Jan. 3, 2026

Santa Claus No Era lo que Parecía | 3 Relatos Aterradores – Inframundo Relatos

Santa Claus No Era lo que Parecía | 3 Relatos Aterradores – Inframundo Relatos
Santa Claus No Era lo que Parecía | 3 Relatos Aterradores – Inframundo Relatos
Inframundo Relatos De Terror
Santa Claus No Era lo que Parecía | 3 Relatos Aterradores – Inframundo Relatos

🎙️ Relatos de Terror Reales por Inframundo Relatos

Historias mexicanas de apariciones, carreteras, brujas, traileros y sucesos paranormales basados en testimonios reales.

Este episodio es una recopilación profunda y oscura narrada con estilo cinematográfico y ambientación realista, diseñada para provocar tensión, miedo y ansiedad nocturna. Prepárate para vivir experiencias que marcaron para siempre a quienes las enfrentaron.

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🔎 Temas de este episodio

  • Historias paranormales reales

  • Relatos de terror en México

  • Relatos de carretera

  • Relatos de traileros

  • Brujas reales en México

  • Terror narrado en primera persona

  • Relatos para no dormir

  • Misterio y sucesos inexplicables

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0:00 Bienvenidos a todos los madrugadores. Este es el ritual de las 6:00 de la mañana, relatos de terror que marcan el inicio del día. Un saludo especial a quienes ya están despiertos y buscando algo más que café sin más. Comenzamos en noches heladas. Santa Claus ronda por los hogares en silencio. Su risa grave resonando entre las luces de la ciudad de aquellos hogares donde se espera su tan deseada visita. El miedo de aquellos niños para que Santa Claus no se los lleve en su saco por no haberse portado bien. Hoy en día aquellos recuerdos agradables se cuentan Asus hijos y nietos.

0:49 Pero no todo es felicidad en Navidad, pues hay algunos que tuvieron horribles experiencias con Papá Noel. Y las han compartido como un regalo de Navidad para la Comunidad en esta noche de relatos de terror. Aquí comenzamos desde pequeña. Había notado que en casa era diferente el festejar la Navidad mientras mis amigos se emocionaban al ver a Santa Claus en las tiendas o al recibir regalos bajo el árbol. En cambio, en mi hogar siempre era diferente. Había una calma, nada de que esa noche llegaría Santa Claus con regalos, porque nos habíamos portado bien. Con los años me fui acostumbrando, así como mis hermanos.

1:43 Mi nombre es Paulina Álvarez. Esto que les contaré. ¿Mi madre me lo narró hace algunos años cuando le pregunté, por qué nosotros no festejamos? En nuestra niñez, la Navidad como los otros niños, según me dijo, el pueblo donde creció se llenó de supersticiones. Ella tenía la edad de 17 años cuando sucedió algo en su comunidad. Ellos vivían a unos 3 km de la ciudad más cercana, así que sus padres iban a la ciudad para comprarles los regalos que colocaban bajo un pino natural que adornaban con esferas, luces y pelo de Ángel. Que, por cierto, ella sonreía diciendo que este parecía como esas telarañas que colocan hoy en Halloween. Pero este picaba mucho y dejaba la piel con un tono rojizo. Nadie quería colocarlo y a ella, por ser la mayor, siempre le tocaba cubrir el árbol con este.

2:41 El pueblo apenas contaba con luz eléctrica y el alumbrado apenas si cubría unas cuantas calles, pues. La modernidad estaba llegando. Así que después de que el pueblo apagaba sus luces y se hundía en la oscuridad, esa Navidad de 1965 se comenzó a escuchar un rumor. Todo venía de voz de un joven. Alberto se llamaba el había perdido la cordura, o eso decían. Pero a pesar de su locura, Alberto decía la verdad, hablaba de un Santa Claus, pero. No el de los cuentos ni el de la sonrisa bonachona, sino de uno que se paseaba por las calles buscando almas. Este santa no traía regalos ni alegría. Era algo más que una presencia más que un ser, con una sombra, con una sonrisa espantosa, los ojos oscuros y su traje rojo, todo sucio que más bien parecían harapos. Alberto decía que.

