Jan. 24, 2026

4 RELATOS DE TERROR REALES PARA ESCUCHAR DE NOCHE | ESPECIAL 2 HORAS - Inframundo Relatos

4 RELATOS DE TERROR REALES PARA ESCUCHAR DE NOCHE | ESPECIAL 2 HORAS - Inframundo Relatos
4 RELATOS DE TERROR REALES PARA ESCUCHAR DE NOCHE | ESPECIAL 2 HORAS - Inframundo Relatos
Inframundo Relatos De Terror
4 RELATOS DE TERROR REALES PARA ESCUCHAR DE NOCHE | ESPECIAL 2 HORAS - Inframundo Relatos

Esta noche no es para dormir.En esta recopilación especial te traemos 4 relatos de terror reales, historias oscuras contadas por personas comunes, ocurridas en carreteras, pueblos y lugares donde algo no debía manifestarse.Ponte cómodo, apaga la luz… y prepárate para no cerrar los ojos.Este especial de 2 horas reúne algunos de los relatos más perturbadores del canal Inframundo Relatos, ideales para escuchar de noche, en la soledad, durante un viaje o antes de dormir… si te atreves.Estas historias no buscan sustos fáciles, sino crear una atmósfera de tensión, misterio y terror realista que se queda contigo incluso después de terminar el video.⚠️ Recomendado escuchar con audífonos y luces apagadas.En Los Relatos de Esta NocheHablamos de:
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0:18 Muy buenas noches, Inframundo y a toda la Comunidad, esto que voy a compartir me sucedió en un pequeño pueblito del Estado de San Luis Potosí. Mi nombre es Guillermo Solís. Corría el año de 1985. En ese tiempo ya contaba con 18 años. Era soltero. Por lo mismo, estaba acostumbrado a trabajar en el campo de sol a sol y andar entre el monte aún en plena madrugada. De ser eso necesario, me gustaba sembrar la Tierra, levantar la cosecha y ayudar en el rancho de los patrones.

0:58 Tenía mis manos callosas y ningún sombrero podía evitar que los rayos del sol quemarán mi piel, pero yo estaba consciente de que eso era sólo parte del trabajo. Por lo mismo, nunca me quejaba. Además de darles de comer a los animales, también los curaba de cualquier cosa y en caso de ser necesario, les ayudaba a parir, ya fueran vacas, chivas o cualquier hembra. Esa era mi vida. No me interesaba nada más. No acostumbraba a ir a fiestas en los ranchos vecinos ni a juntarme con los muchachos de mi edad. Todo mi mundo era el trabajo del campo, aunque en ese tiempo en el pueblo la gente era creyente de apariciones y cosas paranormales que aseguraban haber visto. La verdad era que nadie tenía pruebas de nada. Si le sumamos a eso que yo nunca había visto ningún fantasma, entonces me hacía totalmente escéptico a esos temas. Como mi casa estaba retirada de ahí, digamos a 2 horas caminando.

2:13 En muchas ocasiones me quedaba a dormir en el rancho porque me ganaba la noche. Soy de esas personas a las que no les pican los mosquitos. Entonces no tenía problemas con eso. De hecho, había varias hamacas debajo de algunos árboles bastante grandes. Ahí me acostaba. También estaba acostumbrado a dormir al aire libre, escuchando los sonidos del monte y mirando las estrellas. Una mañana ocurrió algo inesperado. Encontramos una gallina muerta a mitad del rancho. Lo extraño era que le habían arrancado la cabeza. Mirándola bien no tenía otras heridas, ni rasguños, ni mordidas de alguno de los perros. Por eso supimos que no la habían matado. Para comérsela lo que nos puso a pensar fue como se había salido de su gallinero.

3:10 Además, no había huellas de ningún depredador y la gallina no podía ser de otro rancho porque se encontraban muy lejos de donde estábamos. Los demás trabajadores también se dieron cuenta de lo que apareció como era solo una gallina, y eso no volvió a pasar. En los siguientes días quedó en el olvido, pero yo sí me quedé con la inquietud de saber qué había sucedido entonces. A partir de ese día estuve al pendiente de cualquier cosa rara que pasara en el rancho. La verdad era que yo me sentía algo inquieto. A partir de ahí, creía que los animales me miraban con insistencia.

3:55 De hecho, algunos sí lo hacían. Iban volteando la cabeza siguiéndome cuando pasaba a su lado y nunca antes habían actuado. Así sucedió que una noche en la que me había quedado a dormir en el rancho, desperté de pronto con la sensación de haber escuchado algo. Todavía me quedé acostado por unos minutos, pero todo se encontraba en silencio. De hecho, era un silencio extraño. Lo digo así porque no se escuchaba nada, ni siquiera el constante grillar de los insectos. Además de eso, comencé a sentir que alguien me observaba, pero ahora desde lo más oscuro del monte, lo más raro para mí era que ni los perros se miraban por ninguna parte. Me quedé pensando porque yo sabía que los animales guardaban silencio cuando rondaba un depredador. Ese podía ser el caso.

4:57 Entonces, creyendo que pudiera ser una cosa así, me enderecé y comencé a buscar con la vista con cuidado. Recorrí todo el monte, aunque la oscuridad para esas horas estaba muy densa. Todo a mi alrededor era quietud. Si acaso podía escuchar el correr del viento, eso era todo. Minutos después, algunos sonidos se hicieron presentes, sólo que aunque les prestaba atención, no lograba identificar lo que eran porque no podía mirar más allá de unos cuantos metros. Pero aquella mirada incómoda que sentía seguía sobre mí.

5:38 Era una cosa pesada. Me bajé despacio de la hamaca. Y comencé a caminar con cuidado, volteando para todas partes, porque aquellos sonidos cada vez se escuchaban más cerca en sí. No puedo decir que me encontraba asustado porque no había visto nada raro hasta ese momento. Además, nunca me había tocado pasar por alguna situación extraña o peligrosa en el rancho. Por eso pensé que pudiera ser cualquier tipo de animal. Un coyote. Tal vez no había porqué alarmarse. Me iba a regresar a mi hamaca para recostarme de nuevo cuando a lo lejos confundiéndose entre los matorrales.

6:25 Mire, una silueta bastante alta sin duda rebasaba los 2 M. No supe que era aquello, porque pronto desapareció entre la oscuridad. Por su figura y la manera de moverse. No era un simple animal, pero seguramente tampoco un humano, porque al poco rato comenzó a hacer algunos gruñidos que yo nunca había escuchado. Eran tan raros esos sonidos que me causaban escalofríos. Extrañamente, aquellos ruidos inquietantes salían de todas partes. Ahí me quedé un buen rato mirando hacia el monte sin moverme.

