March 6, 2026

DEAMBULANTE | 3 HISTORIAS DE TAXISTAS - Relatos de Horror y Paranormales

DEAMBULANTE | 3 HISTORIAS DE TAXISTAS - Relatos de Horror y Paranormales
DEAMBULANTE | 3 HISTORIAS DE TAXISTAS - Relatos de Horror y Paranormales
Inframundo Relatos De Terror
DEAMBULANTE | 3 HISTORIAS DE TAXISTAS - Relatos de Horror y Paranormales

Buenas noches, madrugadores y trasnochadores del Inframundo.

Esta noche no escucharás simples historias.
Escucharás relatos contados por quienes pasan su vida detrás de un volante, recorriendo calles vacías, colonias olvidadas y carreteras donde algo siempre observa desde la oscuridad.

Taxistas que aceptaron servicios que nunca debieron tomar.
Direcciones que no existen.
Pasajeros que no pertenecen a este mundo.

Historias reales, narradas en primera persona, donde cada viaje deja una marca imposible de borrar.

Prepárate… porque no todos los pasajeros llegan con vida,
y no todos los destinos tienen regreso.

Encuentra tu parte favorita

00:00 HISTORIAS DE TAXISTAS
01:11 9 DIRECCIONES — Un taxista en Monterrey recoge a una adolescente que no debería estar viva. Le da una dirección… y luego otra… hasta completar nueve paradas que lo llevan a entender algo aterrador.
18:28 DEAMBULANTE — Un conductor revive el accidente donde perdió a su esposa. Dos semanas después, en la misma curva, ella aparece en la carretera y se acerca a su ventanilla como si quisiera decirle algo.
35:08 EL LEVANTÓN (Taxistas) — Un viaje de aplicación se convierte en una trampa: suben a un joven a la fuerza, y un “sacerdote” con ojos blancos ordena conducir sin preguntas… hacia un lugar del que nadie debería volver.

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0:00 Madrugadores, trasnochadores y toda la raza que se gana la vida en la calle, en taxi, en Uber, en ruta, en carretera. Aquí está Inframundo al micrófono, Saludándolos como de costumbre. Esta noche te traigo relatos de taxistas donde lo peor no es el pasajero, sino lo que se sube contigo sin pedir permiso. Un conductor en Monterrey recoge a una chica que no debería existir y lo obliga a recorrer las calles. Otro taxista en Querétaro vuelve a la curva donde perdió la vida su esposa.

0:43 Estas y más historias escucharás el día de hoy, apaga la luz de tu habitación, no mires el retrovisor demasiado tiempo y quédate porque. Esto puede pasarle a cualquiera sin más. Aquí comenzamos 9 direcciones, historia de terror basada en un hecho real.

1:27 Hay encuentros que desafían toda lógica y que te obligan a cuestionar todo lo que creías saber sobre la vida y la muerte. Lo que viví en aquella noche me marcó de una forma tan profunda que deje de trabajar como taxista y nunca volví a conducir. Uno. Prefiero mantener el anonimato, pero para esta historia pueden llamarme Roberto. Durante más de 15 años trabajé como taxista en la ciudad de Monterrey, Nuevo León. Tenía 42 años y en ese entonces. Y llevaba una vida tranquila, casi automática. Me levantaba todas las mañanas alrededor de las 6:00, desayunaba con mi esposa y mis 2 hijos y luego salí a trabajar. Mi taxi era un Nissan Tsuru blanco, modelo 2008, que había comprado de segunda mano y que siempre procuré mantener en buen estado.

2:32 No me daba lujos. Pero ese trabajo me permitía mantener a mi familia con lo necesario. Mi rutina era siempre la misma. Durante el día me movía por las zonas céntricas de la ciudad, esperando pasajeros que iban de un lado a otro por trabajo o asuntos personales. Por las noches me acercaba a las zonas de bares y restaurantes. Donde la gente buscaba transporte para volver a casa. Conocía Monterrey como la palma de mi mano y sabía exactamente en qué lugares y horarios había más trabajo.

3:15 Aquella mañana de martes me levanté como cualquier otro día. Mientras desayunaba, encendí la televisión para ver las noticias locales, como era mi costumbre. El noticiero abrió con una nota que me hizo prestar atención. De inmediato habían encontrado el cuerpo sin vida de un adolescente en un terreno baldío a las afueras de la ciudad. Las imágenes mostraban el área acordonada por la policía, mientras los reporteros daban detalles del hallazgo. Se trataba de una joven de 17 años que había desaparecido 3 días antes.

3:58 Cuando salió de su casa rumbo a la escuela, su familia la había reportado como desaparecida y la habían estado buscando desesperadamente por toda la ciudad. Lo que más me impactó fue la fotografía que mostraron en la pantalla. Era una muchacha de cabello largo y oscuro, piel morena claro y una sonrisa tranquila. Vestía el uniforme de su escuela y se veía llena de vida. Dijeron que la habían encontrado en condiciones que preferían no revelar, pero era evidente que había tenido un final violento.

