Ciclistas Perdidos en la Oscuridad – 5 Relatos de Terror REALES en Caminos Desolados (Vol. I)
🚴 Pedaleaban por caminos que nadie más se atrevía a cruzar…Pero lo que encontraron en medio de la oscuridad no fue un animal, ni una persona.Estos 5 relatos basados en experiencias reales te llevarán al límite del miedo:00:00 INTRO00:30 EL CICLISTA DEL KM 3107:10 EL HOMBRE DE LAS CURVAS13:55 PEDALEO INFINITO19:40 KILOMETRO 1326:00 EL ACCIDENTE⚠️ Activa los audífonos, baja las luces... y no mires atrás.📩 Envíanos tu historia a: inframundorelatos@gmail.comEn Los Relatos de Esta NocheHablamos de:Historias de terror, relatos de terror, cuentos de terror, terror, horror, ficción,historias de ficción, historias de horror, historias paranormales, relatos dehorror, relatos de ficción, relatos paranormales, historias de fantasmas,historias de brujas, historias de veladores, historias de guardias deseguridad, historias de militares, historias de sicarios, historias de campo,historias de taxistas, historias de repartidores, historias de traileros,historias de embalsamadores, historias de sepultureros de brujas, historias deexorcismos, historias de casas embrujadas, historias de brujería, historias dedemonios, historias de Halloween, historias de día de muertos, historias demuertos, historias de navidad, historias de año nuevo, historias de semanasanta, historias de la virgen de terror, historias de fallas en la realidad,historias de carreteras, historias de funerarias, historias de panteones,historias de amarres, historias de envidias, historias de magia negra,historias de nahuales, historias del diablo, historias de la llorona, historiasde la siguanaba, historias del charro negro, historias del jinete sin cabeza,historias del cadejo, historias de duendes, historias de aluxes, historias dechanques, historias de hadas, historias de zombies, historias del fin delmundo, historias de la lamia, historias de vampiros, historias deextraterrestres, historias paranormales, historias de catástrofes, historiasrelajantes, historias para dormir, historias para calmarme, historias deguardias, historias de choferes, historias sobrenaturales, historiasincreíbles, Casas Malditas, casas embrujadas, casas paranormales, casasinfestadas, casas demoníacas, casas aterradoras, casas de Halloween, casasmacabras, casas espantosas, casas de los sustos, casas donde espantan, casasextra anormales, casas ocultas, casas en ruinas, casas abandonadas, casasmisteriosas, casas demoníacas, casas y fantasmas.
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0:00 ¿Hola, qué tal? ¿Espero? Te encuentres muy bien. Querido amante asiduo de las historias de terror, en esta ocasión te voy a contar 5 relatos ocurridos a ciclistas en senderos y carreteras. Ponte cómodo para escucharlas. Si eres nuevo, te invito a suscribirte y a que compartas con algún amigo o alguna amiga a nuestro contenido y dejes tu like y comentario. Sin más comenzamos. Siempre he creído que las carreteras guardan más secretos de los que imaginamos.
0:53 Las recorro desde hace años y aunque la mayoría solo vea asfalto y curvas. Yo he sentido cosas que no tienen explicación, especialmente en la carretera federal que cruza la sierra entre Hidalgo y Querétaro, una zona solitaria donde las señales de celular mueren y el viento susurra cosas extrañas. Todo comenzó un viernes por la tarde. El plan era sencillo, subir con la bici hasta el mirador del kilómetro 31. Acampar una noche y regresar al amanecer lo hacía cada año como una especie de ritual personal. Me gusta sentirme aislado, sin ruido, sin autos, sólo el crujir de la grava, el jadeo de mi respiración y el eco de la montaña.
1:49 Esa vez algo fue distinto desde que crucé el arco oxidado que marcaba el inicio del viejo camino. El ambiente se sentía cargado. No era miedo, era otra cosa, como si algo me estuviera esperando a la mitad del trayecto. Noté que había marcas en la Tierra como huellas de neumáticos, pero extrañas. No eran recientes. Eran antiguas, casi borradas por el tiempo, pero todas apuntaban en la misma dirección hacia el kilómetro 31. Seguí pedaleando, ignorando esa incomodidad que crecía en el pecho.