7:05 De vez en cuando me parecía ver que algo se asomaba entre las nopaleras y luego se volvía a esconder. Lo único que pude distinguir era que eso, lo que fuera, estaba demasiado alto y Delgado. Cuando esa figura desaparecía totalmente de mi vista, podía escuchar que se arrastraba. Incluso las ramas de los matorrales se mesían para todos lados, lo único que hacía yo. Era intentar descubrir lo que era aquello. Después de un rato, todo volvía a quedar en un inquietante silencio. Minutos después me di la media vuelta y antes de dar un paso, escuché algo detrás de mí, dominando mis nervios.

7:50 Volteé, pero todo era silencio y oscuridad, quizás más por curiosidad que por valentía. Caminé hasta los corrales. Y lo revise minuciosamente 1:1. Pero yo me encontraba solo. Los animales se miraban muy tranquilos, como si ellos no sintieran ni escucharan nada. Anduve por el patio, luego revise los gallineros y no encontré nada extraño. No se movía ni se escuchaba cosa alguna. Hasta llegue a pensar que tal vez todo había sido producto de mi imaginación. Pero más tarde hubo ocasiones en que todos los animales se mostraban inquietos brincaban y algunos hasta hacían el intento por salirse de los corrales.

8:41 Sin embargo, de un momento a otro se tranquilizaban y quedaban como si nada hubiera pasado. El resto de la. Noche me la pasé inquieto observando todo el terreno dispuesto a dar la alarma a los patrones. En caso de que apareciera esa criatura de nuevo, no podía ser otra cosa porque prácticamente no tenía con que defenderme. Yo no estaba autorizado para andar armado dentro del rancho. Además, los perros no se miraban por ningún lado. En más de una ocasión escuché pisadas y el movimiento de algunos matorrales, tal vez ya un poco nervioso. Me imaginaba que algo grotesco iba a salir del monte, tal vez un lince grande y deforme o algo así. Por buena suerte nunca apareció nada, pero esa noche no dormí. A la mañana siguiente, apenas con los primeros rayos del sol y antes de que se levantarán los dueños, me puse a revisar todos los alrededores.

9:49 Para mi sorpresa no tuve que buscar mucho. A unos cuantos metros de la casa encontré una gallina muerta. También estaba decapitada y su cabeza se encontraba aventada. Por ahí no estaba mordida ni tenía heridas, pero esta vez había muchas huellas, solo que eran extrañas. No eran huellas de patas normales. Las pisadas estaban hechas por huesos, como si un animal bastante raro o mejor dicho, su esqueleto. Hubiera andado caminando por ahí sin importarle dejar un rastro a la vista de todos. Yo nunca había visto una cosa como esa. Entonces no lo podía creer.

10:34 Por eso las revise una y otra vez. No había duda de lo que estaba marcado en la Tierra. Eran huellas de huesos, además de un ser de gran tamaño por la profundidad que tenían. Seguramente ese era el depredador. Al caminar un poco más encontré otras 2 gallinas muertas, un tanto desconcertado de aviso a los dueños, quienes aunque dudándolo un poco junto con el capataz, fueron a revisar aquellas huellas. Al igual que yo, no supieron a qué animal podrían pertenecer al regresar y después de revisar las gallinas, primero los miré pensativos. Algo hablaron entre ellos y luego me preguntaron, muy serios, si no era una broma de mi parte. Al decirles que no nos pidieron que siguiéramos el rastro, a ver si lográbamos averiguar a qué clase de animal pertenecían esas huellas.

11:36 Entonces sabríamos cómo actuar, porque podría ser algo de cuidado el capataz, un hombre robusto llamado Serapio. Si andaba armado con una carabina, además de otra arma en la cintura y tenía mucha experiencia en la casa de animales, de entre sus cosas sacó un machete y me lo presto. Con esa confianza y siguiendo el rastro, nos internamos en el extenso monte. Recuerdo que serían acaso las 10:00 de la mañana. Las extrañas huellas parecían no tener fin. De hecho, iban y venían por todo el monte sin rumbo alguno. Eran tantas que hasta llegué a dudar que fuera un solo animal quien las hacía.

12:23 Eso sí, todas eran del mismo tamaño. Caminamos por largo tiempo. Las huellas poco a poco se fueron perdiendo conforme avanzábamos hasta desaparecer por completo. Entonces nos detuvimos. Por la sombra sabíamos que ya era un poco más de la 1:00 de la tarde. Todavía teníamos algo de tiempo para buscar y regresar con los rayos del sol. En ese lugar se podía sentir una extraña presencia con cuidado. Buscamos por un buen tramo. Tenía que haber un pozo o algún escondite en donde pudiera meterse lo que había dejado esas huellas. También miramos arriba de los árboles, entre las ramas, pero tampoco había nada.

13:14 Hasta parecía que se le hubiera tragado la Tierra porque esas huellas no podían aparecer así de la nada. Estábamos por regresar cuando encontramos tirado el esqueleto de un extraño animal. No podíamos saber cuánto tiempo tendría ahí, pero eso sí, estaba completo y en muy buen estado. Nos acercamos para mirarla un poco más de cerca. Entonces pude apreciar su gran tamaño con enormes colmillos y garras descomunales, como las de un felino. En ese momento recordé la figura que había visto caminar entre el monte. Era muy semejante.

13:57 De nueva cuenta le conté al capataz lo que había visto. Entonces nos acercamos para medirle las patas al esqueleto. Y así compararlas con las huellas que íbamos siguiendo. Yo nada más de ver la forma que tenía, supe que eran iguales. Pero era absurdo creer que ese montón de huesos anduviera caminando a mitad de la noche, sobre todo esquivando arbustos y matorrales. Así, con sus cuencas vacías las medimos con mucho cuidado. Luego caminamos unos metros de regreso. Hasta que encontramos las últimas huellas que habíamos visto y comprobamos lo que ya sospechaba, sí eran idénticas, la verdad.

14:43 No le encontrábamos la lógica. No sé qué otra cosa quiso revisar el capataz en aquellos restos. El caso es que regresamos hasta donde habíamos encontrado ese montón de huesos. Para nuestra sorpresa, el esqueleto ya no estaba tirado. En un principio pensamos que nos habíamos equivocado de lugar, pero buscamos y buscamos por los alrededores sin encontrarlo. Ya la situación estaba muy rara porque solo había 2 posibilidades, alguien, por alguna extraña razón, se había llevado el esqueleto o lo que era todavía peor, los huesos se habían levantado y andaban por ahí caminando o arrastrándose. Como yo lo había escuchado, todo aquello resultaba muy extraño, porque sólo nos habíamos tardado unos cuantos minutos en regresar.