4:38 Sentí una tristeza profunda al ver esa noticia. Pensé en mis propios hijos y en el dolor que debía estar viviendo esa familia. Terminé de desayunar con un nudo en la garganta. Me despedí de mi esposa y salí a trabajar tratando de sacarme esas imágenes de la cabeza. Los siguientes 2 días transcurrieron con aparente normalidad. Hice mi trabajo como de costumbre, llevando pasajeros de un lado a otro, a veces conversando y otras viajando en completo silencio.

5:19 Mientras tanto, las noticias seguían hablando del caso de la adolescente. Las autoridades decían estar investigando, pero no había detenidos. La familia pedía justicia y la ciudad entera parecía estar conmocionada por lo ocurrido. La noche del jueves decidí trabajar un poco más tarde de lo habitual. Mi esposa me había comentado que necesitábamos dinero extra para unos gastos escolares de los niños. Así que pensé que hacer unas horas adicionales no me vendría mal. Alrededor de las 11:00 de la noche todavía seguía circulando por la ciudad buscando pasajeros. Había dejado a mi último cliente en una Colonia Del Sur y me dirigía de regreso hacia el centro para ver si conseguía un viaje más.

6:16 Antes de irme a casa tomé una avenida principal que conocía bien. Una vía rápida, con poca iluminación, pero que me ahorraba tiempo. Eran aproximadamente las 11:30 de la noche y casi no había tráfico. Conducía a una velocidad moderada escuchando música en la radio, cuando de pronto vi algo en medio del camino. Al principio pensé que era un animal o algún objeto tirado en la carretera. Pero conforme fui acercándome me di cuenta de que se trataba de una persona. Una figura humana estaba parada justo en el centro del carril por donde yo venía.

7:04 Frené de golpe y sentí como el corazón se me aceleraba. De inmediato el taxi se detuvo a pocos metros de la figura y fue entonces cuando pude verla con claridad bajo la luz de los faros. Era una chica joven, una adolescente con el cabello largo y oscuro. Vestía unos jeans y una blusa clara. Estaba completamente inmóvil, mirando directamente hacia mí. Durante unos segundos me quedé paralizado con las manos aferradas al volante. Entonces la chica comenzó a caminar hacia el taxi, dando pasos lentos casi calculados.

7:48 Cuando llegó a la ventanilla del conductor se inclinó para quedar a mi altura y fue en ese momento cuando la vi de cerca y sentí que la sangre se me lava. Era ella, era la misma chica que había visto en las noticias 2 días antes. La adolescente que habían encontrado muerta en un terreno baldío tenía las mismas facciones. El mismo cabello, la misma expresión era idéntica a la fotografía que habían mostrado en la televisión. Me miraba fijamente con una expresión completamente vacía.

8:33 Sus ojos no parecían tener vida, pero al mismo tiempo sentía que me observaban con una intensidad perturbadora. Quise gritar. Quise arrancar el taxi y salir de ahí lo más rápido posible, pero mi cuerpo no reaccionaba. El miedo me tenía completamente paralizado. Entonces habló su voz. Sonó extrañamente apagada y lejana, como si no proviniera de alguien que estuviera realmente ahí. Con toda naturalidad, me pregunto si podía llevarla. Usando exactamente esas palabras, sentí que la garganta se me cerraba y que me faltaba el aire. Sabía que debía decir que no, que debía acelerar y alejarme de ese lugar inmediatamente, pero algo en su mirada me lo impidió. No sé si fue el miedo alguna fuerza que no logro explicar o simplemente el shock del momento. Pero con la voz temblorosa le dije que sí que se subiera. La chica caminó hacia la puerta trasera del taxi y se subió con un movimiento extraño y lento.

9:51 Yo lo observaba por el espejo retrovisor sin poder apartar la vista. Ella se sentó en el asiento trasero y me miró otra vez del espejo. Sus ojos seguían teniendo esa expresión vacía que me recorría el cuerpo con escalofríos. Con la voz temblorosa le pregunté a dónde quería ir, tratando de sonar lo más normal posible. Aunque el corazón me latía tan fuerte que sentía que se me iba a salir del pecho, me dio una dirección en una Colonia Del Norte de la ciudad. Una zona que conocía bien y que estaba a unos 20 minutos de donde nos encontrábamos. Comencé a conducir intentando mantener la calma, aunque sentía que en cualquier momento me iba a desmayar. Vi constantemente por el retrovisor y ella seguía ahí, sentada, sin moverse, con las manos sobre su regazo y esa mirada perdida.

10:58 No hablaba ni hacía ningún movimiento innecesario. Simplemente estaba ahí como una presencia silenciosa y aterradora. Durante el trayecto mi mente no dejaba de dar vueltas. Pensé que tal vez estaba alucinando, que podía ser un sueño o una especie de broma cruel de mi propio cerebro. También pensé con horror que quizás. Realmente estaba transportando algo que no pertenecía a este mundo. En más de una ocasión se me cruzó por la cabeza frenar el taxi y salir corriendo. Pero el miedo a lo que pudiera pasar, si lo hacía, me obligó a seguir conduciendo.