2:33 El sol se escondía entre las nubes espesas y la neblina empezó a bajar más rápido de lo habitual a lo lejos. Sobre el horizonte podía ver la silueta de una bicicleta detenida al borde del camino. Supuse que era otro ciclista, pero no se movía. No saludo, no se giró. Sólo estaba ahí, como congelado. Al acercarme me di cuenta de que no era una bici moderna. Era una bicicleta antigua de cuadro pesado, pintura desgastada, con un faro redondo como los de los años 60. Y sobre ella estaba el ciclista, o lo que parecía uno. Su rostro estaba cubierto por un casco viejo y unos lentes oscuros.
3:23 Llevaba un chaleco reflectante pero tan manchado de Tierra y óxido que apenas brillaba. No se inmutó al pasar a su lado. Solo me observo sin moverse. Lo saludé con la mano, sin respuesta. Pensé que tal vez estaba descansando o había tenido un mal día, así que no me detuve unos 2 km más adelante. Sentí que algo me seguía. No lo escuchaba, pero lo presentía, me detuve el viento había dejado de soplar, ni un pájaro, nada. Volteé y ahí estaba, a unos metros de mí, el mismo ciclista, mismo casco, misma ropa, pero yo había seguido pedaleando sin parar. Era imposible que estuviera ahí otra vez. Tragué saliva, fingí que no lo vi y seguí cada pedalazo me pesaba más.
4:19 No por el cansancio, sino por la sensación de que me estaban observando juzgando. Llegue al mirador con la luz casi extinguida. El lugar estaba abandonado. Como siempre. Monté mi tienda, pero no encendí fuego, no quería llamar la atención de nada que pudiera estar ahí afuera. A medianoche escuché el sonido de una bicicleta lento, metálico. Como si los pedales chirriarán. Al avanzar me asomé por la cremallera de la tienda y ahí estaba de nuevo. El ciclista daba vueltas al mirador sin mirar al frente, como si no necesitara ver su faro.
5:04 Iluminaba el suelo sin proyectar sombra. No dormí, solo esperaba que amaneciera cuando por fin salió el sol. Recogí mis cosas con el corazón, golpeándome el pecho. Tenía la firme intención de bajar, sin detenerme, pero al salir a la carretera encontré algo que me paralizó. Mi bicicleta estaba completamente oxidada, como si hubiera estado abandonada por años. Pensé que era una broma o que el rocío nocturno había hecho algo raro hasta que noté que mi reloj marcaba el viernes a las 6:12 de la tarde.
5:44 La misma hora en que había llegado al mirador, el tiempo no había avanzado. Era como si la noche nunca hubiera ocurrido. Pedalé cuesta abajo como loco. No sé cuánto tiempo estuve bajando, pero cuando llegué al Arco Oxidado del inicio del camino vi algo tallado sobre el metal, algo que nunca había estado allí antes. Aquí se detuvo el tiempo. Aquí cayó el primero. Días después volví en auto para buscar respuestas. En una fonda cerca del pueblo. Una mujer mayor me contó que hace décadas un ciclista murió en esa ruta.
6:26 Lo encontraron petrificado sobre su bici, con el rostro congelado en una mueca de terror. Nadie supo cómo llegó hasta allí. Dicen que desde entonces cada tanto aparece para buscar a alguien que tome su lugar. No he vuelto a esa carretera desde entonces, pero a veces, al rodar por otras rutas, siento el mismo silencio, el mismo crujir metálico y miro hacia atrás esperando no ver esa silueta porque sé que el sigue buscando al próximo ciclista.
7:12 Siempre he sido un hombre de costumbres, mis rutas en bicicleta están marcadas casi con precisión quirúrgica, misma hora, misma distancia, mismos caminos. Vivo en una zona rural al sur de Puebla, donde los cerros y las curvas cerradas hacen que cada pedaleo se sienta como una danza con el peligro. Lo disfruto. Me gusta el silencio de la carretera y el zumbido de las llantas sobre el asfalto viejo. Nunca pensé que ese mismo hábito iba a llevarme a encontrar algo que no debería existir. Esa tarde salí como siempre. Eran poco más de las 5:00 y el cielo comenzaba a teñirse de naranja.
7:59 El aire era fresco, perfecto para rodar. Tomé la ruta de las curvas. Un tramo solitario que serpentea entre los cerros por casi 15 km. Sólo algunos campesinos la usan para llevar carga en burros y ocasionalmente pasa algún carro viejo. A mí me encantaba porque casi siempre estaba solo. Esa vez noté algo raro desde el inicio, al llegar a la primera curva vi marcas de bicicleta en el pavimento. Eran recientes, me sorprendió. No conozco a nadie que pedalee por ahí, y mucho menos a esa hora, pero seguía avanzando. A veces alguien nuevo llega al pueblo y se anima a explorar. No fue sino hasta la cuarta curva donde lo vi Por Primera Vez.
