July 7, 2026

5 RELATOS DE REPARTIDORES QUE TERMINARON EN PESADILLA | Historias de Terror Reales

5 RELATOS DE REPARTIDORES QUE TERMINARON EN PESADILLA | Historias de Terror Reales
5 RELATOS DE REPARTIDORES QUE TERMINARON EN PESADILLA | Historias de Terror Reales
Inframundo Relatos De Terror
5 RELATOS DE REPARTIDORES QUE TERMINARON EN PESADILLA | Historias de Terror Reales

Historias de Terror de repartidores, entregas nocturnas y encuentros perturbadores ocurridos mientras trabajaban en calles vacías, colonias extrañas y lugares donde algo parecía observar desde la oscuridad.

Hoy escucharás 5 aterradores relatos de repartidores que vivieron experiencias difíciles de olvidar mientras entregaban pedidos durante la noche. Casas donde nadie parecía vivir, clientes extraños, caminos oscuros, colonias silenciosas y presencias inexplicables que transformaron una simple entrega en una verdadera pesadilla.

Historias de repartidores de comida, motociclistas, empleados de plataformas de entrega y trabajadores nocturnos que aseguran haber visto cosas imposibles de explicar durante la madrugada. Relatos de miedo basados en experiencias perturbadoras, encuentros paranormales y sucesos reales que ocurrieron mientras solo intentaban terminar su turno.

🌑🏍️ Si te gustan las historias oscuras de repartidores, experiencias paranormales, relatos de miedo real y terror psicológico ambientado en calles solitarias y noches inquietantes, este episodio es para ti.

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0:00 Bienvenidos a esta sección titulada Madrugadores, donde escucharas relatos aterradores justo a las 6:00 de la mañana, un saludo para todos los que ya están despiertos y listos para enfrentarse a la oscuridad sin más comenzamos. Mi nombre es Damián torres. Lo que viví ocurrió a finales del 2022, cuando trabajaba como repartidor de comida para una de esas aplicaciones famosas. Había recorrido gran parte del estado de México y nada me había preparado para lo que enfrente.

0:53 Esa noche el turno estaba por terminar. Eran pasadas las 10 y ya habíamos limpiado casi todo en la cocina del pequeño restaurante donde trabajaba la encargada, Natalia, recibió una última orden, era una entrega en la Colonia Loma seca, un lugar que la mayoría evitaba. A pesar de las advertencias, aceptó el pedido y nos miró a los que quedábamos. Éramos 3. Ninguno reaccionó. Yo solo quería terminar mi jornada, juntar lo suficiente para cambiar el celular, tal vez por eso di un paso al frente. Sabía lo que decían de Loma Seca, que ahí no entraba ni la policía, que la gente desaparecía sin dejar rastro, que había zonas donde la señal se perdía y los perros ladraban durante toda la noche sin parar rumores, me decía. Solo rumores.

1:56 Encendí la moto y tomé camino a medida que me adentraba en la Colonia. Todo comenzó a cambiar, la ciudad quedó atrás. Las calles se volvieron estrechas y llenas de baches, con casas sin pintar, algunas a medio construir. La poca iluminación apenas bastaba para ver por dónde pasaba la ubicación. Marcaba una casa al final de una calle cerrada. Había un terreno baldío y una cerca improvisada, hecha con láminas y tablas. El aire era más frío, más tenso. El silencio era total, como si el mundo hubiera quedado suspendido en ese rincón olvidado.

2:40 Frente a mí, una vivienda solitaria, con una luz pálida en la entrada. Esperé, nadie salió, golpeé la reja con suavidad, silencio. Entonces recordé lo que pasaba cuando un pedido no se entregaba. Natalia era despiadada. Sabía que si regresaba sin la entrega me la descontarían, así que empujé la reja y entré. Avancé entre basura, bolsas rotas, vidrios, trapos húmedos. El terreno olía a humedad estancada, a sangre seca, cada paso así a crujir algo. Al llegar a la puerta estaba entreabierta. Desde adentro se escuchaban voces, Murmullos, Qué parecían susurrar, oraciones o cánticos apagados. Me detuve el aire, parecía cortarse mi piel. Se erizó por completo.