11:45 Después de unos 15 minutos llegamos a la dirección que me había dado. Era una casa normal en una calle tranquila. Detuve el taxi frente a la puerta, esperando que se bajara y que todo terminara. Y pero cuando mire por el retrovisor, ella seguía sentada, inmóvil. Entonces volvió a hablar con esa misma voz apagada y me dijo otra dirección, esta vez en una colonia diferente al otro lado de la ciudad. No dije nada. Simplemente arranqué de nuevo y comencé a conducir hacia el nuevo destino.

12:30 El trayecto fue tan silencioso y perturbador como el primero. Ella permanecía inmóvil en el asiento trasero y yo no me atreví a preguntarle nada ni intentar decir una sola palabra. Cuando llegamos a la segunda dirección ocurrió exactamente lo mismo. Detuve el taxi y ella no se bajó. En lugar de eso me dio 1/3 dirección, luego 1/4 y quinta. Así pasaron más de 2 horas conduciendo por toda la ciudad mientras me daba una dirección tras otra, sin bajarse nunca del taxi.

13:12 Con cada nuevo destino sentía que me adentraba más en una pesadilla de la que no podía despertar. Las calles que conocía de memoria, comenzaron a aparecerme extrañas y amenazantes. La luz de los postes se veían distintas, como si iluminara menos, y todo estaba envuelto en una atmósfera irreal que me oprimía el pecho. En uno de los trayectos reunía el valor suficiente para preguntarle por qué no se bajaba en ninguno de los lugares a los que la llevaba. Cuando hice la pregunta y miré por el retrovisor, no obtuve respuesta.

13:52 Ella simplemente me devolvió la mirada con esos ojos vacíos, sin decir nada. Esa noche me dio un total de 9 direcciones diferentes, 9 lugares repartidos por toda la ciudad, sin ningún patrón que pudiera entender, casas, edificios, esquinas específicas. Algunos sitios estaban bien iluminados y otros completamente oscuros y solitarios. Cada parada hacía que el miedo se me metiera más profundo en el cuerpo. Después de la novena dirección, detuve el taxi en la calle oscura de una colonia que no conocía bien. Bajé un poco la dirección y espere a que me diera otra dirección, como había hecho durante horas. Esta vez no dijo nada.

14:44 El silencio se alargó de una forma insoportable. Fueron sólo unos segundos, pero se sintieron eternos. Miré por el retrovisor para ver qué estaba haciendo y en ese instante sentí un escalofrío. Recorrerme todo el cuerpo, el asiento trasero estaba vacío. La chica había desaparecido. No escuché ninguna puerta abrirse ni cerrarse. No sentí movimiento alguno, simplemente. Ya no estaba ahí. El taxi estaba completamente vacío, excepto por mí. Salí del carro temblando y revisé todo el vehículo. Abrí las puertas traseras, miré debajo de los asientos, revisé la cajuela, no había nadie.

15:31 La chica se había desvanecido sin dejar rastro, como si nunca hubiera estado ahí. Aterrorizado, volví a subir al taxi y conduje a toda velocidad hacia mi casa. Llegué alrededor de las 3:00 de la mañana, pálido y empapado en sudor. Mi esposa se despertó al verme necesitado y le conté todo cada detalle de lo que había vivido en esa noche. Necesitaba decirlo en voz alta para convencerme de que no había perdido la razón. Al día siguiente fui a una iglesia cercana y hablé con el sacerdote. Me escuchó con atención y me dijo que había transportado a un alma en pena, que aquella chica estaba buscando algo o tratando de comunicar algo a través de esas direcciones. Me sugirió que investigara qué significaban esos lugares. Pasé los días siguientes.

16:33 Revisando 1 * 1 a las 9:00 direcciones que me había dado, hablé con vecinos, busqué información y traté de encontrar alguna conexión. Lo que descubrí me dejó helado. Cada uno de esos lugares tenía relación con su vida. Uno era la escuela, otro la casa de su mejor amiga, otro más el lugar en donde trabajaba su madre. Las 9 direcciones formaban parte de la vida que había tenido antes de morir. Después de esa noche nunca volví a verla. El evento no se repitió jamás. Aún así quedó tan marcado en mí que tomé la decisión de dejar el trabajo de taxista. Vendí el carro y conseguí empleo en una tienda de abarrotes donde trabajo hasta el día de hoy.

17:24 Ya no puedo conducir de noche sin sentir un miedo profundo, como si algo pudiera volver a aparecerse en el camino. Conté esta historia porque necesitaba sacarme ese peso de encima durante años. No me atreví a hablar de lo que viví con nadie más que con mi esposa y el sacerdote. El recuerdo me persigue y hay noches en las que todavía sueño con esa chica parada en medio de la carretera, viéndome con aquellos ojos vacíos. Comunidad. Del Inframundo. Esto fue lo que viví aquella noche, mi último pasajero. Un encuentro con algo que no debería existir, pero que para mí fue tan real como cualquier otra experiencia de mi vida. Y aunque ocurrió sólo una vez, fue suficiente para cambiar mi vida para siempre.

