa en el sur de Bogotá para llegar a las siete a su trabajo en el otro extremo. Cada trayecto le toma dos horas en las que debe tomar un bus, un tresbilenio y caminar, es decir, es trabajar antes de trabajar, con el agravante de que esas cuatro horas al día no se las pagan. Esta es una historia que se replica al menos cientos de miles de veces en Bogotá, una ciudad que obliga a una gran parte de la gente a desplazarse desde los ños mismos puntos hacia los mismos destinos por su distribución y un sistema laboral que nos obliga a movernos a las mismas horas a millones de personas. No hay sistema de transporte que soporte esta rutina fallida. Somos una ciudad en la que sus habitantes pierden días enteros cada año en buses atiborrados. El tiempo entonces sí pasa más rado. Y si en el transporte público llueve en el particular. No es campo desplazarse en vehículo particular. Como ya sabemos, hace que el tiempo se acelere afuera. Según el registro distrital Automotor de la Secretaría Distrital de Movilidad, en dos mil veintiuno había un millón novecientos un mil trescientos noventa y cinco carros particulares y cuatrocientos sesenta y seis mil novecientos veintinueve motos en una ciudad de un poco más de siete millones de habitantes y con vías estrechas y dañadas. Esa cantidad de vehículos es la fórmula segura para viajar muy lento y, como ya vimos, la velocidad promedio en la ciudad es de diecinueve kilómetros por hora. Afuera de los carros, el tiempo pasa más rápido. Esto me recuerda la llaman la frase de un ex alcalde que dice que es feliz en un trancón mientras ve pasar a toda velocidad los buices rojos v articulados. Pienso entonces en Alba, la protagonista del video de la BBC, en la rutina de miles de bogotanos en los portales de TransMilenio a las cinco de la mañana, incluso cuando no ha salido el sol que se agolpan al mismo tiempo para embutirse en ese vi articulado. Sí van solo un poco más rápido, pero en qué condiciones, porque ya no se trata entonces del tiempo, sino de la calidad de ese tiempo. Aunque hay que reconocer que ese hacinamiento en los vehículos de transporte público pasa en todas partes del mundo. A la misma hora hagamos el siguiente ejercicio. Pongamos el ejemplo de Alba, que es el caso de miles de personas en Bogotá que pasa en promedio cuatro horas al día entre buses, es decir, veinticuatro horas a la semana. Si trabajan seis días, No son veins veinticuatro horas que pueda usar para descansar, porque casi siempre por la hora en la que se desplaza, debe ir de pie y apretada contra las demás personas, con una mano agarrada del tubo y con la otra pretando el celular para que no se lo roben. Es un día entero a la semana que pasa de pie incómoda, justo antes y después de una pesada jornada de trabajo, un día entero menos cada semana, menos tiempo que comparte con sus hijos. He escuchado también otros argumentos que dicen que el paso del tiempo también tiene que ver con el ritmo de vida de los habitantes, Por ejemplo, que en las ciudades de la costa, todo va a otro tiempo más suave, como si siguieran el ritmo de las olas. Pero, según los datos de la encuesta de percepción ciudadana de Cartagena, como vamos, la frescura de los costeños no tiene nada que ver con la velocidad a la que se transportan en la ciudad. Según esta encuesta, un cuarenta y cuatro por ciento de los cartageneros se transportan en bus o en Transcaribe, pero menos del cincuenta por ciento de los que usan estos medios se sienten satisfechos por las demoras y es que, según cifras del Departamento Administrativo Nacional de Estadística, dan un cartagenero tarda cuarenta y dos minutos en cada trayecto de su casa al trabajo, es decir, una hora y veinticuatro minutos cada día en una ciudad de un poco más de ochenta y tres kilómetros cuadrados, más bien pequeña y claro. No hay discusión en que Bogotá, por su tamaño y por la cantidad de gente, es la ciudad donde más cuesta moverse. Pero, según el Dane, Cartagena es la tercera en la lista, Es decir, que un habitante de Cartagena