3:47 Se llevaba a quienes habían vivido con crueldad y maldad en su corazón. Todos escuchaban al joven, pero cuando decía que santa se llevaba, las almas le comenzaban a decir que estaba mal de la cabeza, que sus recuerdos y pensamientos se mezclaban. Pero nadie dudaba de que en sus palabras había un poco de verdad. Alberto insistía en que él había visto a ese Santa Claus. Que había sido testigo de cómo se llevaba el alma de su abuela. Una Navidad me estremecí al oír la seriedad con la que mi madre contaba esto, describiendo como Alberto repetía aquella historia cada año en la época decembrina, mientras recorría el pueblo con su mirada perdida. Según el su abuela, había sido una mujer dura, de carácter terrible.

4:44 Y era conocida por el desprecio con el que trataba Asus hijos y nietos. Su crueldad era tal que hasta los vecinos evitaba cruzarse con ella. Alberto, siendo niño, había visto en silencio como ella maltrataba Asus hijos y a cualquiera que se acercara demasiado. Cabe aclarar que la señora lo hacía más en los días previos a la Navidad. Nadie se atrevía a cuestionarla. Y ella imponía su presencia en cada rincón del hogar. Una noche de Navidad todo cambió. Alberto siempre decía que fue la única vez que su abuela mostró un poco de miedo en sus ojos, como si ella misma pudiera sentir la presencia de aquel santa oscuro que venía a buscar a los pecadores.

5:36 La noche estaba silenciosa y helada y Alberto, siendo niño, se había quedado despierto. Esa era la noche que recordaría por el resto de su vida, porque, según él, Santa Claus había venido desde su habitación. Escuchó a su abuela gritar el sonido era desgarrador, como si algo invisible la arrastrara desde el interior, algo que nadie más podía ver. Nadie acudió Asus gritos y él solo se aferraba Asus cobijas viendo como la mujer era arrastrada fuera de la casa. Los vecinos contaron que todos se habían quedado paralizados escuchando esos gritos que lavan la sangre, pero ninguno abrió la puerta, pues nadie sabía que era lo que estaba sucediendo en casa de la señora. Pensaron que sólo se trataba de una de sus rabietas hacia algún miembro de su familia y al día siguiente encontraron a la mujer muerta en su cama.

6:40 Con una expresión de terror absoluto congelada en su rostro, Alberto siempre afirmaba que Santa Claus se había llevado su alma. Pese a lo impactante de su relato, nadie le creía. La gente del pueblo atribuía aquella historia a los desvaríos de un joven que había perdido la razón. Y cada Navidad, cuando Alberto repetía su relato, la gente lo evitaba. Negándose a escuchar lo que consideraban una simple locura. Pero el tiempo demostró que quizá había algo de verdad en sus palabras, porque poco después de la muerte de su abuela, otra desaparición se sumó al siguiente año.

7:25 Otra señal de que aquel Santa Claus no era un simple cuento. Ezequiel, un joven conocido por su rebeldía y por la manera en que trataba a su madre, desapareció en circunstancias extrañas. Ezequiel era arrogante y cruel y a Menudo maltrataba a su madre en público. La insultaba, la despreciaba y se burlaba de sus lágrimas sin ninguna compasión. La gente del pueblo evitaba intervenir, aunque todos sabían de la violencia que él ejercía sobre su madre. Esa Navidad, Ezequiel llegó a casa ebrio, gritando Insultos y burlándose de su madre.

8:07 Pero la noche buena. Le guardaba su último maltrato hacia su madre a medida que avanzaba la noche y el pueblo entero se sumía en un silencio, excepto la cantina del pueblo que estaba a todo festejo navideño. Un grito desgarrador surgió desde la Casa de Ezequiel. Era un alarido que rompió la calma, un sonido de desesperación y terror. Los pocos vecinos contaban que aquel grito parecía venir del mismo infierno. Como si algo lo hubiera atrapado y estuviera tirando de él hacia las sombras, donde no había retorno alguno.

8:47 De igual manera que la Navidad anterior, nadie acudió a su auxilio. Nadie se atrevió a abrir las puertas ni a salir de sus casas. Al amanecer, la madre de ezequiel salió a la calle desesperada buscando a su hijo, pero no había rastro de él. La señora contó que un hombre vestido de rojo había ingresado a su casa y se llevó con él a su hijo. Nadie quiso buscarlo y nadie lo volvió a ver, y los rumores se esparcieron rápidamente diciendo que Santa Claus se había llevado a otra alma. La abuela de mi madre le dijo que la muerte misma tomaba la forma que las personas más le temían.