18:19 Muchas gracias a todos por escucharme. Buenas noches. Deambulante, historia de terror compartida por Mauricio Hernández. Muy buenas noches, oscura familia del Inframundo. Mi nombre es Mauricio Hernández. Hay veces en que las personas que perdimos regresan de maneras que no deberían de existir. Durante muchos años guardé silencio sobre lo que me pasó, pero con la carga que uno guarda de aquel recuerdo que se vuelve demasiado pesado. Tenía 33 años en el año 2004, cuando mi vida cambió para siempre.

19:14 Estaba casado con Lorena desde hacía 6 años. Vivíamos en un pueblo pequeño del estado de Querétaro. Ella trabajaba como maestra en una escuela primaria y yo era taxista. Conducir era mi forma de ganarme la vida. Desde muy joven conocía bien la carretera de la región, los caminos intermunicipales y los horarios en los que era mejor circular. No teníamos hijos todavía, pero hablábamos constantemente de formar una familia. Éramos una pareja tranquila. Con planes sencillos pero llenos de ilusiones, aquel sábado de marzo habíamos decidido visitar a los padres de Lorena, que vivían en un municipio vecino a poco más de 1 hora de distancia.

20:05 Era un trayecto que yo conocía de memoria, una carretera de 2 carriles que atravesaba cerros y campos de cultivo. No era peligrosa, pero sí tenía curvas cerradas que exigían atención. Ese día no iba trabajando. Conducía mi propio taxi, un chevy azul modelo 98, que usaba tanto para trabajar como para movernos en familia. Lo mantenía en buen estado porque de ese coche dependía mi sustento. Lorena iba en el asiento del copiloto hablándome de la comida familiar y de lo mucho que quería ver Asus padres. Era una mañana soleada y tranquila. Nada hacía pensar que algo fuera a pasar. Llevábamos unos 40 minutos de camino cuando llegamos a una curva pronunciada que yo había tomado cientos de veces. Nunca supe exactamente que ocurrió. Tal vez me confié.

21:10 Tal vez calculé mal la velocidad, sólo sé que el coche no tomó la curva como debía. Todo pasó en segundos. Sentí como el vehículo se salía del camino y comenzaba a dar vueltas sin control. Escuché el metal, retorcerse, los gritos de Lorena y esa sensación horrible de no poder hacer nada. El taxi dio varias vueltas antes de terminar volcado en una zanja al costado de la carretera. Cuando recuperé la conciencia estaba boca abajo colgado del cinturón de seguridad. Me dolía todo el cuerpo, pero podía moverme. Tenía la cara cubierta de sangre por un corte en la frente, pero estaba consciente.

21:59 Lo primero que hice fue voltear hacia el asiento del copiloto. Lorena estaba inmóvil, su cabeza colgaba en un ángulo imposible. Le hablaba, gritaba su nombre, pero no respondía. Intenté desabrocharme el cinturón desesperado para ayudarla. Otros conductores que pasaban por la carretera se detuvieron al ver el accidente, llamaron a emergencias y entre varios lograron sacarme del vehículo. Los paramédicos llegaron alrededor de 20 minutos después sacaron a Lorena del coche. Intentaron reanimarla pero no hubo nada que hacer. Había muerto en el impacto.

22:44 El golpe en la cabeza había sido demasiado fuerte. A mí me llevaron al hospital con contusiones y algunas fracturas menores. Físicamente sobreviví, pero desde ese día algo dentro de mí se rompió para siempre. Los días que siguieron fueron una especie de nebulosa, dolor, confusión y un cansancio que no se iba nunca. El funeral de Lorena fue uno de los momentos más duros de mi vida. Ver el ataúd de mi esposa, bajar a la Tierra mientras yo permanecía de pie, apoyado en muletas y cubierto de Vendajes, fue algo que me marcó para siempre. Aunque todos insistían en que había sido un accidente, yo no podía dejar de culparme.

23:39 Nada de lo que me dijeran lograba aliviar ese peso que se me había instalado en el pecho. El taxi quedó severamente dañado, pero era reparable, el seguro cubrió los gastos y después de 2 semanas el coche estuvo listo. La carrocería había sido enderezada, la pintura era nueva y a simple vista parecía como si nada hubiera pasado, pero para mí ese auto era el lugar exacto donde había aprendido a Lorena. Pensé muchas veces en venderlo, pero algo me lo impedía.

24:20 Era una de las últimas cosas que me conectaba con ella. Exactamente 2 semanas después del accidente recibí una llamada de mi suegra. Me dijo que necesitaba unos documentos de Lorena que estaban en su casa. Me pidió que fuera a recogerlos cuando pudiera. Sabía que tarde o temprano tendría que volver a tomar esa carretera. No podía evitarla para siempre. Decidí que ese día sería tan bueno como cualquier otro para enfrentar lo que había pasado. Era media tarde cuando me Subí al taxi, ya reparado, y encendí el motor.