perderá veintiocho horas de su vida en un bus carro o moto. Cada mes se nos está yendo el tiempo la vida intentando movernos. Busco a Darío Hidalgo, profesor de transporte y logística de la Universidad Javeriana. Le quiero preguntar qué se debe hacer para que el tiempo no se nos siga yendo metidos en un bus en un canal roberto. Es cierto que en Bogotá perdemos demasiado tiempo en el tráfico, Y esto pues, muchas personas piensan que lo que hay que hacer es más vías. Tal vez necesitemos algunas vías de acceso, pero la principal solución a la pérdida de tiempo de viaje es la mejora del transporte público, la mejor la construcción del metro, de las dos líneas, los corredores de buses, los cables, todo eso es parte de la solución. Y también buscar que los destinos estén más cerca de los orígenes, que no tengamos tanta dispersión espacial a través del ordenamiento urbano. Y eso es lo que ciudades que incluso tienen índices peores que Bogotá, vienen haciendo para mejorar su movilidad. No preocuparse tanto por el tráfico de carros, sino preocuparse por el acceso de las personas. Y es lo que viene haciendo Londres, lo que viene haciendo París, lo que viene siendo nueva York. Allí también incluso hay mayores costos para el uso del vehículo particular y mejoras sustanciales al transporte público. Esta lista de la encuesta de pulso social del Dane pone Barranquilla como la segunda ciudad con mayor tiempo en el tráfico, cuarenta y siete cuatro minutos por trayecto, y Medallín Ycario ocupan el cuarto y quinto lugar respectivamente. Si usted quiere basarse en esta medición para mudarse a una de las veintitrés ciudades principales del país con mejor movilidad, le recomiendo irse a Rihuacha o a Kip Dog, las últimas en esta lista y que tienen un tiempo de esplanzamiento de nueve siete y nueve seis minutos respectivamente. Seguro en estas ciudades el mediodía también da para almorzar, dormir una siesta y ducharse y para no sentir que vivo en la ciudad del mundo en la que el tiempo pasa más rápido. Miro hacia arriba a las ciudades con el peor tráfico del planeta. Consuelo de wovos. Ya mencioné que en Londres es la peor. Sus habitantes gastan aproximadamente ciento cincuenta y seis horas por año metidos en trancones, lo que equivale casi a una semana entera en la que el tiempo pasó metidos en un carro transitar cerca de diez kilómetros en la capital de Inglaterra, le toma a un conductor casi cuarenta y cinco minutos, gastando casi la mitad de ese tiempo detenidos por el tráfico. Pienso entonces en lo que daría un habitante de Londres, la ciudad con el peor tráfico del mundo y más pequeña que Bogotá, que normalmente pasa ciento cincuenta y seis horas cada año metido en un trancón. Si se encontrara con lo que nosotros consideramos un embotellamiento, se reiría así como un bogotano se ríe de lo que un bumangués considera tráfico pesado. Los trancones como el tiempo, también sus relativos. Intuyo también que la velocidad de las ciudades, la forma en la que percibimos cómo pasa el tiempo. No se trata sólo de trancones, aunque es el principio. El ritmo también se puede sentir en las multitudes, en los restaurantes. El tiempo que se demora uno en ser atendido en la forma y en el afán con el que uno tiene que comerse el almuerzo, por ejemplo, sentarse a almorzar tranquilamente en Bogotá es un lujo las filas para entrar a un restaurante, las filas, en los bancos, en la empresa de telefonía. También es tiempo que pasa más rápido. Puedo entender todo esto desde las sensaciones, desde la percepción, pero no desde lo racional, desde lo científico. Así que busqué al físico y astrónomo Nelson Beland ya le pregunto cómo puede la física explicar qué algo que medimos de manera tan precisa puede ser tan relativo. Para poder hacer una medición en física, necesitamos del espacio y el tiempo, pero va a ser clave entonces el sistema de referencia en la física newtoniana se va a pedir que dicha velocidad sea igual a cero o velocidad constante. Esto nos permite irá sumar velocidades o