8:51 Estaba parado al borde de la carretera, junto a su bicicleta. Tenía el cuerpo encorvado, como si estuviera estirando la espalda. Vestía completamente de negro. Con un casco grande que le cubría el rostro, no me saludó, sólo estaba ahí, inmóvil, como si esperara algo. Pensé que era otro ciclista descansando, así que pasé de largo. Pero unos metros adelante escuché el Clic de una cadena tensándose volteé, ya no estaba el borde de la curva, estaba vacío. Pensé que tal vez se había escondido entre los matorrales. O bajado al barranco para algo urgente, pero fue extraño, seguí pedaleando, fue en la octava curva donde todo comenzó a volverse más raro. Volví a ver al mismo hombre, mismo casco, misma posición. Esta vez tenía las manos sobre el manubrio, pero su cabeza estaba ligeramente inclinada hacia mí. Como si me observara mi pulso se acelero cómo había llegado antes que yo.
10:01 No había ningún atajo y tampoco lo había escuchado. Pasarme la carretera es tan silenciosa que hasta una mosca te delata. Pasé rápido sin detenerme. No quería tener contacto con él. Algo en su postura me daba escalofríos. Pero lo peor vino después. En la curva número 11 el aire se torno denso. Había un olor raro, metálico. Como si alguien estuviera quemando fierro viejo mezclado con carne. Me detuve unos segundos a tomar agua y entonces escuché un sonido que me heló la sangre, un chirrido de frenos y luego un golpe seco. Como si alguien hubiera chocado.
10:48 Corrí cuesta arriba con la bici en la mano. Al llegar al siguiente tramo lo vi en medio de la curva, tirado boca abajo estaba el cuerpo de un ciclista. La bicicleta partida en 2 y el con las piernas en ángulo extraño. Me acerqué con miedo, pero cuando estuve a unos metros vi que el casco estaba agrietado, vacío, no había rostro, no había cabeza, solo el casco roto con un hueco oscuro en su interior, retrocedí con el estómago revuelto, pero entonces algo cambió, el aire se volvió gélido. Todo quedó en completo silencio y desde la maleza. A unos metros escuché el mismo chirrido, pero esta vez mucho más cerca.
11:37 Volteé hacia la curva y lo vi el mismo ciclista de pie íntegro, observándome desde el borde. Tenía el casco bien puesto, sin daño alguno. Su presencia era antinatural. Como una estatua colocada en el lugar exacto donde debía causarte más miedo, salté sobre mi bici y comencé a pedalear cuesta abajo. Como nunca, las curvas pasaban a mi lado como latigazos de sombra. No me atreví a mirar atrás, pero sentía que venía tras de mí. No pedaleaba, no se movía, pero aparecía una y otra vez a cada curva. Ahí estaba él de pie.
12:20 A la misma distancia, siempre mirándome, llegué al tramo recto con el corazón latiéndome en los oídos. El sol ya se había ocultado por completo, las sombras se alargaban sobre el asfalto y el último giro me llevó al puente de concreto que se para el camino de regreso al pueblo. Pensé que lo había dejado atrás, pero cuando bajé de la bici lo escuché de nuevo una bicicleta frenando en seco. Esta vez, detrás de mí, voltee con terror. Pero no había nadie, sólo el sonido, sólo la presencia. Me Subí al auto que había dejado en la entrada de la ruta.
13:02 Lancé la bicicleta dentro sin pensar y arranqué con las luces altas en el retrovisor antes de perder la última curva de vista. Juro que vi su silueta iluminada por los faros. El ciclista parado en medio de la carretera. Con la cabeza inclinada, como si me estuviera despidiendo. Desde ese día no he vuelto a tomar esa ruta, ni siquiera en carro, pero algunos compañeros ciclistas han hablado de un hombre que aparece en las curvas al caer la tarde. Dicen que no habla, no se mueve, solo aparece y a veces te deja verte a ti mismo muerto en el pavimento.
13:58 Me llamo Iván Galindo, vivo en zacatlán de las manzanas en la Sierra Norte de Puebla, el ciclismo para mí no es sólo un deporte, es una forma de encontrarme conmigo mismo, de pelearme con mis demonios mientras subo Cerros empinados y respiro ese aire frío y húmedo que a veces parece cuchilla sobre la piel. Esta historia ocurrió hace 3 años y aún no puedo contarla sin que algo dentro de mi se retuerza era octubre. El clima estaba fresco, el bosque húmedo y los árboles comenzaban a soltar hojas secas que crujían bajo las llantas. Decidí hacer una ruta que normalmente evito el camino viejo a San Miguel Tenango, una vereda olvidada que baja en espiral desde lo alto de un cerro. No es peligrosa por su forma, sino por lo que se dice de ella. Cuentan que hace muchos años un ciclista murió ahí, en una competencia local.