25:02 Las manos me temblaban al sujetar el volante. Cada rincón del vehículo me recordaba a Lorena. El asiento del copiloto, donde ella solía sentarse mientras yo conducía, estaba vacío. Respiré hondo y comencé el trayecto. Conducía mucho más despacio de lo normal. Prestaba atención a cada curva, a cada tramo del camino. Cuando me acerqué a la curva donde ocurrió el accidente, sentí que el corazón se me aceleraba. Reconoció de inmediato las marcas en el pavimento, el lugar exacto donde el coche había patinado, la zanja donde habíamos volcado.

25:46 Fue justo en ese punto. Cuando la vi apareció de la nada parada en medio del camino. Era Lorena y no había duda. Vestía con un atuendo blanco que yo no recordaba haberle visto nunca. Estaba completamente inmóvil mirándome fijamente. Desde el centro de la carretera sentí como todo mi cuerpo se congelaba en ese momento por puro instinto. Giré el volante con fuerza para evitar atropellarla el taxi patinó y las llantas chirriaron contra el asfalto. Logré controlar el coche y me detuve en el acotamiento. Con el corazón latiéndome con tanta fuerza que pensé que se me iba a salir del pecho.

26:35 Respiraba con dificultad, tratando de entender lo que acababa de ver. Sabía que era imposible. Lorena estaba muerta, yo mismo había estado en su funeral, había visto cómo la enterraban. No podía ser ella tenía que haber sido una alucinación, producto del trauma, del estrés o del dolor acumulado. Pero entonces la vi de nuevo ya no estaba en medio del camino. Ahora se acercaba al taxi. Caminaba lentamente hacia la ventanilla del conductor, con movimientos extraños, poco naturales. Quise arrancar el auto, acelerar y huir de ahí, pero mi cuerpo no respondió. Estaba completamente paralizado.

27:23 Lorena llegó hasta la ventanilla y se detuvo frente a mi. Pude verla con total claridad. Era ella sin lugar a dudas. Tenía las mismas facciones, el mismo cabello largo y oscuro, los mismos ojos que había visto durante años. Pero algo estaba mal. Su piel tenía un tono pálido, casi gris, que no era natural. Sus ojos, aunque reconocibles, parecían vacíos y sin vida, no reflejaban nada. Fue en ese momento cuando entendí que aquello no era producto de mi imaginación. El vestido blanco que traía puesto flotaba ligeramente, como si una brisa invisible lo moviera, aunque el aire a mi alrededor estaba completamente quieto. Fue entonces cuando noté algo más que me heló la sangre. Podía ver a través de ella.

28:19 Su figura era traslúcida como si no fuera del todo sólida. Como una imagen superpuesta sobre la realidad, Lorena se inclinó hacia la ventanilla. Acercó su rostro al vidrio hasta quedar a solo unos centímetros del mío, separados únicamente por el cristal. Pude ver cada detalle de su rostro fantasmagórico. Vi como sus labios se movían una y otra vez, como si intentara decirme algo, pero no salía ningún sonido. Sólo ese movimiento silencioso, insistente, quise hablarle. Quise preguntarle qué estaba pasando, decirle cuánto la extrañaba, cuánto lo sentía, pero no me salía ni una sola palabra.

29:11 Me quedé mirándola fijamente mientras las lágrimas comenzaban a correr por mi rostro. No sabía si aquello era real o si finalmente había perdido la razón. Los segundos se estiraron de una forma imposible. Calculé que estuve mirándola durante casi 1 minuto. Aunque el tiempo parecía haberse detenido por completo. Ella seguía ahí inclinada sobre la ventanilla, con ese rostro pálido y esos ojos vacíos clavados en mí. Entonces algo cambió. Por un instante fugaz vi algo distinto en su expresión, una chispa de reconocimiento, quizá de dolor, pero sus labios dejaron de moverse y simplemente me miró. En ese momento sentí como una ola de emoción. Me golpeó con una fuerza insoportable. ¿Amor, culpa, tristeza o miedo?

30:15 Quizás todo al mismo tiempo. Mi mente no pudo procesarlo. Sentí como todo se apagaba de golpe y perdía el conocimiento ahí mismo, en el asiento del conductor, con las manos todavía aferradas al volante y el rostro empapado en lágrimas. Lo siguiente que recuerdo es haber despertado en movimiento. Estaba recostado sobre una camilla dentro de una ambulancia. Escuchaba las sirenas y sentía el vaivén del vehículo. 2 paramédicos estaban a mi lado revisando mis signos vitales, uno de ellos notó que había despertado y me habló con voz tranquila, preguntando por mi nombre y si sabía dónde me encontraba.