3:39 Toqué la puerta abierta con la punta de los dedos. Una figura apareció desde el interior, un hombre Alto, Delgado, con la cara en sombras. Sólo se le notaban los dientes apretados en una sonrisa sin alma. Extendió la mano y señaló, el interior tenía que entregarlo adentro. Le expliqué que la entrega era hasta la entrada, que no debía pasar, que nadie contestaba el celular y por eso me había acercado. Pero el hombre seguía ahí, inmóvil, sin decir palabra. Tenía que entregarlo adentro del fondo de la Casa surgieron otras figuras 3 o cuatro, no lo sé. Sombras humanas quietas, con los rostros deformados, como si las facciones estuvieran mal dibujadas, no se movían, sólo observaban.

4:38 Entonces salgo dentro de mí. Se rompió, dejé caer la bolsa al suelo y eché a correr el corazón, me golpeaba las costillas. Tropecé con algo metálico, pero no me detuve. Los pasos detrás de mí eran leves pero constantes. No gritaban, no corrían, solo caminaban como si supieran que no tenía escapatoria. Subí a la moto con las manos temblorosas, la encendí al segundo intento. La luz del faro iluminó por un instante una figura en la entrada de la casa. No tenía rostro. Sólo piel estirada y húmeda, como si nunca hubiera terminado de formarse.

5:20 No mire más aceleré y salí de loma seca. El camino de regreso fue un túnel oscuro que atravesé sin pensar. Paré hasta llegar a una gasolinera abierta con luces que me devolvieron un poco la vida ahí, con el motor apagado. Pude escuchar mi respiración Por Primera Vez, regresé a casa sin contestar el celular. Natalia me marcaba una y otra vez, la bloqueé. Al día siguiente fui a dejar las llaves del restaurante. No dije una sola palabra. Natalia me gritaba desde la barra, pero no la miré, sólo salí una semana después me encontré con uno de mis ex compañeros.

6:10 Me dijo que esa noche nadie quiso tomar el pedido. Natalia se enfureció y decidió llevarlo ella misma. Nunca regresó, buscaron su coche, lo hallaron abandonado en un corralón, pero a ella jamás la encontraron, ni comida, ni celular, ni rastro alguno. No se volvió a hablar del caso, el restaurante cerró 2 semanas después. Algunos dijeron que Natalia simplemente se fugó. Pero yo sé lo que vi, se lo que había en esa casa y sé que si yo hubiera cruzado esa puerta, hoy no estaría contando esto.

6:50 Me mudé con mi padre a otro Estado. Deje de ser repartidor, deje incluso de usar aplicaciones de entrega. Nunca volví a pisarlo, más seca. Me llamo Arturo y esta historia me ocurrió en el invierno de 2018, cuando trabajaba como repartidor de pizzas en la zona norte de Monterrey. Era un trabajo sencillo, aunque mal pagado y como casi siempre pasa, los pedidos de última hora terminaban siendo los más pesados.

7:40 Justo eso pasó la noche. Que decidí que ya no volvería a entregar una pizza. Jamás eran las 10:40 de la noche y estábamos a punto de cerrar. Ya habíamos limpiado todo. Las luces del local estaban apagadas y el horno ya se había enfriado. Pero entró una última orden pagada en línea. El gerente me pidió que la llevara para no dejar al cliente colgado. A esas alturas ya no había motonetas disponibles. Así que agarré mi bicicleta y salí. La dirección me mandaba una zona poco iluminada cerca del cerro del topo chico por la Colonia Niño Artillero.

8:25 Las calles eran solitarias y muchas estaban en obra negra, con casas abandonadas y faroles que apenas parpadeaban el aire era tan helado que me ardía en los pulmones. Al pedalear llegué al domicilio señalado. Una casa de 2 pisos con paredes despintadas y una escalera externa de Fierro oxidado que subía hasta la azotea. No había luz en ninguna ventana. Pensé que me había equivocado, pero entonces noté una figura parada en la parte más alta de la casa. Estaba completamente quieta, sin moverse ni 1 mm, como si estuviera esperándome.