restarlas. Por eso podemos hacer nuestra percepción o medición que aumente o disminuya la velocidad. Todo va a depender entonces del sistema de referencia. Mejor ejemplo es el efecto doppler cuando escuchamos un sonido de una ambulancia que se nos está acercando o se nos está alejando. Si pudiéramos viajar a la misma velocidad, tendríamos una percepción diferente. En últimas. La clave aquí, en fin newtoniana es el sistema de referencia. Otro síntoma del ritmo de una ciudad es la velocidad a la que nos movemos. Y no estoy hablando de los carros. En un artículo titulado El ritmo de la vida publicado en la revista Nature el diecinueve de febrero de mil novecientos setenta y seis, los autores observaron sistemáticamente las tasas de traslado de peatones en una distancia constante en quince ciudades y pueblos en seis países de Europa, Asia y América del Norte. Los resultados de estas observaciones arrojaron que el ritmo de vida varía de manera regular con el tamaño de la población local, independientemente del entorno cultural, es decir, entre más grande sea la urbe más afán tienen sus habitantes. Ya sabemos por qué caminamos tan rápido en Bogotá. Pero ese estudio no se quedó ahí. El ritmo de la vida pasó de ser un texto científico para convertirse en un proyecto del profesor Richard Bisman, en colaboración con el Consejo Británico. Para este experimento, los investigadores c ons penetraron en secreto la velocidad a la que caminaban miles de peatones en los centros de las ciudades de todo el mundo, incluidos Londres, Madrid, Singapur y Nueva York. Esta investigación descubrió que Comillas. El ritmo de vida ahora es un diez por ciento más rápido que a principios de los años noventa. Los mayores cambios se encontraron en el Lejano Oriente, con el ritmo de vida de Wang su China, aumentando en más de veinte por ciento, y Singapur mostrando un aumento del treinta por ciento, lo que resultó en que se convirtiera en la ciudad de más rápido movimiento. En el estudio cierro Comillas, según el profesor Bisman abro Comillas, este aumento de la velocidad afectará a más personas que nunca, porque, por primera vez en la historia, la mayoría de la población mundial vive ahora en centros urbanos cierro comillas. Y esto es especialmente preocupante porque este mismo estudio encontró que la velocidad a la que caminan los peatones ofrece una medida confiable del ritmo de vida de un ciudad y que las personas en ciudades de rápido movimiento tienen menos probabilidades de ayudar a los demás y tienen tasas más altas de enfermedad coronaria. Quizás esto tiene mucho que ver con ese viejo alagio de que el tiempo es oro. Pero esta misma frase sobre utilizada es muy cercana a la conclusión a la que llegó el psicólogo e investigador Robert Levin en su artículo El ritmo de la vida en treinta y uno países, publicado en la revista de Psicología Intercultural en marzo de mil novecientos noventa y nueve. En su artículo, le vi señala que, comillas en general, el ritmo de vida es más rápido en Japón y los países de Europa Occidental y fue más lento en los países económicamente subdesarrollados. El ritmo fue significativamente más rápido en climas más fríos, países económicamente productivos y en culturas individualistas cierro comillas. Leo todo lo anterior y no puedo evitar hacer la comparación con Colombia. Pienso en Bogotá, una ciudad fría y gris, con el producto interno bruto más alto del país, donde caminamos rápidos sin mirar a los ojos a los demás. Siempre estamos de afán y no hay tiempo para detenerlos. Pienso también en Antioquia, especialmente en Medellín, un departamento culturalmente obsesionado por la producción, con el segundo PIP más alto del país. Pienso en el ritmo con el que los países caminan. En el centro, por la oriental, con Ayacucho y al otro extremo está San Andrés, una isla caribeña donde sí se camina el ritmo de las olas y el pip es de los más bajos. Tampoco puedo dejar de hacer conclusiones rápidas y pensar en los trancones de estas tres ciudades, en los relativos