15:42 Y sucedió otra cosa. Para nuestra sorpresa había huellas frescas de patas esqueléticas que se internaban más hacia el tupido monte. Aunque sabíamos que eso ya no era normal, el capataz me dijo que teníamos que. Averiguar qué estaba sucediendo, así que levantó su carabina y comenzó a caminar. A mí no me quedó de otra más que seguirlo de cerca. Abriéndome paso entre los arbustos. Mientras tanto, el tiempo avanzaba demasiado rápido al paso de unos minutos. Ya nos habíamos internado mucho en lo profundo del monte.

16:24 Toda esa área era muy espesa entonces por lo mismo. Ya estábamos muy rasguñados. Caminamos hasta que de nueva cuenta esas huellas desaparecieron. Nos encontrábamos en una zona desconocida. Aún así avanzamos un poco más. Y aunque parezca increíble, nos detuvimos porque encontramos de nuevo otro montón de huesos con las mismas características que la anterior. Se encontraba exactamente en la misma posición que el otro. También nos dimos cuenta de otra cosa, el cadáver no olía mal. Nos acercamos a verlo porque parecía el mismo esqueleto.

17:08 Serapio el capataz, mostrándose desconfiado y sin dejar de apuntarle con su arma, le midió las patas. Estas también tenía la misma forma y medida que las huellas que seguíamos, además estaban llenas de Tierra. Como si acabará de caminar entre el monte. Estuvimos de acuerdo en que eran restos del mismo extraño animal, pero en verdad no podía ser posible. Nos preguntábamos muchas veces cómo pudieron llegar hasta ahí, sobre todo en unos cuantos minutos. El señor Serapio me dijo que tal vez esa criatura o animal no estaba muerto. Con la carabina comenzó a mover los huesos para ver si tenían alguna reacción.

17:59 Todos estaban pegados, era una sola pieza, pero ni aun así era posible que se pudiera levantar mucho menos cobrar vida y andar por ahí atacando a los animales. Don Serapio tenía ciertas creencias propias del lugar. Me miró muy serio para decirme que si era el mismo esqueleto. Entonces este, con alguna perversa intención, estaba tratando de meternos a lo más tupido del monte, un lugar donde hasta él, con toda su experiencia, se podría perder. Entonces seríamos presa fácil para cualquier depredador. Como yo era escéptico de esos temas sin burlarme lo cuestioné por creer en esas cosas.

18:47 Y es que era imposible lo que me decía. Como unos huesos se podían levantar, entonces me dijo que no eran sólo un montón de huesos secos. Ese ser era extraño parte de una creencia de los ancianos no era un animal en sí, era una criatura hecha de huesos, pero movida por un espíritu inmundo que ya otras veces había habitado por ahí. Lo peligroso de ese ser era que igual atacaba animales como a seres humanos. Y una vez atacando a alguien, no se podía detener en ese tiempo no lo sabíamos, pero era lo más parecido a lo que ahora se conoce como un skin Walker. Mejor decidimos regresar a dar el aviso, aunque no teníamos una respuesta clara para los patrones, mucho menos creíble de lo que habíamos encontrado.

19:44 ¿Quién iba a creer que había un montón de huesos merodeando por ahí? Caminamos de regreso, sólo que ahora se podía sentir que éramos seguidos por algo o por alguien. Pero a eso lo que fuera no lográbamos verlo, sólo sentirlo. Entonces eso lo volvía todavía un poco más peligroso. Nada más de ver la actitud que mostraba don Serapio, el capataz fue suficiente para ponerme nervioso. Apuntaba a todas las copas de los árboles con su carabina, pero además respiraba de manera agitada. Pasados unos minutos ya sudaba Copiosamente.

20:29 Era evidente que presentía el peligro. Para no ser víctima de un ataque sorpresa por parte de ese ser, le pedí prestada una de sus armas porque no me sentía seguro solo con el machete. No sé por qué, pero nada más, al empuñar la pistola, escuché que algo corrió por detrás de nosotros. Entonces también yo entré en tensión y comencé a apuntar hacia los matorrales. Porque de vez en cuando se movían sin motivo aparente. Comenzamos a caminar un poco más deprisa, pero al mismo tiempo a escuchar y sentir que algo nos andaba rondando muy de cerca.

21:14 Como después de un buen rato no lográbamos encontrar la salida, me comencé a poner nervioso más porque la tarde estaba por terminar. Tal vez a medio camino alcanzamos a ver. Que algo pasó deprisa frente a nosotros, tal vez a unos 10 M. Aunque no logramos verlo claramente, no había ninguna duda de qué era ese esqueleto. Nos miramos sorprendidos, pero no pronunciamos palabra. Luego pasó bastante rápido por uno de nuestros costados. Esa criatura comenzó a bufar de manera amenazante.

21:54 Era evidente que ese animal o lo que fuera, pensaba atacarnos. Entonces, ahora sí, comenzamos a caer en desesperación porque no lográbamos llegar a ninguna parte. Todo el monte se había vuelto repetitivo, hasta parecía que solo estábamos caminando en círculos. Así lo hicimos por cerca de 2 horas. Estaba por oscurecer cuando nos topamos casi de frente con ese esqueleto. Estaba parado detrás de una nopalera, hasta parecía que nos estaba esperando. Fue tan de sorpresa que nos quedamos inmóviles porque su aspecto era intimidante. Serapio, el capataz, reaccionó primero rápido, levantó su arma y disparó en 2 ocasiones.

22:44 Entonces como una reacción también yo lo hice. Los 2 dimos en el blanco porque a pesar de la poca luz que ya había. Pudimos apreciar que los huesos saltaron para todos lados. No nos quedamos a ver qué sucedía, ni fuimos a cerciorarnos de si había muerto. No hubo gritos ni quejidos de ese ser, solo silencio, quizás por instinto o por miedo. Segundos después corrimos todo lo que pudimos esquivando arbustos y ramas espinosas. Sé que esa criatura nos venía siguiendo porque. Don Serapio de vez en cuando volteaba y volvía a disparar.

23:28 La verdad, yo nunca pude hacerlo. Sólo corrí por inercia a todo lo que me daba en las piernas. El capataz me gritó que me detuviera porque estaba dispuesto. A. Acabar con esa criatura, de hecho, le disparó en varias ocasiones más mientras lo hacía yo intentaba verla, pero la criatura era muy escurridiza. Estuvo disparando hasta que desistió. No sé si porque no le atinaba o porque las balas no le hacían daño. El caso es que don Serapio comenzó a correr conmigo. Por buena suerte logramos llegar al rancho sanos y salvos.