31:02 Me sentía completamente desorientado. Les pregunté qué había pasado, me dijeron que alguien me había encontrado inconsciente dentro de mi taxi detenido a un costado de la carretera. Pensaron que había sufrido un accidente o algún problema médico y llamaron a emergencias. Me estaban trasladando al hospital para revisarme, les pregunte cuánto tiempo había estado inconsciente. Me dijeron que no podían saberlo con certeza. El reporte que recibieron era de hacía unos 20 minutos. Pero no tenía forma de saber cuánto tiempo llevaba y antes de que alguien me encontrara podían haber sido minutos o incluso horas. En el hospital me hicieron todos los estudios necesarios. Los médicos no encontraron nada fuera de lo normal. No había señales de un derrame, ni problemas cardíacos, ni ninguna explicación médica clara para el desmayo. Me dijeron que probablemente había sido una reacción al estrés postraumático por el accidente reciente. Me recomendaron terapia psicológica y me dieron de alta esa misma noche.

32:23 Pero yo sabía que lo que había visto no había sido solo producto del estrés. Nunca les conté a los médicos lo que realmente había visto. Sabía que no me creerían. Pensarían que había tenido un colapso mental, que el accidente me había afectado más de lo que parecía. Tal vez me habrían internado en psiquiatría, así que guardé silencio y acepté el diagnóstico de estrés que me dieron. Pero yo sabía la verdad. Había visto a Lorena. No sé si fue su espíritu, su fantasma o algo que quedó atrapado en ese lugar después de su muerte.

33:06 No puedo explicarlo ni entenderlo del todo, pero en lo más profundo de mi ser supe que aquello había sido real. Desde ese día nunca volví a tomar esa carretera. Aunque como taxista conocía rutas alternativas incluso más largas, siempre prefería evitarlas. No podía arriesgarme a pasar de nuevo por ese punto. No sabía si volvería a verla y, para ser honesto, me aterraba descubrirlo. Con el tiempo aprendí a vivir con la pérdida. Los años pasaron, me mudé a otra ciudad, vendí el taxi y comencé una nueva vida.

33:52 Seguí adelante como pude, como muchos lo hacen, cargando con recuerdos que nunca desaparecen del todo. Nunca olvidaré el rostro de Lorena, inclinado frente a la ventanilla, viéndome con esos ojos vacíos, moviendo los labios en silencio, como si intentara decirme algo. Algunos dicen que los muertos regresan cuando dejan asuntos pendientes, otros creen que son manifestaciones de la culpa y el dolor que cargamos. Yo no sé en qué creer. Sólo sé que aquel día vi algo que cambió para siempre, mi manera de entender la vida y lo que existe después de ella.

34:39 También sé que hay una carretera en Querétaro que jamás volveré a recorrer mientras siga con vida, querido infraescucha hasta este punto del video que le han parecido las historias. De taxistas de Uber. Hágamelo saber en la caja de comentarios sin más continuamos con las historias, participé en un levanto, historia de terror basada en hechos reales por el señor Julián huerta. Existen servicios que uno acepta sin pensarlo demasiado. Una notificación en el teléfono, un nombre desconocido y una dirección que aparece en la pantalla. Así funciona el trabajo como conductor de aplicación en una ciudad grande.

35:41 Lo que nunca imaginé fue que uno de esos servicios me marcaría para siempre y me mostraría que hay cosas en este mundo que es mejor no presenciar. Mi nombre es Julián huerta y durante 3 años trabajé como conductor de Uber en la ciudad de Puebla. Lo que voy a contar ocurrió en la noche del último servicio que acepté antes de renunciar para siempre. Tenía 38 años y conducía para Uber. Era mi forma de ganarme la vida desde que había perdido mi empleo en una fábrica de Téxtiles. El trabajo me daba horarios flexibles y lo suficiente para mantener a mi familia.

36:27 Mi esposa trabajaba medio día en una tienda y entre los 2 sacábamos adelante a nuestros 3 hijos. No era una vida de lujos, pero tampoco nos faltaba lo necesario. Como muchos conductores de aplicación, aprendí pronto que las mejores ganancias estaban por la noche. Los viajes eran más largos. Las tarifas subían y había menos tráfico. Así que varias noches a la semana salía después de cenar con mi familia y trabajaba hasta pasada la medianoche recogiendo pasajeros por distintos puntos de la ciudad. Aquella noche de viernes comencé mi turno alrededor de las 8:00.

37:12 Hice varios viajes cortos, llevando personas de sus casas a restaurantes y de bares Asus hogares. Todo transcurría con normalidad, como cualquier otra noche. Eran aproximadamente las 11 cuando recibí una solicitud en la aplicación. La dirección de recogida estaba en un barrio de las afueras que conocía solo de nombre y al que rara vez iba. No tenía fama de ser peligroso, pero tampoco era una zona transitada. El nombre del pasajero aparecía simplemente como Esteban y el destino no estaba especificado, algo que a veces ocurría cuando los clientes preferían dar la dirección directamente.