9:33 Quizás ellos le temían a este personaje. Pues Alberto contó que en una de las visitas a la ciudad, cuando fueron con una de sus tías en una de las tiendas, había un Santa Claus y su abuela se congeló al ver aquel sujeto vestido de esa manera, solo la anciana sabía el motivo de su miedo hacía a Santa Claus. De igual manera le sucedió a Ezequiel, quien por varias noches tuvo pesadillas con aquel personaje. También en una de sus idas a la ciudad, mi madre, a medida que creció, comenzó a escuchar historias sobre Santa Claus. Algunas buenas, otras no tanto.

10:18 El miedo se contagia ahí. Era por ello que mi madre no tenía en casa alguna imagen en papel o de cualquier material. La figura de Santa Claus a veces las leyendas de los pueblos tienen más veracidad de lo que uno espera. Saludos a todos y felices fiestas. Continuamos. Era un niño cuando aquello ocurrió. La Navidad siempre había sido mi época favorita. Luces de colores adornando las casas, el aire frío con olor a pino adornando las alas de los hogares, el olor agradable de la cena navideña y lo que más me agradaba, el olor a la canela. Pero como todo niño.

11:06 La ilusión de ver a Santa Claus en el desfile anual de nuestra ciudad. Pero esa ilusión se rompió una noche, cuando presencié un accidente que quedaría grabado en mi mente y en mi corazón. Me llamo Antonio Echeverría. Les aseguro que hasta hoy recuerdo la emoción en el auto de mis padres. Mientras nos dirigíamos al desfile navideño, yo miraba por la ventana. Buscando los adornos en los almacenes que tenían los aparadores con enormes árboles navideños. Pero mi imaginación era hacia Santa Claus, con su gran trineo lleno de regalos. La carretera estaba atestada de autos, todos avanzando hacia el mismo destino.

11:53 Pero a medida que avanzábamos, descubrimos el motivo de la lentitud del avance de los autos en ese mismo instante. La noche cambió para mal. Frente a nosotros un choque y a medida de que pasábamos por el caos, todo lo vi como si fuera en cámara lenta. Los autos chocaron unos contra otros y uno de ellos, decorado como un trineo de Santa Claus, se vio atrapado en la colisión. Vi cómo los adornos navideños destrozados y esparcidos, fragmentos de luces y esferas en todas direcciones, no era el santa de la televisión.

12:33 Era un hombre real, un hombre vestido de Santa que probablemente también se dirigía al desfile para hacernos felices a niños y adultos. Pero en ese momento su risa y su alegría fueron tragadas por la violencia del accidente. Mis padres intentaron cubrirme los ojos, pero ya era demasiado tarde. Había visto demasiado. Vi la silueta de aquel hombre atrapado. Su traje rojo manchado, su gorro de santa perdido entre el metal retorcido. Me quedé petrificado, sin poder apartar la vista, sintiendo un frío en el pecho que me calaba hasta lo más profundo de mi corazón.

13:19 De niño no podía comprender del todo lo que estaba viendo, pero sabía que aquello era la muerte desde esa noche. La imagen de aquel Santa Claus herido se quedó grabada en mi memoria y cada vez que cerraba los ojos veía su rostro ensangrentado y su mirada perdida, como si me buscara, como si sus ojos me suplicaran. ¿Ayuda? A medida que pasaron los días, empecé a soñar con él. Pesadillas que parecían más reales de lo que la mente de un pequeño de 10 años podía soportar. En esos sueños veía a Santa Claus no en su trineo lleno de regalos, sino atrapado entre hierros y vidrios, su cara deformada por los vidrios incrustados en su piel y su mano, mostrando sus huesos rotos, extendida hacia mí, como si quisiera alcanzarme. Por desgracia, a partir de esa Navidad las pesadillas regresaban y cada año se volvían más vividas. Soñaba que corría entre autos destrozados, oyendo el sonido de las sirenas y el crujido de los metales mientras intentaba escapar.

14:37 Pero siempre estaba esa figura de Santa Claus que cojeaba entre los autos destrozados, con sus ropas rasgadas y su barba empapada de sangre. Lo sentía tan cerca. Podía oír su respiración entrecortada, su jadeo pesado y yo sin poder escapar. Sentía que en cualquier momento su mano fría y sangrienta por fin me agarraría llevándome con él a su tumba. El sueño era siempre el mismo. Me despertaba empapado en sudor, con el corazón latiendo, como si acabara de escapar de una pesadilla tan real, tan vívida.