24:10 Estaba por anochecer cuando dimos el aviso de lo que nos venía siguiendo y los pocos trabajadores que todavía quedaban se pusieron en alerta. Junto con los patrones estuvimos apuntando hacia el monte por mucho rato, pero esa criatura no aparecía como a la media hora bajamos las armas. Aunque los dueños del rancho no se mostraban muy convencidos de lo que nos había pasado, nos pidieron que nos quedáramos de guardia hasta el amanecer. Fuimos 6 hombres los que nos quedamos a proteger todo el rancho.

24:50 Fue una noche tétrica, llena de tensiones, sonidos que no pertenecían a nada conocido y algunas extrañas visualizaciones como figuras y sombras que nos pusieron en alerta. Pero esa criatura o animal no atacó el rancho. A la mañana siguiente aparecieron muchas de esas huellas hechas por un esqueleto. Lo extraño era que estaban muy cerca del rancho. Es más. A unos 2 o 3 m de donde estuvimos parados por mucho tiempo, pero ninguno lo había visto por 3 días más, sucedió lo mismo, nos quedamos toda la noche cuidando el rancho, apuntando hacia el monte y aunque no se hacía presente esa criatura, ya por la mañana descubríamos sus huellas las mismas huellas esqueléticas. Muchas de ellas alrededor nuestro. Después simplemente dejó de suceder. Fue entonces cuando le pregunté a don Serapio, el Capataz, qué era realmente lo que nos había seguido. Esa noche me contó que había sido ese ser hecho de huesos. Me aseguró haberle dado varios disparos, incluso en la cabeza, pero a pesar de eso nunca dejaba de avanzar. Él pensaba que el último tiro que le dio seguramente fue vital porque aunque ya no volteó, sí

26:23 dejó de escuchar sus pasos detrás de nosotros. Tal vez ese ser, aunque era de huesos, sí podía morir y entonces se puso a salvo. Fue una terrible experiencia. Nunca supe en realidad qué clase de criatura era, ni por qué apareció o por qué dejó de atacar el rancho. Todavía trabajé ahí como 5 años más y aunque sucedieron algunas cosas inexplicables, nunca nos tocó otra situación tan extraña como esa. Hay casas en donde se respira la muerte, donde las oraciones no se elevan al cielo, sino que deciden ir a lo más profundo del Inframundo.

27:14 Esta es la historia de ernestina, una niña entregada al silencio y a los rezos, prohibidos a un ritual heredado por la abuela, una reina que no tiene trono. Pero sin límites de almas Asus pies. La abuela que habla con los muertos como si aún estuvieran vivos. Prepárate para invocar junto a ella a la Reina de los muertos. Querido espectador, amante asiduo de los relatos más oscuros. Le invito a ponerse cómodo y a suscribirse, si aún no lo ha hecho, para escuchar. Esta tétrica historia de terror sin más comenzamos. Mi nombre es ernestina.

28:12 Quiero compartir esta historia que me sucedió en el Estado de Guerrero. Todo comenzó cuando tenía 10 años. Una mañana que todo parecía normal. Mi mamá me fue a dejar con mi abuela porque. Ella iba a rehacer su vida con otro hombre. Está mal que yo lo diga, pero era evidente que le estorbaba para ser feliz, además de sentirme despreciada. Fue un impacto porque solamente en 2 ocasiones había estado en esa casa. La Última Vez hacía 3 años atrás. Entonces prácticamente era algo desconocido para mí.

28:55 Nada más, porque yo sabía que esa señora era mi abuela, porque si no hubiera creído que me había regalado con cualquiera. Cuando supo mi abuela que mi mamá ahí me iba a dejar, se molestó mucho. De hecho, discutieron muy fuerte. Eso fue un trauma para mí porque me hicieron sentir que ninguna de las 2:00 me quería. Mi mamá salió deprisa. Y aunque yo estuve a punto de llorar, me aguanté lo más que pude. Después de unas horas noté a mi abuela más calmada. Entonces me puse a mirar todo. La casa era de verdad extraña.

29:39 Estaba construida de viejas maderas opacas. Era grande y sombría, con algunos pasillos. Los pisos eran de cemento. Pero todo alrededor, el frente, así como el patio, eran de Tierra. Todo olía a humedad y se podía escuchar un eco. Cuando hablábamos había varios cuartos que parecía que nunca se abrían, sobre todo uno de ellos, extrañamente se encontraba asegurado con un fuerte candado y en la puerta estaban dibujados extraños signos. Por toda la casa había cuadros de gente de verdad extraña, todos eran a blanco y negro.

30:26 También tenía muchas figuras de barro y yeso, algunas eran de Santos, otras de extrañas calaveras. Entre ellas estaba una figura grande con una corona de reina en la cabeza, aunque tenía luz eléctrica en toda la casa. Se aluzaba mucho con velas de todos colores. Eso lo hacía ver todo muy tenebroso. No sabía por qué motivo la Casa Tronaba mucho, sobre todo por las noches. Aunque lo más terrible era que se sentía una presencia en ese tiempo.

31:07 No lo podía definir así. Hoy sé que era algo maligno la primera vez que dormía ahí. Me asusté porque escuché gritos. Parecían venir de alguno de los cuartos de la casa, además de que escuchaba voces. A pesar de que sabía que mi abuela vivía sola, se escucharon tantas veces que me acuerdo, que me tapé los oídos con las manos para no escuchar todo aquello. En esa ocasión no pude conciliar el sueño. La siguiente noche sucedió igual. Aunque parecían ser gritos de auxilio, no entendía lo que sucedían. Me levanté, me asomé al pasillo y no había nada así. Me dieron las 3:00 de la mañana.

31:58 Como esos gritos no cesaban, comprendí que me tenía que acostumbrar a ellos porque si no, jamás podría dormir. Tuvieron que pasar algunos días para que le perdiera el miedo a mi abuela. Porque además de su cara de expresión dura, tenía el carácter muy fuerte. Ya había pasado una semana y no me animaba a llamar a la abuela. Me sentía más cómoda decirle doña Josefa. Además, ese era su nombre. Por si lo que oía fuera poco, a doña Josefa todas las noches la escuchaba rezar.

32:40 Lo hacía por las noches, pero de una manera extraña. Solo pedía por los muertos por la liberación de sus almas, así como de sus cuerpos. Digo que era extraño porque no le rezaba a Dios o algún santo le rezaba A esa calavera con corona se dirigía ella como la reina de los muertos. Así se fueron pasando los días. Una tarde llegó un señor a la casa. Según escuché, era cuidador del Panteón. Bajando un poco la voz le dijo a mi abuela que la esperaba esa noche porque había unos muertos muy inquietos que se manifestaban por la madrugada.