38:01 Creo que hoy en día ya no se puede hacer eso. Acepté el servicio y comencé a conducir hacia el punto de recogida. Conforme avanzaba, las calles se volvían cada vez más oscuras y solitarias. Los postes de luz eran escasos y muchas casas parecían abandonadas y completamente cerradas. Después de unos 15 minutos llegué a la dirección indicada. Era una casa de 2 pisos, con la fachada descuidada y las ventanas completamente oscuras. La calle estaba desierta y no se veía ningún movimiento. Estacioné el auto frente a la propiedad y esperé. Revisé el teléfono para confirmar que estaba en el lugar correcto y la aplicación indicaba que había llegado. Pasaron un par de minutos en completo silencio. Comencé a pensar que tal vez el pasajero había cancelado o se había equivocado de dirección.

39:07 Estaba a punto de marcar la opción para cancelar el viaje cuando vi movimiento en la casa. La puerta principal se abrió. De la casa salieron varios hombres. Lo primero que noté fue que no venían solos. Entre varios cargaban a alguien más. Conforme se acercaron al auto, bajo la luz tenue de los postes, pude ver que eran 6 hombres y que traían cargando a un chico joven que forcejeaba débilmente. No tendría más de 18 años y su expresión era de puro miedo. Antes de que pudiera reaccionar o entender qué estaba pasando, los hombres abrieron la puerta trasera de mi auto y subieron al chico prácticamente aventándolo dentro. 2 de ellos se metieron de inmediato, uno a cada lado aprisionándolo entre sus cuerpos, los otros cuatro se quedaron afuera rodeando el vehículo.

40:09 Sentí como el corazón se me acelero de golpe. Estaba a punto de decir algo, de preguntar qué estaba pasando o de exigirles que se bajaran de mi auto. Cuando la puerta del copiloto se abrió y otro hombre se subió en ese momento supe que la situación era mucho peor de lo que había imaginado el hombre que se sentó a mi lado. Vestía completamente de blanco, llevaba una sotana de sacerdote impecable, demasiado limpia para ese lugar y esa hora. En el pecho colgaba una cadena gruesa con una cruz invertida que brillaba con un tono metálico oscuro bajo la poca luz de la calle. Pero nada de eso fue lo que me paralizó por completo. Cuando volteo a verme, sentí que la sangre me lava. Sus ojos no tenían pupilas, eran completamente blancos como cubiertos por una capa lechosa.

41:11 No había iris, no había color, no había nada humano en esa mirada. Y así supe con certeza absoluta que me estaba observando fijamente. Antes de poder procesar lo que estaba viendo, escuché una voz proveniente del asiento trasero. Era el chico que habían subido a la fuerza. Su voz sonaba rota por el miedo. Me suplicaba que lo ayudara, que no arrancara el auto, que esa gente iba a hacerle algo terrible. Miré por el espejo Retrovisor y vi su rostro empapado en lágrimas, completamente aterrado. Los 2 hombres que lo tenían sujeto lo miraban con expresión fría, calculada como si no fuera una persona.

42:00 Fue entonces cuando noté algo que hizo que el pánico se apoderara de mí por completo. Ellos también tenían ojos blancos. Los hombres del asiento trasero, al igual que el que vestía de sacerdote, compartían esa misma mirada antinatural. No había pupilas, no había vida en esos ojos. Uno de ellos le tapó la boca al muchacho con violencia, silenciando sus súplicas. El chico intentó forcejear, pero los otros le sujetaban con una fuerza que parecía inhumana. Sus ojos seguían buscándome a través del espejo, Rogándome en silencio que hiciera algo.

42:45 Fue entonces cuando el hombre, vestido de sacerdote, habló. Su voz era grave, firme y tenía un tono que admitía discusión. Me ordenó que arrancara el auto. Me dijo con una calma escalofriante que condujera y que no hiciera preguntas que me limitara a hacer mi trabajo y que todo estaría bien. Sentí como me temblaban las manos sobre el volante. Sabía que lo correcto sería negarme, bajarme del auto y correr, llamar a la policía, denunciar lo que estaba ocurriendo, pero algo en la presencia de esos hombres. En sus miradas sin pupilas y en la presión que sentía en el pecho me lo impedía. Era como si una fuerza invisible me estuviera aplastando los pulmones, robándome el aire y la voluntad con manos temblorosas. Giré la cabeza y el motor, arrancó el hombre vestido de sacerdote, me dio la dirección a la que debía conducir. Era una zona en las afueras de la ciudad. Más allá de donde terminaba la urbanización y comenzaban los terrenos baldíos y las propiedades abandonadas, en ese momento supe que había aceptado un servicio del que quizás no iba a regresar durante todo el trayecto. Conduje en completo silencio.

44:15 No me atreví a mirar por el espejo retrovisor, aunque podía sentir los ojos del muchacho clavados en mí. De vez en cuando escuchaba sollozos apagados provenientes del asiento trasero, pero los hombres lo mantenían controlado. El que vestía como sacerdote no volvió a decir una sola palabra, pero su sola presencia en el asiento del copiloto era abrumadora, como si ocupará más espacio del que realmente tenía. El viaje duró alrededor de 30 minutos, aunque para mí se sintió como una eternidad. Salimos de la ciudad y tomamos un camino de terracería que se internaba entre los árboles y maleza. La única luz era la de los faros del auto, que apenas lograban abrirse paso entre la oscuridad.