9:12 Levanté la mano en señal de saludo, pero no respondió. Me acerqué a la base de la escalera y dije que traía su pedido. El hombre alzó el brazo lentamente y apuntó hacia arriba. Entendí que quería que subiera dude la estructura temblaba con cada paso. Los escalones de metal estaban helados, la casa no tenía barandal y sentí vértigo al mirar hacia abajo. Al llegar a la azotea, el hombre ya no estaba en el mismo lugar. Había un pequeño cuarto de lámina con la puerta entreabierta. Toqué suavemente con los nudillos. Nadie respondió. Empujé un poco la puerta.

9:55 El cuarto estaba vacío, con una mesa al centro y una silla de plástico. Nada más. Dejé la pizza en la mesa. Di media vuelta y empecé a bajar. Entonces escuché pasos apresurados detrás de mí. Me detuve silencio absoluto. Cuando volteé hacia la azotea no había nadie, pero los pasos seguían más cerca, más pesados. Aceleré el descenso bajando de 2 en 2 los escalones con la bicicleta ya olvidada en el patio. Cuando llegué al piso, gire para ver hacia arriba. Ahí estaba el hombre parado al borde de la azotea. Ahora sí pude verle el rostro.

10:40 No tenía ojos donde debían estar, sólo había cuencas negras profundas, como si algo le hubiera devorado el alma. Y aunque estaba tan arriba, sentí su mirada clavarse en mí como un puñal. Agarré la bicicleta y salí disparado sin voltear. Mientras me alejaba algo me heló la sangre. Escuché mi nombre pronunciado con una voz grave, casi animal. La calle estaba vacía, no sé cómo llegué de vuelta al local, estaba pálido y temblando. Apenas pude explicar lo que pasó, nadie me creyó.

11:21 Al día siguiente me animé a buscar la dirección en Internet. Lo único que encontré fue una nota vieja del 2012, un hombre había sido encontrado muerto. En esa misma casa colgado del tubo que sostenía el tinaco en la azotea, el reporte decía que llevaba días sin ser visto hasta que unos niños encontraron el cuerpo desde la calle. Aparentemente vivía solo y padecía problemas mentales. Cuando le conté esto, al gerente se le borró la sonrisa. Me confesó que esa misma dirección ya había aparecido otras veces, pero que los repartidores anteriores la cancelaban o mentían para no ir.

12:11 Uno de ellos incluso renunció después de asegurar que había visto a alguien sangrando en el techo. No quise escuchar más. Esa misma semana entregue la carta de renuncia. No quería volver a sentir esa mirada sin ojos, persiguiéndome en la oscuridad, y aunque me aleje del lugar, aún hoy, cada vez que paso cerca del cerro del topo chico, siento como si alguien me estuviera observando desde alguna azotea. Nunca volví a trabajar de repartidor y nunca volví a entregar una pizza después de las 10:00. Me llamo Isaac y esto que voy a contar me marcó para siempre. En 2020 trabajaba como repartidor de comida rápida en ciudad neza.

13:20 Muchos pensarán que es un trabajo tranquilo. Pero en zonas como estas, cuando cae la noche, uno se enfrenta a algo más que calles peligrosas o perros callejeros. A veces se enfrenta al otro lado, al que ya no pertenece a este mundo. Todo comenzó cuando se corrió un rumor entre los repartidores de la zona. Decían que por las calles de la Colonia Metropolitana, cerca de la Avenida Pantitlán, se aparecía un repartidor. Uno que no era de carne y hueso, lo llamaban el descarnado. Al principio pensé que era una broma más, un cuento para asustar a los nuevos, pero una noche, regresando de una entrega tarde, lo vi Pedaleaba por una calle sin luz, con árboles al borde de banquetas rotas. De reojo noté a alguien más delante de mí. Tenía un uniforme parecido al mío. Sólo que completamente sucio y desgarrado, su mochila térmica colgaba de un lado como si estuviera rota. Iba a pie, encorvado, arrastrando una pierna. Pero lo que más me impactó fue su rostro. Cuando lo alcancé, giró apenas la cabeza. La mitad de su cara no tenía piel. Estaba descarnado.