33:27 Se pusieron de acuerdo y así quedó. Me sorprendió mucho esa plática, pero preferí no preguntar nada de rato, doña Josefa, mi abuela. Habló conmigo, me dijo que tenía que hacer un trabajo, pero que sería durante la noche. Me preguntó si me quedaba sola en casa o la quería acompañar, pero si iba con ella, que no me fuera a asustar porque lo que tenía que hacer sería dentro del panteón y tal vez miraríamos cosas a las que yo no estaba acostumbrada y me parecían perturbadoras. Con tal de no quedarme sola en esa casa que me daba miedo por todo lo que se escuchaba, le contesté que la acompañaría. Me dijo que estaba bien, pero que no le fuera a preguntar nada de preferencia, solo me limitara a mirar y de ser posible, tratara de aprender.

34:28 Me repitió varias veces que no fuera a tener miedo, como a las 10:00 de la noche, doña Josefa se comenzó a preparar. Guardo algunas veladoras. Lo que me llamó la atención fue que abrió aquella puerta que estaba cerrada con candado, hizo como una reverencia y entró. Segundos después salió con un morral, trayendo algo adentro, esperando la hora. Me quedé dormida en uno de los sillones de la vieja sala. Cuando me habló doña Josefa me dijo que ya nos teníamos que ir porque. Ya pasaban de las 2:00 de la mañana. Me levanté de un brinco, nos cubrimos del frío y alusandonos apenas con una lámpara de petróleo. Salimos de la casa.

35:19 Caminamos despacio por una oscura y solitaria calle de Tierra. No se me olvidan los ruidos que había esa noche, El Fuerte grillar de los insectos. El chiflido de la lechuzas que parecían seguirnos así como el vuelo de los murciélagos. Todo eso era nuevo para mí y me asustaba, solo que no lo podía demostrar. Después de algunos 20 minutos nos topamos con la pared del viejo cementerio. Caminamos hasta la puerta principal donde nos recibió aquel señor que por la tarde había estado en la casa. Nos dio las buenas noches, pasamos y cerró el portón de Fierro.

36:08 Me acuerdo que se me quedó viendo como un bicho raro. Al darse cuenta de eso, mi abuela le dijo que yo era su nieta y que de ahora en adelante la acompañaría a donde fuera necesario. El velador le dijo que eran cuatro en total los muertos a los que tenía que rezar. Entró a su cuarto. Sacó 2 cruces negras y se las dio a doña Josefa. Le dijo que ya estaban preparadas, ella las tomó, sacó unos amuletos y los amarró en la parte superior de cada cruz. Luego de pronunciar algunas palabras entre dientes, volteó a ver a aquel señor y movió la cabeza positivamente, haciéndole saber que ya estaba lista.

36:58 Al llegar al área de las tumbas, tanto el cuidador como mi abuela pidieron permiso a la reina de los muertos porque íbamos a interrumpir el sueño eterno de los difuntos. Hablaron de respeto, liberación y otras cosas que no comprendí. Yo solamente los miraba sin perder detalles. Después de hacer algunas oraciones más, caminamos con cuidado entre las tumbas. No sé si está bien dicho esto, pero el silencio era ensordecedor. A mi edad de 10 años, sabía lo que era un panteón y lo que en el había, pero nunca había entrado a uno, mucho menos de noche. Por eso, al querer dar los primeros pasos, me detuve. Entonces mi abuela me caló del brazo. Caminaba nerviosa detrás de doña Josefa, en medio de la oscuridad, volteando para todas partes para dónde volteara. Según mi entendimiento, estábamos rodeadas de muertos. Suena extraño, pero esa fue la primera vez que le tuve miedo a una cruz o a la imagen de un Cristo, porque en medio de los árboles secos y tumbas viejas se veían de verdad horribles. Seguramente eran mis nervios, pero veía algunas sombras que caminaban a lo lejos o se escondían entre los monumentos de granito.

38:31 El viejo velador nos llevó al final del panteón y levantando su brazo le indicó a mi abuela una tumba que apenas podíamos ver por lo oscuro que estaba. Le dijo, es ese es el primero. Según el reporte que tenía, ese señor había muerto de manera sorpresiva y tal vez aún no se había dado cuenta de su deceso, por eso se manifestaba caminando y pidiendo ayuda, el señor se quedó ahí parado mientras nosotras nos acercábamos a la tumba. Al llegar frente a un montón de Tierra, doña Josefa se hinco y con una mirada me ordenó que yo también lo hiciera. Me dijo que cerrara los ojos y no los abriera por nada del mundo hasta que ella me lo pidiera. No pregunté nada, solo la obedecí. Segundos después la escuché rezar. Primero le rogó a la reina de los muertos que la escuchara y la llenó de halagos.

39:40 Después de un rato se dirigió al muerto que estaba en esa tumba. Le hizo saber con palabras directas que ya no pertenecía a este mundo y que debía dormir para siempre. Me acuerdo que estuve a punto de abrir los ojos porque mientras se decían los rezos sentí una presencia e incluso podía escuchar que alguien caminaba de un lado a otro. Exactamente enfrente de nosotros. Por largo tiempo mi abuela estuvo rezando hasta que todo aquello que sentía desapareció. Doña Josefa me tocó el brazo para decirme que ya podía abrir los ojos.

40:24 Con un poco de miedo lo hice. Frente a mí solo estaba la tumba. Volteé temerosa para todas partes, porque yo estaba segura que alguien más estaba ahí. Para mi sorpresa no había nadie. Lo único que puede escuchar era el correr del viento. Antes de retirarnos, mi abuela le prendió una veladora, le dijo al difunto con una voz fuerte. Sigue la luz. Luego colocó una cruz negra de las que le había dado el panteonero y nos retiramos minutos después. Nos reunimos con aquel señor, quien nos pidió que lo siguiéramos.

41:07 Caminamos por entre las tumbas hasta llegar a una que ni siquiera tenía una cruz. Ese difunto, al parecer, había sido un ateo toda su vida. Por eso su alma no tenía dónde ir, porque no creía ni en el cielo ni en el infierno. Por lo mismo se encontraba atorado en este plano. Nos hincamos, cerré los ojos y mi abuela hizo lo mismo que en la tumba anterior. Habló con la reina de los muertos para pedirle su ayuda. Luego se dirigió a quién se encontraba en esa tumba, le hizo muchas oraciones y le dijo que era el tiempo de creer en algo para que pudiera trascender.