que son los del uno para el otro. Con todo lo anterior, no puedo dejar de pensar en algo que puede sonar bastante hippie. El tiempo es relativo también porque cada uno lleva un segundero a diferente ritmo en el pecho. Déjeme explicarme y citar algunos datos científicos para que no piensen que les quiero vender una idea de Sotérica. Pienso en el ritmo de su corazón, a la velocidad a la que va su mente cuando se agita y todo lo contrario, la velocidad del tiempo, cuando sus latidos van más lentos. Ninguna de las dos los latidos y el tiempo son constantes ya lo sabemos. Hace sólo unos meses, la investigadora postdoctoral en neurociencia cognitiva de la Universidad de Londres, Irena Asdranova, junto con dos colegas, publicaron el estudio. El tiempo percibido se expande y contrae dentro de cada latido del corazón en la revista académica especializada corrent Biology, Es decir, los sentimientos pueden hacer que nuestra percepción del tiempo cambie. Para llegar a esta conclusión, hicieron un experimento en el que veintiocho personas aprendieron a distinguir la duración de dos estímulos visuales o auditivos. Por ejemplo, los participantes observaron dos formas o escucharon dos tonos distintos. Se presentó un elemento o sonido de cada par durante doscientos milisegundos y el otro durante dos cuatrocientos milisegundos. Después, los voluntarios vieron una señal, un nuevo sonido o una nueva imagen y tuvieron que calcular si era más corta o más larga que las primeras. Pero un giro adicional. Los sonidos e imágenes nuevos se combinaron con un momento particular en el ritmo cardíaco de cada uno, cuando el corazón se contraía la eastery o se relajaba a diastry durante el latido del corazón, en la percepción de los participantes fue que la duración del tiempo era más corta de lo que realmente era y en la diastroley era todo lo contrario. Y esta no fue la única investigación que llegó a una conclusión de este tipo. Un grupo de la Universidad de Cornell publicó un hallazgo similar en la revista cycos Sy Collogy en marzo de este año. Los investigadores Mac Whitman EID de la rosa Adam Anderson y Saddet Sadeggi centraron su estudio en ver cómo varía la percepción del tiempo entre latinos cardíacos individuales. Uno de los autores de este estudio, el neurocientífico cognitivo Adam Anderson, le dijo a la revista Scientific American que este experimento muestra cómo el corazón influye en la experiencia del tiempo a medida que se desarrolla. Le dijo a esta revista que Comillas, el tiempo se compone de esos milisegundos. Estos pequeños momentos probablemente cuentan una historia más grande. Cierro Comillas. Busco al Dr. Juan Pablo Maña, médico cardiólogo, y le pregunto cómo pueden los latidos del corazón afectar nuestro sentido del paso del tiempo. El ritmo del corazón puede o no afectar nuestro sentido del paso del tiempo? Te ha investigado durante mucho tiempo y alrededor de la cual existen múltiples teorías sin que se haya podido establecer algo con certeza u objetivamente. Sin embargo, y basado en este estudio realizado por investigadores de la Universidad de Connel, parece existir una relación entre la percepción del tiempo la y la variabilidad a la frecuencia cardiaca. Esto también es evidente en el yoga o la meditación, cuando se logra un estado profundo de conexión con el sistema cardiovascular, con lo cual se puede disminuir la frecuencia cardiaca a niveles de cuarenta latidos por minutos. Durante ese tiempo, las personas alcanzan un nivel de paz y tranquilidad en el cual la percepción del paso del tiempo es claramente mucho mas lenta, de manera que si juntamos esa experiencia empírica con lo publicado por los investigadores en la Universidad de Cornedo podemos llegar a la conclusión de que, probablemente, si hay una relación directa entre la variabilidad, la frecuencia cardiaca y la percepción del tiempo, Creo que el aislamiento en dos mil veinte por la pandemia de covid diecinueve también nos dio una lección sobre la percepción del tiempo. El mundo cambió el ritmo