15:05 Dicen que perdió el control en una curva cerrada, cayó por un barranco y no encontraron su cuerpo hasta una semana después lo enterraron justo donde se estrelló. Desde entonces muchos evitan esa ruta. Yo también lo hacía. Pero esa tarde algo me empujó a intentarla. Salí de casa cerca de las 5:00. El sol comenzaba a esconderse entre la neblina densa que es tan común por aquí el camino estaba resbaloso, pero no imposible. Avance sin problema por casi 1 hora hasta que llegue al primer descenso sentí una presión rara en el pecho, como si algo invisible me envolviera.
15:50 No era miedo, era otra cosa. Una presencia pedalee con más fuerza, ignorando la incomodidad. La niebla se cerraba en tramos y abría en otros, como si algo me quisiera dejar ver y luego esconderse. Al llegar al kilómetro 6, donde supuestamente ocurrió el accidente. Algo me hizo frenar. Alguien venía detrás de mí, no lo escuchaba, no lo veía, pero lo sabía. Giré la cabeza y no había nadie. La vereda estaba desierta. El bosque silencioso y sin embargo, el aire parecía cargado con electricidad, como si un rayo fuera a caer, pero nunca lo hiciera.
16:33 Fue ahí donde lo vi Por Primera Vez parado, en el borde de la curva estaba un hombre con bicicleta. No lo escuché llegar, no lo vi moverse, solo apareció. Estaba completamente cubierto con un uniforme negro viejo manchado. Su casco tenía una fisura evidente en su pecho, colgado de una cuerda, un número descolorido, el 27. Intenté saludarlo, pero no se movió. No respiraba, no pestañeaba, sólo me miraba con la cabeza apenas ladeada, como si estuviera evaluando algo. Me fui de ahí de inmediato, pedalé cuesta abajo, como si el infierno viniera detrás de mí.
17:18 Pero la cosa. Apenas comenzaba a cada curva. Lo veía de nuevo, ya no parado, sino rodando a unos metros detrás de mí, sin hacer ruido, sin moverse como un ser humano, solo deslizándose con ese maldito número 27 colgando del pecho. Quise gritar, pero mi garganta estaba cerrada. Quise acelerar, pero la vereda parecía alargarse. Vi pasar las mismas piedras, los mismos árboles, las mismas marcas en la Tierra una y otra vez, como si estuviera atrapado en un bucle, un pedaleo eterno.
18:00 Hasta que llegué a un punto en el que no supe si avanzaba o si ya estaba muerto. Y entonces ocurrió algo que no puedo explicar. Volví a pasar por el kilómetro 6. Lo supe porque reconocí una cruz de madera partida. Cubierta de musgo, pero no era la misma hora. El cielo estaba negro y en mi reloj marcaban las 2:43 de la madrugada. Yo había salido a las 5:00 de la tarde. No había manera de que hubieran pasado tantas horas y sin embargo, mi cuerpo estaba exhausto, como si hubiera estado pedaleando, sin detenerme durante toda la noche, cuando por fin vi la entrada al pueblo. Me bajé de la bicicleta y vomité sobre la banqueta. Temblaba.
18:52 Estaba empapado en sudor y sentía el corazón a punto de estallar. Nadie me creyó cuando conté lo que vi. Algunos se rieron, otros dijeron que sólo era el cansancio o alguna alucinación por falta de azúcar, pero yo sé lo que vi. Sé que el ciclista número 27 sigue ahí, que está esperando a alguien, a cualquiera que lo vea. Lo reconozca o se atreva a mirarlo a los ojos. Desde entonces ya no ruedo de noche y nunca jamás he vuelto a tomar esa ruta.
19:41 Buenas noches, comunidad de Inframundo, me llamo Édgar Villaseñor y lo que voy a contarles ocurrió en Durango, en un tramo olvidado de la vieja carretera el salto. Aquel día sólo iba a hacer una rodada más. Salí en la tarde, como siempre, buscando ese momento de silencio entre los árboles. Lejos del bullicio llevaba mi bicicleta de montaña y una pequeña mochila con agua, mi lámpara frontal y algo de fruta. El plan era subir por el viejo tramo de asfalto que va entre rancherías abandonadas.