41:53 Luego de unos segundos le pidió al difunto que cerrara sus ojos para siempre. También ahí se sentía una fuerte presencia, quizás más que en la tumba anterior. De hecho, sentí una dura mirada sobre mí. Hice un esfuerzo por no abrir los ojos, así estuvimos unos minutos. Al terminar los rezos también le prendió una veladora. Luego le puso la cruz negra que le quedaba. Pensé, ya solo faltaban 2 tumbas. Entonces nos iríamos antes de visitar la tercer tumba. Nada más de ver la actitud del señor, supe que sería algo diferente, porque el panteonero se notaba muy nervioso, se persignó varias veces.

42:43 Luego, temeroso, le dijo a la abuela que tuviera cuidado con el siguiente, porque ese muerto al parecer había sido embrujado y tal vez todavía tenía el trabajo malo adentro. Además de que se manifestaba de una manera violenta, el señor se detuvo como a 30 m de la tumba y dijo que ahí nos esperaría. Nosotras comenzamos a caminar, pero desde ahí mi abuela ya iba rezando a cada paso que dábamos algo. Se iba sintiendo algo como una angustia o una preocupación. Doña Josefa me dijo que no mostrara el miedo que tenía porque eso en nada ayudaba. Cuando llegamos frente a esa tumba, miré que había muchas huellas de Pies Descalzos, como si una multitud hubiera caminado por encima.

43:40 Lo terrible era que todas las huellas parecían recientes. Había otra cosa rara. En ese tramo del Panteón estaba mucho más frío. Doña Josefa se acercó a la Tumba, sacó de su morral una calavera, la pura cabeza y la colocó sobre la Tierra de manera que tuviera la boca abierta. Nos hincamos, apenas iba a cerrar los ojos. Mire que la Tierra que cubría ese sepulcro se movía como si el muerto estuviera haciendo el intento por salir. Voltee a ver a mi abuela. Quería decirle lo que estaba pasando, pero no me salían las palabras.

44:27 Doña Josefa inició diciendo que la calavera se comería todo el mal que había dentro de ese cuerpo para que así pudiera descansar. Volteó a verme entre las oraciones que hacía. Me dijo que cerrara los ojos y que no hiciera caso a lo que se veía. Estaba tan asustada que tardé en hacerlo. Entonces alcancé a ver que alguien empezó a salir de la tumba. Pronto cerré los ojos y los apreté con fuerza para no ver lo que sucedía. Estaba temblando de miedo, imaginándome al muerto descarnado, lleno de Tierra, parado frente a mí, mirándome, tal vez con intenciones de hacerme daño si llegara a moverse. Mientras tanto, mi abuela le rezaba, La Reina de los muertos le rezaba mucho.

45:26 Todo el tiempo me la pasé tragando saliva porque alguien bufaba muy cerca de mí. De hecho, llegue a escuchar una voz que me decía que me largara porque mi sola presencia interrumpía su descanso. Además, me amenazó que si no me iba, entraría en mí. Esa voz no parecía. La de una persona normal. Mi abuela gritó, ahora descansa en paz y todo se quedó en un inquietante silencio. No me esperaba cuando doña Josefa me dijo que ya podía abrir los ojos. Cuando lo hice, miré que toda la Tierra estaba removida. No lo había imaginado.

46:13 El cuerpo sin vida se había salido del pozo. La verdad era que ya no podía con el miedo y le gritaba Dios en mis adentros que nos protegiera. Doña Josefa tomó la calavera y la metió al morral. También a él le encendió una veladora después de darle las gracias a la Reina. ¿Nos retiramos de ahí, en serio que la miré? Cansada. Me acuerdo que volteaba a ver al cielo para darme una idea. ¿De qué horas podían ser? Caminamos despacio hasta encontrar al panteonero. Aquí se le notaba su nerviosismo al vernos. Nos dijo que ya solamente nos faltaba un muerto. Entonces nos metimos entre las tumbas más viejas, apuntó con su mano hacia un rincón del cementerio. Era un lugar donde las hierbas se encontraban más crecidas. Había un árbol tan grande que no dejaba pasar la luz de la Luna. Entonces volvía el lugar bastante oscuro. Todavía no llegábamos, pero el ambiente ya se había tornado pesado y el miedo se podía sentir ese difunto, según nos dijo el señor.

47:38 Había estado poseído a la hora de su muerte. Entonces lo más seguro era que el diablo era quien manipulaba su cuerpo. Eso lo volvía a él más peligroso. Cuando nos faltaba un buen tramo para llegar, el panteonero se regresó. Deprisa. No hubo necesidad que nos dijera exactamente cuál era la tumba que buscábamos, porque a lo lejos podíamos ver la figura de una persona que se encontraba parada sobre una lápida. Mi abuela comenzó a rezar en voz alta. Le escuché nerviosa pedir la ayuda de la Reina. Luego de muchos rezos, le pidió de diferentes maneras al diablo que saliera de ese cuerpo para que el alma del difunto. Pudiera descansar en paz para que pudiera liberarlo de todo aquello.

48:33 Necesitaba colocar la calavera con la boca abierta, pero no podíamos ni acercarnos. Había como una fuerza invisible que nos lo impedía en todo momento. Después de muchos rezos, esa fuerza fue cediendo hasta que nos dejó llegar lo que estaba parado ahí. Más que un hombre, era un demonio con grandes cuernos y unos ojos que le brillaban en la oscuridad. Mi abuela no me dijo que cerrara los ojos, pero yo lo hice porque no quería seguir viendo esa horrenda figura.

49:15 No me esperaba que, a pesar de cerrarlos, aún no seguía mirando. Era tanto el miedo que sentía que. En ese momento también yo me puse a orar con mis palabras algunas de las cosas que decía doña Josefa entonces, lo que se encontraba y se enfureció. Esa presencia le gritaba a mi abuela que ella no tenía la fuerza ni la autoridad para expulsarlo. Seguramente tenía razón. Doña Josefa no tenía la fuerza. Por eso le pidió a la Reina de los muertos para que fuera ella quien lo expulsara y así sucedió.

49:58 No tengo palabras para explicar todo lo que sucedió esa noche en el Panteón. Además no lo hago porque mi historia se volviera increíble para la gran mayoría de las personas que la estén escuchando. Y no pretendo eso después de muchos minutos. La calavera ya había absorbido al demonio, o lo que fuera aquella cosa con mucho cuidado. Mi abuela la guardó en su moral. Nos retiramos. De ahí apenas habíamos caminado unos metros. Mi abuela se tiró boca abajo y beso la Tierra de manera en agradecimiento.