14:48 Como si la carne hubiera sido arrancada a tirones se le marcaba el cráneo, los dientes al aire y en lugar de ojos sólo tenía 2 cuencas oscuras que parecían supurar un líquido espeso y negro. El olor que traía consigo era insoportable, como carne quemada mezclada con sangre podrida. Me detuve de golpe y él también lo hizo. Se giró por completo. Mirándome con esa cara muerta y sin expresión, su brazo derecho colgaba roto torcido en un ángulo imposible. En el pecho llevaba un su gafete cubierto de sangre seca. En él se alcanzaba a leer su nombre, Bruno Bruno, el repartidor que.

15:40 Según decían, había muerto un año antes tras un brutal accidente. Había chocado con una camioneta cuando iba a toda velocidad por una calle sin pavimentar. Lo arrastraron casi 20 m. Cuando llegó la ambulancia ya no tenía rostro, ni manos, ni casi la mitad del cuerpo decían que había quedado irreconocible. Ahora lo veía frente a mí. No supe cuánto tiempo me quedé ahí. Inmóvil observándolo en un momento, Bruno levantó su mochila rota, la sujeto con su brazo colgante y comenzó a caminar hacia mí. Sentí como el frío se metía por cada poro paralizandome, pero cuando estuvo a escasos metros desapareció en el aire, como si se desvaneciera entre las sombras. Esa noche no dormí.

16:41 Al día siguiente le conté a otros compañeros. Uno de ellos se quedó callado y después confesó que también lo había visto. Me dijo que incluso lo vio cruzar una avenida a toda velocidad en su bicicleta fantasma y luego desaparecer justo antes de que un coche lo atropellara. Otro más aseguró que una vez lo vio afuera de un Oxxo de pie. Sin moverse, con la cabeza ladeada, como si esperara una entrega que nunca llegó, empezamos a compartir historias. Todos los que lo habíamos visto coincidíamos en algo. Bruno aparecía solo en calles donde la luz no funcionaba, donde el asfalto estaba roto, donde alguna vez cayó con violencia, siempre en zonas olvidadas. Siempre en silencio, algunos decían que su alma seguía trabajando porque el último pedido que llevaban nunca llegó, que quedó atrapado en un bucle eterno intentando completar una entrega que no logró terminar.

17:56 Otros aseguraban que era una advertencia, un reflejo del destino que nos puede tocar a quienes arriesgamos la vida por unos pesos. Yo dejé de hacer repartos nocturnos, cambié de zona, pero a veces, cuando paso por avenidas oscuras, me parece verlo en la distancia, una figura encorvada, con la mochila colgando y un rastro de carne podrida marcando su camino. Y en esas noches no importa cuantos pedidos tenga, no me detengo.

18:49 Me llamo Esteban trabajo como repartidor de pizzas en Guadalajara, específicamente en la zona de Chapalita. Desde hace 4 años he recorrido casi todas las colonias de esta ciudad. Hay clientes amables, otros apurados, algunos hasta groseros. Pero nadie me había dejado con esa sensación amarga en el pecho como el del departamento cuatro B todo comenzó. Una noche de jueves. Me tocó cubrir el turno nocturno y cerca de las 10:00 entró una orden para el edificio Alondra, uno de esos complejos viejos que aún conservan la pintura amarilla de los 81. Olor a humedad encerrada en las escaleras. El pedido ya estaba pagado, Subí sin mayor preocupación. Toqué la puerta del cuatro BY, la abrió un hombre alto, con cabello canoso, perfectamente peinado hacia atrás. Vestía formal, sin una sola arruga en su camisa blanca. No dijo nada, tomo la pizza y cerró lentamente la puerta. Fue una entrega más o eso creí.

20:09 2 días después, la misma orden, el mismo Departamento, Subí toque y ahí estaba de nuevo el mismo hombre, mismo gesto, mismo silencio. La escena se repitió varias veces durante 2 semanas, siempre de noche, siempre la misma pizza, no sé por qué, pero con cada visita sentía que algo no encajaba, el tipo nunca hablaba, ni siquiera un gracias. Sólo esa mirada perdida, como si no me estuviera viendo realmente, como si estuviera enfocado en otra cosa que yo no alcanzaba a comprender. Una noche, al llegar al edificio, percibí un olor penetrante.