15:17 Con el tiempo, mis padres notaron mi aversión a la Navidad. Ya no quería ver películas navideñas. Ni asistir a las celebraciones incluso evitaba los centros comerciales donde los hombres disfrazados de Santa Claus posaban con niños en las rodillas. Todo me recordaba esa noche a ese hombre que había muerto en su traje de Papá Noel. Mis padres pensaron que con el tiempo se me pasaría. Llegó la adolescencia y ellos creían que era rebeldía por mi edad. Por más que intenté olvidar, esa imagen regresaba cada año, cada Navidad, como el espíritu de la Navidad. Fue hasta que cuando tenía 16 años que finalmente mis padres me llevaron a terapia.

16:09 No fue fácil revivir aquel recuerdo, pero con el tiempo comprendí algo que me ayudó a aliviar el peso de aquel maldito recuerdo. La terapeuta me explicó que era un niño. ¿Cuándo ocurrió? Que no había nada que pudiera haber hecho para ayudar a aquellas personas atrapadas en el accidente. Aquel Santa Claus no me buscaba a mí, no estaba enojado conmigo y su tragedia no era mi culpa. Así como tampoco por haber sido un testigo silencioso que pasaba por el sitio en el momento del fatídico accidente. Con varias terapias aprendí a aceptar que aquel hombre no era el monstruo de mis sueños.

16:54 Sino una víctima más envuelto en un accidente. A partir de esa noche le confesé a la psicóloga que para mí fue una terrible noche en la que la Navidad se desvaneció en la muerte de aquellas personas. Pero aunque la lógica me ayudó a comprender, el miedo no se desvaneció por completo. Porque cada Navidad. Temía cerrar los ojos y encontrarme de nuevo con aquella figura sangrienta, aquel Santa Claus de las pesadillas que ni con terapias pude disipar. Es un miedo que he aprendido a vivir una marca que la Navidad dejó en mi infancia. Ahora, cuando veo a un hombre disfrazado de Santa Claus en la calle, no veo la alegría, sino los restos de un trauma. Un Santa Claus atrapado entre el metal retorcido de su auto. Ahora tengo 30 años, la Navidad, la festejo de manera diferente. En mi hogar no hay adornos navideños, salvo las luces puestas al azar en la sala, aunque a veces con el cambio de estas veo las luces traseras de los autos, las luces intermitentes que te avisan que algo fatídico sucedió. Muchas gracias por contarme anécdota. Lo que les voy a contar aún me aterra de una manera que dejó las luces de mi casa encendidas.

18:27 Mi nombre es Dominique. Actualmente vivo en Colorado, Estados Unidos. Esto que les contaré me sucedió cuando tan solo tenía 9 años. Un recuerdo de mi infancia, de aquello que carga a uno. Y que, a pesar de ser un adulto, lo recuerdas como si hubiesen sucedido apenas ayer. Aún recuerdo el sonido de las gotas golpeando el techo y las ventanas. Llenaba la casa con una monotonía pesada mientras todos en casa dormían profundamente. Pero yo no podía conciliar el sueño por más intentos que hacía. Quizá era la emoción de la Navidad. El deseo de ver los regalos bajo el árbol a la mañana siguiente, o simplemente el recuerdo del Santa Claus que había visto en la casa de mis tíos el año anterior. Pero esa noche todo en el ambiente era distinto, algo que solo notaría cuando el reloj marcara la medianoche. El aire dentro de la casa se sentía cálido, pero después cambió a uno helado.

19:40 De una manera antinatural, como si algo hubiera decidido colarse con la tormenta de ese diciembre. En plena noche de Navidad. Intenté acurrucarme bajo las mantas. Miraba mi hermano Paul dormido, como si le valiera que esa noche vendría Papá Noel. Pero aún así, aunque me cubriera por completo el frío, me atravesaba hasta los huesos sin saber exactamente por qué. Me levanté de la cama y me dirigí hacia el pasillo. Todo estaba en penumbras, iluminado apenas por las luces titilantes del árbol de Navidad en la sala y reflejadas las gotas de lluvia en las ventanas. Al llegar al borde de la escalera, algo llamó mi atención, una sombra extraña proyectada cerca del árbol de Navidad.