45:10 Finalmente llegamos al destino. Era una mansión antigua que se levantaba en medio de la nada. Alguna vez debió haber sido algún lugar lujoso, pero ahora estaba claramente abandonado. Las ventanas rotas, las paredes cuarteadas y el jardín cubierto de maleza daban la impresión de que nadie había vivido ahí en años. El lugar emanaba una sensación de abandono y decadencia que me recorría el cuerpo como un escalofrío. El hombre vestido de sacerdote me indicó que me detuviera frente a la entrada principal, obedecí sin decir una palabra y estacioné el auto durante unos segundos. Nadie se movió.

45:59 El silencio era absoluto, pesado, casi insoportable. Entonces el hombre del copiloto abrió la puerta y bajo del vehículo, con movimientos lentos y deliberados. Los 2 hombres del asiento trasero sacaron al chico a la fuerza, ya no gritaba ni suplicaba, parecía haberse rendido o quizá estaba completamente en shock. Lo arrastraron hacia la entrada de la mansión mientras él avanzaba con pasos torpes. Yo los observaba desde el asiento del conductor, incapaz de moverme, paralizado por el miedo. Antes de que entraran al lugar, el hombre vestido de sacerdote regresó y se acercó a mi ventanilla. Se agachó hasta quedar a mi altura y me miró directamente con esos ojos, sin pupilas, sin apartar la mirada, sacó un fajo de billetes del interior de su sotana y lo dejó sobre el asiento del copiloto.

47:02 Era mucho más dinero de lo que habría costado ese viaje. Con esa misma voz grave y calma, me dijo que el dinero era mío, que lo tomara y me olvidara de todo lo que había visto esa noche, que no le contará a nadie lo que había pasado ni a dónde lo había llevado. Luego agregó, algo que me impediría dormir durante algunos días. Semanas diría yo me dijo que si hablaba, si llegaba a contarle a alguien sobre esa noche, yo sería el siguiente. No levantó la voz, no hizo ningún gesto amenazante, pero la forma en que lo dijo, con esa calma absoluta y esa mirada vacía clavada en mí, me dejó claro que no se trataba de una amenaza, sino de una promesa. Los hombres entraron a la mansión llevando al muchacho con ellos.

47:59 La puerta se cerró detrás y me quedé solo dentro del auto. Frente a esa construcción abandonada en medio de la nada, lo único que escuchaba era mi propia respiración agitada y el temblor incontrolable de mi cuerpo. Encendí el motor y salí de ahí lo más rápido que pude. Conduje por el camino de terracería, sin mirar atrás hasta alcanzar la carretera principal. Solo cuando regresé a la ciudad, rodeado de luces y gente, me permití respirar. Con un poco de normalidad llegué a mi casa alrededor de las 2:00 de la mañana.

48:40 Mi esposa se despertó y me preguntó porque había llegado tan temprano. No pude contarle nada, no me salían las palabras, solo le dije que no me sentía bien y que había decidido terminar el turno antes. Guardé el dinero que me habían dado en un cajón bien escondido y nunca lo volví a tocar. Durante los días siguientes no pude dejar de pensar en el chico en sus ojos suplicantes, en la desesperación de su voz pidiéndome ayuda, me preguntaba qué le habrían hecho en esa mansión y si seguiría con vida.

49:20 Más de una vez pensé en ir a la policía, en denunciar lo que había visto, pero cada vez que lo consideraba recordaba la advertencia del hombre vestido de sacerdote. El miedo me paralizaba por completo. Una semana después, desinstalé la aplicación de Uber de mi teléfono. Le dije a mi esposa que había conseguido otro trabajo y que ya no volvería a conducir. Encontré empleo en un almacén con turnos de día y desde entonces nunca más he vuelto a manejar de noche. Conté esta historia años después, cuando sentí que quizás podía hablar sin poner en peligro mi vida aun así.

50:02 El recuerdo no me ha dejado de todo en paz. Ha pasado mucho tiempo, pero nunca he dejado de preguntarme qué le ocurrió a ese chico ni qué clase de personas eran las que lo llevaron a la mansión abandonada aquella noche. Este fue el último servicio que acepté y aunque intenté seguir adelante, hay cosas que uno ve una sola vez y que quedan para siempre. Gracias por escuchar mi historia. ¿Querido trasnochador, querido madrugador, usted que nos escucha día y noche, qué opina al respecto de estas aterradoras historias de taxistas y Uber?

50:51 ¿Como es costumbre, le hago la siguiente pregunta, usted que haría? Si fuera un taxista o conductor de aplicación y de pronto levanta a una persona que no está con vida, lo dejo con esa reflexión y lo leo en la caja de comentarios sin más. Por el momento lo invito a que comparta con algún amigo o alguna amiga este relato para así seguir creciendo. Mi nombre es Alejandro y nos vemos en otra entrega más de oscuro Inframundo, te deseo dulces pesadillas.