50:38 También yo tuve que. Hacerlo cuando todo terminó. Sin que me escuchara mi abuela, le di gracias a Dios. Ella, por su parte, le agradeció a la Reina de los muertos por haber estado ayudándola en todo momento. Nos despedimos del panteonero y regresamos a la casa. Entonces respiré aliviada. Estaba muy equivocada, pensando que se habían terminado las situaciones extrañas. Lo digo porque cuando llegamos ahí mismo, en la entrada, nos quitamos los zapatos, nos sacudimos el polvo que pudiéramos traer del Panteón, nos lavamos las manos y la cara con agua preparada. Luego fuimos a arrodillarnos frente a aquella imagen de la muerte para agradecerle que nos hubiera permitido volver ahí mismo.

51:36 Doña Josefa me hizo unas oraciones y me ofreció aquella imagen. Me dijo que para la próxima vez yo le ayudaría a rezarle a los muertos y tal vez un día no muy lejano, yo me quedaría en su lugar. Después mi abuela se fue directamente hacia aquel misterioso cuarto que tenía candado. Lo abrió y al hacerlo se escucharon muchos gritos. Tanto así como dicen que se escucha en el infierno llena de miedo. Pude ver muchas cabezas de calavera por todas partes, como las que había llevado al panteón. Supe entonces que eran ellas las que gritaban por las noches. Entendí que ese cuarto era como una cárcel al verme de verdad asustada.

52:30 Me explico lo que era todo aquello. Me dijo que en cada calavera se encontraba un mal, un espíritu impuro o un demonio. Cada noche. Ella, con ayuda de la reina, se encargaba de rezarle a uno para después liberarlo lejos del Panteón, para que no poseyera de nuevo el cuerpo. ¿De dónde los habían sacado? Esa era su labor. Esa noche no dormimos. Mi abuela se la pasó explicándome y contándome muchas cosas que le habían sucedido con los muertos. Me dijo que generalmente visitaba ese u otros panteones una vez al mes Por Primera Vez me abrazó y me dijo que le daba gusto que yo fuera su nieta. Al paso de 2 semanas se presentó mi mamá muy arrepentida de lo que había hecho.

53:27 Se enfrentó a mi abuela porque me dijo que me llevaría a vivir con ella a su nueva casa. De nueva cuenta se pelearon, esta vez todavía más fuerte, pero al final de cuentas y al ser yo menor de edad, tuve que obedecer a mi mamá. Tomé mi maleta y salí de la Casa de la abuela con la seguridad de un día, tal vez cuando fuera mayor de edad volver con ella. Además, yo estaba consciente de que doña Josefa me había ofrecido a la reina y eso era algo muy serio. Cuando estuve en mi casa y desempaqué la maleta, encontré entre mis cosas una imagen de la reina de los muertos.

54:12 Entonces supe que ella siempre me acompañaría donde yo fuera. Por desgracia, tenía 17 años cuando mi abuela murió. Mi mamá no me quiso llevar al entierro y ella se encargó de vender la casa y todas las cosas de mi abuela. Un día, ya siendo mayor de edad, fui a ese pueblo, especialmente a ese panteón. Para mi sorpresa, el señor que cuidaba también había muerto y fue exactamente en la misma fecha en que murió mi abuela. Preferí no investigar nada, de hecho, no volví para allá. La figura de la reina de los muertos hasta el día de hoy la conservo, pero ya no le rezo y nunca les he rezado a los muertos.

55:03 Creo que jamás lo haré. Bienvenidos mis queridos infra escuchas. A este nuevo relato en el que las sombras no siempre se quedan donde creemos haberlas visto por última vez. A veces lo que presenciamos no nos abandona y puede seguirnos hasta lugares donde la luz parece segura. Esta es la historia de mariela, una mujer que en su adolescencia conoció a alguien que cambió el rumbo de su vida. Pero más que una amistad, lo que obtuvo fué una compañía oscura, una que quizá hasta el día de hoy sigue presente. Les pido que escuchen con atención y que no aparten la vista de los espejos, porque a veces lo que aparece en ellos no se refleja por accidente.

56:02 Me llamo Mariela y nací en un rincón del país que casi no aparece en los mapas. San Bartolo del Monte era una comunidad pequeña, con calles empinadas y casas de Adobe cubiertas por techos de lámina que. Sonaban como tambores. Cuando llovía todos se conocían y si algo pasaba, bastaban unas horas para que la noticia recorriera cada esquina. Ahora, después de tantos años, me duele recordar lo que ocurrió. No todo fue malo, pero hubo decisiones que me marcaron de una forma que todavía pesa en mi conciencia.

56:43 No sólo fallé a mi familia, también me fallé a mí misma. Me avergüenza reconocerlo, pero hubo momentos en los que preferí la compañía equivocada antes que el cariño sincero de quienes siempre estuvieron para mí. Todo comenzó cuando entré a la preparatoria, era la única de la región, así que llegaban jóvenes de comunidades vecinas, algunos viajando más de 1 hora en camioneta para no perder el año escolar. Yo conocía la mayoría de los de mi zona, pero ese primer día también vi rostros nuevos. Fue entonces cuando la noté.

57:27 Camila no era la más bonita, pero había algo en ella que capturaba las miradas. Quizá era la seguridad con la que caminaba, la forma en que vestía o ese perfume dulce que dejaba una estela tras de si llevaba una blusa blanca con los hombros descubiertos y un pantalón ajustado que. Por el Corte y la tela se notaba que no era de mercado. Su presencia contrastaba con la sencillez de la mayoría. No tardamos en acercarnos. Un día coincidimos en el comedor, al siguiente ya compartíamos la mesa y en menos de una semana parecíamos inseparables.

58:08 Con Camila todo se sentía distinto. Me hablaba de cosas que yo nunca había escuchado, cafeterías en la ciudad. Marcas de maquillaje, costosas, conciertos y restaurantes que solo conocía por la televisión. Me hacía sentir que yo también podía pertenecer a ese mundo. Las demás chicas no la soportaban. Decían que era arrogante, que trataba a todos con condescendencia, pero conmigo era amable, me regalaba chocolates, me invitaba a comer y. A veces su hermana mayor pasaba por nosotras en una camioneta negra para llevarme hasta mi casa.

58:52 Me gustaba la forma en que me trataban, como si yo valiera más de lo que creía. La primera vez que me invitó a su casa sentí una emoción que no podía disimular. Salimos temprano de la escuela y su hermana nos llevó por un camino que yo no conocía. Hasta llegar a un fraccionamiento con portones altos. La casa no era ostentosa, pero sí más grande y cuidada que cualquier otra que hubiera visto. El piso brillaba y había un olor fresco, como a ropa recién lavada. Subimos directo a su cuarto.