20:22 Y regresar antes de que anocheciera ese camino tiene una fama curiosa entre los locales. Le llaman el tramo del kilómetro 13 y muchos evitan pasar por ahí cuando cae la noche. Dicen que la carretera fué cerrada hace años por un derrumbe que nunca repararon del todo, pero a mí siempre me atrajeron esos lugares donde nadie quiere estar. El clima era perfecto. Aire fresco, cielo nublado y el sonido lejano de Los Pinos susurrando entre sí. Avance sin prisa, deteniéndome a veces sólo para observar el paisaje y disfrutar esa sensación de estar solo en medio de todo. Pero al llegar al kilómetro 13 el aire cambió. No fue una brisa, fue como si el viento se detuviera. El bosque que siempre vibra con sonidos. Se quedó en completo silencio, ni pájaros, ni insectos, ni hojas moviéndose.
21:27 Sentí un escalofrío, pero no me detuve. En ese punto. La carretera se estrecha y el pavimento se ondula por las raíces de los árboles que crecieron debajo. Tuve que bajarme de la bici para evitar caerme. Entonces lo vi sobre el suelo. Justo al centro del camino había un zapato infantil. Pequeño, roto, polvoriento. Lo miré unos segundos, pero algo me hizo retroceder. Sentí que si lo tocaba, algo se rompería, como si no fuera solo un objeto abandonado, sino una especie de señal. Seguí pedaleando, esta vez más rápido, con esa sensación incómoda metida bajo la piel.
22:11 Pero unos 100 m adelante vi algo peor. Al borde de la carretera había una bicicleta pequeña. Roja oxidada, estaba clavada en el suelo, como si alguien la hubiera dejado ahí hace años o como si nadie hubiera podido regresar por ella. Me detuve, no sé cuánto tiempo. Estuve ahí mirando esa bicicleta vieja, pero comencé a sentir algo en la espalda, como si me estuvieran observando. Volteé y no había nada, sólo árboles. Entonces del bosque salió una voz. No era grito, no era palabra. Era una respiración agitada, como la de alguien que lleva horas corriendo y por fin se detiene. Se escuchaba cerca, demasiado cerca. Quise moverme, pero mis piernas no respondían. Sólo podía mirar hacia el árbol más cercano y entonces la vi una figura pequeña, tal vez de un niño, pero no caminaba, se deslizaba entre los árboles.
23:19 Sin tocar el suelo, como si la gravedad no le afectara. Tenía una camiseta blanca, pero estaba completamente empapada en lodo y su cabeza no se movía, sólo su cuerpo lo hacía. Me Subí a la bicicleta con el corazón, latiéndome en los oídos, comencé a pedalear sin ver atrás. No importaban las piedras, los baches, el terreno mojado. Sentía que si frenaba, aunque fuera por 1 segundo. No saldría de ahí, pero la carretera no terminaba. Cada curva se parecía a la anterior. Cada señal de kilometraje volvía a decir lo mismo, kilómetro 13123 veces, como si estuviera pedaleando en un círculo sin salida. Y entonces lo entendí.
24:09 No era que estuviera atrapado en un lugar físico, era una repetición de algo que ya había pasado antes, algo que no se cerró. Algo que seguía ocurriendo para quien se atreviera a entrar. Mi visión comenzó a nublarse. Las sombras del bosque eran cada vez más tensas. Escuchaba risas, pasos pequeños detrás de mí, llantos, el crujido de ramas partiéndose y una voz muy lejana que decía, Tú también vas a quedarte aquí. Lo siguiente que recuerdo fue despertar al borde de la carretera, cubierto de polvo, con la bicicleta tirada a un lado.
24:52 Ya era de noche, el reloj marcaba las 2:17 de la madrugada, pero algo estaba mal. El kilómetro marcado en la señal al lado del camino no era el 13, era el 27. Había avanzado más de 10 km sin recordar nada desde esa noche. Nunca volví a tomar esa ruta, pero muchos han hablado de lo mismo, ver una bicicleta roja, escuchar pasos, perder la noción del tiempo. Algunos incluso dicen que han visto a un niño sin rostro caminando por la línea amarilla del asfalto. No sé qué fue lo que viví.
25:33 No sé si fue una visión, una advertencia o una repetición de algo más antiguo. Pero sí sé que hay caminos donde lo que parece abandonado aún respira. Buenas noches. Inframundo. Quiero compartir una experiencia que, aunque parezca absurda, ocurrió hace un par de años y desde entonces nada volvió a sentirse igual. Mi nombre es Iván Saldaña y vivo en las afueras de Villa de Ramos.