en todo sentido. Si, por un lado, la agitación por millones de muertos por el virus y todo lo que pasó después parece una lejano, el encierro, el silencio y la quietud, la oportunidad de tener más tiempo de calidad hizo que todo pasara más lento. Esto me recuerda a otra historia. Ruth Ocdem es una psicóloga de la Universidad John mush de Liverpool y durante el confinamiento. Sintió que su sentido del tiempo se había distorsionado tanto que esto la llevó a hacer una serie de impuestas en todo el mundo durante la pandemia, y los resultados confirmaron su hipótesis. Nuestro sentido del tiempo puede ser muy variable y puede alterarse por la emoción, la satisfacción social, el estrés, el compromiso mental e incluso nuestra cultura. Le traslado a la pregunta a Hernando Santa María, Doctor en Neurociencias, profesor e investigador de la Universidad Javeriana. El tiempo no es algo que exista en el mundo, per se el tiempo no existe solo en el mundo. Las cosas progresan en el mundo. No podría pensar que las plantas tienen un tiempo donde viven y mueren. Que sé yo hay unos tiempos biológicos, pero la constitución y la experiencia del tiempo no depende solo del mundo externo, sino depende también de sistemas biológicos internos que están modificados por la carga emocional, las experiencias pasadas, el contexto histórico, las cosas contextuales contingentes que cambian, etcetera, etcetera. Entonces, si es posible que eso ocurra, el cerebro y los sistemas biológicos del humano siempre estan dispuestos a entender lo que ocurre en el mundo, y una de las comprensiones que tenemos es que las cosas avanzan van para algún lado, no el tiempo. Además, es una de las fuerzas físicas clásicas más relevantes que ha tenido millones y millones de estudios. No todas las nociones de espacio tiempo gravedad son de las nociones físicas más constitutivas de este universo. Luego que nuestro cerebro tenga que tener una comprensión de como se da eso, como se da el espacio y como se da el tiempo. Es comprensible. No eso pasa digamos, es un sistema biológico intentando entender una fuerza física. Pero ese sistema biológico que somos nosotros es finito, Tiene emociones, tiene una capacidad de comprensión limitada, etcetera, etcetera. Y por eso esas del tiempo puede ser distinta, contingente o variable en función de lo histórico, de lo contextual, de lo cultural y en nuestras propias vivencias mentales y emocionales. Según le contó et Miyawaki, médico neurólogo de la Universidad de Harvard al servicio de radio pública de Estados Unidos, hay un reloj emocional, hay un reloj de memoria, hay varios tipos de relojes dentro de nosotros, pero no están sincronizados entre sí. El cerebro no tiene un reloj maestro. Simplemente hay una interacción compleja entre nuestros sentidos que actúan sobre nuestro sentido del tiempo. Por eso es tan variable con experiencias que nos causan expectativa, como la noche anterior a un viaje, el tiempo para seguir más lento. En cambio, las horas parecen evaporarse si estamos emocionados o pasándola bien. Ahora, cuando me vuelva a dar nostalgia viendo los álbumes de fotos viejas y sienta que la vida pasó en un suspiro, voy a procurar bajar el ritmo del corazón también cuando esté reunido con mis hijos y mis nietos, para que el tiempo pase más despacio y cuando vuelva a que me reparen otra resina, procuraré que mi corazón lata rápido para engañarme y sentir que solo es cuestión de cinco minutos. Soy Roberto Pombo y este fue el capítulo número cuarenta y tres de mis preguntas. Nos vemos en un próximo capítulo a partir de este momento. Este capítulo de mis preguntas queda disponible en todas las plataformas de podcast. Este episodio fue posible gracias a Kafam, inspirando sonrisas en la dirección Roberto Pombo, Producción General Ionis, Juan Abel Gutiérrez, asesor editorial, Daniel Sampero Espina, investigación y entrevistas. Johnny Rodríguez, Producción de campo, Marcela Salazar, dirección de sonido y postproducción. Daniel Murcia, Edición de sonido, Carlos Bernal