20:32 La silueta era reconocible, pero también deformada. Parecía la figura de Santa Claus, pero con proporciones erráticas y poco naturales. Una joroba sobresalía de su espalda y sus brazos colgaban a los costados más largos de lo normal, como si fueran extremidades de algún otro ser. Observe aquella figura moviéndose lentamente entre las sombras y un miedo helado, comenzó a recorrerme el cuerpo. Esa imagen no era el santa que recordaba de las Navidades en casa de mis tíos, donde él llegaba con una sonrisa cálida y un saco de regalos. Este santa era una imagen macabra, una versión espectral y no del personaje alegre que solía visitar en los centros comerciales y las reuniones familiares. Su rostro estaba cubierto de un maquillaje exageradamente blanco.

21:31 Cubriendo unas heridas en su rostro, la vi claramente cuando se acercó a la lámpara, donde mi madre había colocado galletas y leche para él. Sentí como algo caliente. Se escurrió por mi entrepierna. Cuando se giró hacia mí, me di cuenta de que sus ojos eran pozos oscuros, tan profundos y vacíos, tan negros que parecían devorar la poca luz del ambiente. Por un instante nuestras miradas se cruzaron y él me sonrió. Pero aquella sonrisa no era ni cálida ni amable. Como lo era de Papá Noel. Era una mueca anti natural, tensa, mostrando unos dientes amarillos afilados y torcidos, que no pertenecían a un ser humano. Aquella sonrisa era de pura maldad que me heló la sangre. Sentí que mis piernas comenzaban a temblar. Incapaz de apartar la mirada de aquella figura que se movía lentamente hacia mí, arrastrando consigo su saco de juguetes, la figura avanzaba sin prisa, deslizándose, sin hacer ruido, y sus ojos nunca se apartaban de los míos, su cuerpo desproporcionado con aquel saco deforme que llevaba sobre su espalda y sus brazos largos y flacos. Me dieron la impresión de que si los alargaba hacia mí, me arrastrarían sin problema alguno y me metería en ese sucio saco. Intenté retroceder y fue en ese

23:06 momento que me di cuenta que me había orinado sobre mi pijama. Me sentía atrapado entre mi miedo y esa visita a mitad de la noche de ese Santa Claus. Y fue entonces que se detuvo a unos pasos de donde yo me encontraba atrapado por la pared detrás de mi espalda. Aquel Santa Claus se inclinó y sus labios retorcidos esbozaron otra sonrisa aún más amplia, dejando ver cada diente podrido que se escondía en su boca. Su barba, toda sucia e igual de apestosa, podía oler el hedor de su aliento. Un aroma a putrefacción. Mi visión comenzó a nublarse. Y pensé que iba a desmayarme.

23:50 Lo siguiente que recuerdo es que el Santa comenzó a desvanecerse, quizás porque mi visión se volvía negro. Todo a mi alrededor. Lo último que recuerdo es ver como su figura se desvanecía y un grito de horror proveniente de quién sabe dónde desperté en mi cama envuelto en sudor frío. Temblando y sin poder dejar de pensar en lo que había visto, todo estaba en silencio otra vez. La tormenta había finalizado y la casa parecía volver a la calma. Me levanté y bajé al salón esperando ver alguna señal de lo que había sucedido, alguna evidencia que confirmara que no había sido una pesadilla.

24:38 Pero lo único que encontré fue el árbol de Navidad. Con los regalos ya apilados a su alrededor, todo parecía normal, como si nada hubiera pasado. Intenté contarles a mis padres lo que había visto, pero nadie me creyó. Se rieron pensando que había bajado a medianoche a abrir los regalos y que mi imaginación había hecho el resto. Pero yo sabía que lo que había visto era verdad desde esa noche. Mi ideal de Santa Claus cambio para siempre cada vez que veía una decoración navideña o escuchaba canciones decembrinas, recordaba aquel Santa Claus.

25:21 Aquella sonrisa macabra y eleedora podredumbre que impregnaba el aire de la sala, evitaba ver a los hombres disfrazados en los centros comerciales con sus falsos trajes rojos y sus sacos de regalos. Porque en lo profundo de mí. Sabía que esa imagen alegre no era más que una máscara. Detrás de ella podía estar el mismo ser que había visto aquella Navidad. La idea que se formuló en mi mente es que Santa Claus no siempre trae regalos. Muchas gracias por contar mi experiencia. Me despido de ustedes, no sin antes desearles una blanca Navidad y un Feliz Año Nuevo.