20:52 Era algo rancio, putrefacto. Subí con la caja en mano, intentando no respirar por la nariz. En el tercer piso, casi vómito. Pensé que sería basura olvidada o alguna cañería podrida. Toqué la puerta del cuatro B nadie abrió, dejé la pizza en el suelo y me fui rápidamente algo dentro de mí sabía que algo estaba muy mal. La noche siguiente, otro pedido, el mismo subí de nuevo. El olor seguía ahí, pero más intenso en el cuarto piso. Me costaba mantenerme en pie. Volví a tocar nada.

21:36 Silencio absoluto. Volví a dejar la caja en el fondo, algo me decía que debía reportarlo. Llamé al número registrado de la APP, pero estaba fuera de servicio, tomé valor y decidí volver por la tarde, fuera de mi horario. El portero me reconoció. Le pregunté por el inquilino del cuatro B lo que me dijo Me dejó helado. Ese departamento llevaba vacío casi un mes. El señor que vivía ahí había muerto. Lo encontraron apenas esa mañana porque los vecinos no aguantaban. El olor estaba en descomposición, solo sin que nadie lo echara de menos, mi cuerpo se entumeció, sentí que el suelo se me iba. Le conté que yo había estado entregando pizzas ahí durante los últimos días.

22:29 No me creyó. Al principio subimos juntos, la policía ya había llegado. Al entrar, la escena era dantesca. El cuerpo del hombre seguía ahí, cubierto apenas con una sábana. El hedor me golpeó como un martillazo. Y ahí, junto a la entrada, apilada sobre una pequeña mesa, estaban todas las cajas que había llevado perfectamente colocadas, ninguna abierta. Uno de los oficiales me llevó a la caseta de vigilancia. Revisamos las cámaras, en cada grabación se me ve subiendo por las escaleras, dejando las pizzas, pero la puerta nunca se abre, nadie me recibe, yo solo dejo la caja y me doy la vuelta.

23:18 No hay nadie más en los vídeos, nadie. Desde entonces no volví al edificio, Alondra, pedí el cambio de zona, pero lo peor vino después, a la semana siguiente, revisando los pedidos del sistema. Volví a ver el número cuatro B, mismo horario, misma pizza. La orden seguía llegando. Nadie quiere entregarla y yo ya no sé si fue mi imaginación, el cansancio de las madrugadas o algo que simplemente no puedo entender. Pero juro por lo más sagrado que vi a ese hombre. Lo vi parado frente a mí, con sus ojos vacíos, tomando la pizza con sus propias manos. Ahora cada vez que me toca subir a 1/4 piso, siento una presión en el pecho porque desde aquella noche entendí que hay entregas que no deberían hacerse.

24:31 Me llamo Elías Ramos en 2022. Trabajaba como repartidor para un restaurante de comida asiática en Cancún. Durante 3 años había hecho entregas por toda la ciudad, desde la zona hotelera hasta los fraccionamientos más alejados. Era un empleo rutinario, con momentos raros, pero nada como lo que ocurrió aquella tarde que me obligó a dejarlo todo. Eran las cuatro cuando entró una llamada directa al restaurante. La atendió la encargada y al colgar me dijo que el pedido iba para la Colonia Jardines del silencio.

25:13 Ese nombre, ya de por sí me causaba escalofríos. Era una zona apartada al sur de Cancún, donde apenas se levantaban algunas casas y había un viejo cementerio a medio cuidar. El pedido lo había hecho una mujer y aunque la comida era común, lo que sorprendió fue la dirección. Específicamente dentro del panteón al fondo, junto a una tumba grande bajo un árbol de ceiba. Pregunté si no era un error, me respondieron que no, que esa señora pedía todos los años para esa fecha como una especie de costumbre.

25:53 Algunos de los muchachos decían que la conocían de vista, que iba diario al cementerio a visitar la tumba de su hijo, que llevaba comida. Que hablaba sola. Nunca quise meterme en esas historias. Ese día, sin embargo, algo me empujo a aceptar la entrega. Subí la comida a la caja de la moto y tomé la ruta hacia jardines del silencio. A medida que me acercaba, el sol se escondía tras las nubes espesas, el aire se volvió húmedo y el ambiente cambió por completo.