26:17 San Luis Potosí, donde los caminos son rectos, largos, calurosos y a veces interminables. Aquí el sol parte la Tierra, el viento levanta polvo en espirales lentos y la soledad no es una amenaza, sino una constante. Me gusta rodar, solo lo hago desde adolescente. Las rutas de terracería me relajan, me desconectan cuando uno crece entre cerros secos y tierras rojizas. Aprende a amar la idea de que no siempre necesitas a alguien más para estar en paz. Esa tarde, después de comer, decidí tomar la vieja brecha a Santa María del Palmar. Era un camino casi olvidado de esos que usaban antes los arrieros y que hoy apenas cruzan uno que otro camión polvoriento. El cielo estaba limpio y el sol comenzaba a caer cuando me adentré en el tramo más aislado de la brecha. Rodeado de matorrales secos, nopales y kilómetros de nada. Fue ahí donde lo vi un vehículo oxidado volcado parcialmente a un costado del camino.
27:30 A simple vista parecía abandonado desde hacía días, pero algo en su posición en su ángulo lo hacía parecer recién estrellado. Me acerque por instinto, bajando de la bicicleta. El cofre estaba aplastado contra una roca, el parabrisas roto y sin forma. Una llanta aún giraba muy lentamente y ahí, entre los fierros lo noté una figura. Era una mujer, su rostro cubierto de Tierra con un rastro de sangre seca que cruzaba su mejilla. Tenía la ropa desgarrada, pero no parecía inconsciente, al contrario, estaba despierta, mirándome, como si me reconociera.
28:14 Me paralicé. Ella levantó un brazo con dificultad y apuntó hacia el interior del coche. Su boca se movía sin emitir sonido, pero entonces la escuché clara y desgarrada. Mis hijos lo repitió una y otra vez, más fuerte, más desesperada. Saquelos, por favor, me asomé al coche sin pensar con el corazón, latiéndome en la garganta. El interior era un caos de vidrios, Tierra y juguetes rotos. Alcancé a ver un pequeño tenis azul y una playerita manchada de barro entre los asientos, pero no había niños, solo ese rastro.
28:58 Intenté sacar mi celular sin señal, me alejé algunos metros, casi corriendo. Subí a un pequeño cerro cercano para obtener cobertura y como si el aire supiera que no tenía tiempo, la señal volvió. Llamé a emergencias, alcancé a decirles que había un accidente, di las coordenadas. La operadora me pidió esperar a que llegara ayuda. Prometí hacerlo, pero cuando volví al coche, todo había cambiado. El vehículo ya no parecía fresco, estaba cubierto de polvo seco, con telarañas en los retrovisores no había movimiento, ni rastro de la mujer, ni del zapato, ni de los juguetes.
29:42 Me sentí helado por dentro, revisé el interior del vehículo con más atención. No había cuerpos, sólo silencio, un silencio seco, como si el tiempo ahí se hubiera detenido. Hace mucho, cuando llegaron los paramédicos y los policías rurales les conté lo que vi, no omití nada. Uno de los oficiales, un hombre mayor, se me quedó viendo largo rato antes de hablar. Su voz era baja, pero firme. Este coche está aquí desde el viernes. Chocaron contra una pipa, la madre murió atrapada y sus 2 hijos salieron despedidos. Los encontraron a unos metros sin vida. Mi estómago se revolvió, intenté entenderlo, quise negarlo, quise pensar que mi mente me había jugado una mala pasada, pero no, yo vi a la mujer, escuché su voz, mis hijos. Uno de los paramédicos, mientras recogía su maletín, me dijo algo que me dejó sin palabras, No eres el primero que la ve. Muchos la han visto desde entonces, siempre pidiendo lo mismo, siempre señalando el coche. Monté mi bicicleta, pero ya no podía rodar con la misma libertad de antes.
31:01 El camino de regreso fue denso, la luz del sol caía más rápido de lo normal y no sé si fue mi imaginación. Pero sentí ruedas pequeñas detrás de mí, como si alguien más también pedaleaba. Sólo que sus llantas eran más delgadas, más livianas, más infantiles. Desde aquel día no he vuelto a tomar esa brecha, pero cada cierto tiempo al dormir escucho una voz, no es una mujer. Son 2 niños, dicen mi nombre, piden ayuda y lo hacen llorando.
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