26:34 Al llegar encontré la entrada del panteón abierta de par en par, como si esperarán mi llegada. Empujé el portón de herrería y me adentré en el lugar. No había nadie, ni sepultureros ni visitantes, ni siquiera aves en los árboles. Sólo un silencio sepulcral que me rodeaba desde todos los ángulos. Camine con paso lento entre lápidas agrietadas y cruces oxidadas. Algunas tumbas estaban cubiertas por maleza, otras recién decoradas con flores y veladoras. Me guíe por la descripción el árbol de ceiba y el blanco de concreto.

27:15 Allí estaba la mujer, sentada sobre un mantel blanco extendido frente a una tumba. Tenía alrededor recipientes y platos hervidos, algunos con arroz, otros con frutas y un par de dulces frente a ella. Una lápida limpia con una foto enmarcada. Un niño sonriente de no más de 10 años me vio y se puso de pie. Tenía una mirada intensa y una expresión que combinaba alegría con resignación. Extendió los brazos para tomar la bolsa, le entregué el pedido y ella asintió sin hablar. Luego hizo un gesto con la mano señalando que me acercara más. Dudé.

28:02 Algo dentro de mí me decía que no debía seguirla, pero lo hice. Me llevó al borde de la sepultura, señaló un sitio en el suelo y entendí que debía colocar ahí uno de los platos. Lo hice con manos temblorosas. Entonces note un pequeño peluche viejo y húmedo, enterrado parcialmente. Sentí una punzada de frío recorrerme la espalda. Cuando me disponía a marcharme, la señora Sacó su teléfono. Empezó a hablar en voz baja, como si conversara con alguien. Miraba la lápida mientras reía suavemente. No había nadie más allí. O eso creí.

28:44 Al dar la vuelta me encontré con uno de los empleados del panteón parado cerca de una tumba. Le comenté entre nervioso y burlón que la señora hablaba sola. El me miró serio y dijo que todos los años. En esa fecha venía a alimentar al alma de su niño. Aseguró que la mujer no aceptaba que su hijo había muerto, que insistía en que seguía ahí con ella. El hombre me dijo que si tenía agallas, regresara antes de las 5:00 que la señora nunca se quedaba. Después de esa hora me fui, pero la curiosidad me venció.

29:27 Volví al panteón cuando el reloj marcaba las 4:30. Caminé con sigilo entre las tumbas. Entonces la vi y no estaba sola. A su lado había un niño. No lo reconocí. Al principio vestía una camisa azul, pero estaba sucia, rota, tenía la piel amarillenta. La cabeza desproporcionada me acerque un poco más confundido hasta que lo vi claramente. Su rostro era un cráneo cubierto apenas por restos de carne. Sus ojos eran cuencas oscuras y al verme sonrío. Sentí que el alma se me salía del cuerpo, el aire desapareció de mis pulmones, un zumbido llenó mis oídos y todo se volvió blanco.

30:15 Me desmayé sobre una lápida cercana. Desperté de noche tirado en la Tierra. Mi moto ya no estaba. Tuve que caminar a casa esa noche. No dije nada a nadie, pero mi madre me llevó con una curandera. Perdí peso, tuve fiebre, me dijeron que era el espanto. Renuncié días después, me mudé con mi tío a Tulum, lejos de Cancún. Nunca regresé a esa ciudad, pero hay noches en las que cierro los ojos y vuelvo a ver esa sonrisa del niño muerto sentado junto a su madre. Bajo la ceiba del cementerio, porque el amor de una madre no muere con su hijo y a veces tampoco lo deja descansar.

31:07 Querida Comunidad, espero que esta entrega les haya gustado. Es un honor para mí pasar un buen rato con ustedes. Muchas gracias por abrirme la puerta de su hogar, por favor. No olviden dejarme sus comentarios, esto nos ayuda a seguir trayendo mejor contenido. Me encanta leer sus experiencias y conocernos un poco más. Si el video les gustó, por favor, no duden en compartirlo con sus amigos. Esto nos ayuda a llegar a más personas y que la Comunidad siga creciendo. Un abrazo muy fuerte, nos vemos en una próxima entrega, esto fué.

31:49 Inframundo, relatos.