59:32 Tenía una cama matrimonial con edredón, claro, una televisión grande frente a ella y un tocador lleno de perfumes y cremas. En un armario abierto, decenas de prendas colgaban perfectamente acomodadas. Me sentí pequeña en mi casa. Apenas tenía 3 mudas de ropa y compartíamos una televisión vieja en la sala mientras recorríamos la casa. Algo en la sala llamó mi atención. En una esquina sobre un mueble de madera oscura, había una figura metálica que no se parecía a nada que hubiera visto antes. Tenía cuernos largos hacia atrás, brazos cruzados y una expresión extraña entre burla y furia me provocó una incomodidad que intenté disimular. Camila notó mi mirada y solo comentó que era algo que su padre había comprado, como si no tuviera importancia. Ese día me fui con una mezcla de admiración y rareza. Por un lado, estaba feliz de que me tratara como su amiga más cercana.

1:00:41 Por el otro, esa figura seguía en mi mente con el tiempo. Sin darme cuenta, empecé a cambiar. Me alejé de mis amigas de siempre y comencé a contestar de forma cortante a mi familia. Mi madre decía que ya no era la misma, que me había vuelto fría y altiva. Mi padre me advirtió que había rumores sobre la familia de Camila. Que su padre estaba metido en negocios sucios y que no era buena compañía. Yo lo ignoré. Para mí Camila era la única persona que me hacía sentir importante cada tarde en su casa me acostumbraba más a su mundo. Sin embargo, esa figura en la sala siempre estaba ahí, observándome desde su rincón, como si quisiera memorizarme con el paso de los meses.

1:01:36 Mi vida giraba cada vez más en torno a Camila. La preparatoria se volvió un escenario donde todo parecía girar en torno a ella y yo estaba justo a su lado. En la escuela todos sabían que éramos inseparables y aunque me decían que tuviera cuidado, yo me aferraba más. Un viernes, Camila me invitó a quedarme a dormir en su casa. La idea me emociono, pero también sabía que mis padres no lo permitirían fácilmente, así que ella misma me acompañó hasta mi casa para pedir permiso. Habló con un tono amable y seguro, asegurando que su hermana mayor estaría presente y que no saldríamos de casa. Mis padres dudaron, pero finalmente aceptaron. Esa noche llegué con mi mochila un cambio de ropa y una cobija. Camila ya tenía todo listo.

1:02:35 Me preparó un colchón en el piso junto a su cama, aunque insistió en que durmiera en la cama y ella en el suelo. Rechacé su ofrecimiento. Apagamos la luz pasada la medianoche, quedándonos hablando en voz baja, hasta que el sueño nos venció. No sé en qué momento desperté. Abrí los ojos con una sensación extraña. Como un ardor en la garganta áspero, como si algo me raspara desde adentro. Intenté tragar saliva, pero la molestia persistía. Me incorporé un poco sobre el colchón y entonces lo vi debajo de la cama de Camila.

1:03:20 En la penumbra había un bulto. Al principio pensé que sería una mochila o ropa amontonada, pero tenía forma. Era alargado, como el cuerpo de una persona acurrucada. Y en la parte superior, algo se perfilaba, parecían cuernos, no estaba segura. La luz era escasa y sólo entraba un tenue resplandor desde la ventana. Pero mi cuerpo reaccionó antes que mi mente. Un escalofrío me recorrió desde los pies hasta la nuca. Me quedé paralizada. El aire se sentía espeso, como si algo me oprimiera el pecho. Cerré los ojos con fuerza.

1:04:00 Pensando que si no lo veía, desaparecería. Fue entonces cuando lo escuché una risa baja, lenta, grave, como la de un hombre mayor, pero distorsionada como si viniera de muy lejos. Una risa que no buscaba hacer gracia, sino clavar una presencia en mi memoria. Mi cuerpo se negó a moverse. Quise llamar a Camila, pero no salía voz con un esfuerzo casi doloroso. Me levanté sintiendo las piernas, entumidas y caminé hacia el apagador. Cada paso era una lucha contra esa sensación de estar vigilada. Encendí la luz, el destello me cegó por 1 segundo. Miré hacia el piso, no había nada, el espacio bajo la cama estaba vacío, salvo por una caja con revistas viejas. Camila despertó sobresaltada al escucharme. Le conté lo que había visto, pero ella sonrió con incredulidad.

1:05:03 Dijo que seguramente había soñado. No discutí, pero sabía que no era un sueño. Me acosté de nuevo, esta vez con la luz encendida, y tardé horas en conciliar el sueño. En los días siguientes. Algo cambió en mí al caminar. Sentía las piernas pesadas, como si cada paso me costara el doble a veces. La espalda se me arqueaba involuntariamente, como si una carga invisible me empujara hacia abajo y en mi cabeza. La imagen del bulto con cuernos se repetía una y otra vez. Pronto empecé a notar otras cosas en casa cuando cruzaba por una habitación oscura. Creía ver una silueta en las esquinas estática, apenas perceptible, pero lo suficiente para obligarme a mirar 2 veces. No encontraba nada, pero la sensación de ser observada me acompañaba.

1:06:03 Una tarde, mientras ayudaba a mi madre a recoger la mesa, ella salió al patio por ropa del tendedero y yo me quedé sola en la cocina. La luz del pasillo apenas iluminaba el lugar. De pronto escuché pasos rápidos detrás de mí, descalzos, acercándose con fuerza. Sentí el aire moverse junto a mi cuello, como si alguien estuviera a punto de tocarme. Me giré bruscamente y vi una sombra cruzando junto a mí, perdiéndose en el el grito. Me salió sin control, solté los platos que llevaba y mi madre entró corriendo. Revisó cada rincón, pero no había nadie. Me miró con una mezcla de susto y preocupación, preguntando si estaba cansada.

1:06:55 No supe que responder. Lo único que sabía era que desde aquella noche en casa de Camila algo se me había pegado y no quería irse. Durante semanas. Guardé silencio. No quería sonar loca ni provocar un sermón de mis padres, pero la figura que vi aquella noche se me aparecía cada vez más en sueños. A veces estaba en la sala de la Casa de Camila. Otras en lugares que no conocía, siempre inmóvil, observándome y aunque no siempre hablaba cuando lo hacía, su voz era la misma que escuché bajo la cama. Grave, lenta, imposible de olvidar. Lo que no imaginaba era que esto apenas era el principio y que pronto el miedo iba a encontrar la forma de quedarse en mi vida por mucho más tiempo.

1:07:51 La semana posterior a la pijamada se me pegó al cuerpo como una fiebre baja. Iba a clases, hacía tareas, fingía normalidad, aunque todo se sentía más tenso, como si el aire pesara. Caminaba por los pasillos de la prepa y cada paso me recordaba que algo me miraba desde algún lugar que no podía señalar. El mundo seguía rodando. Los chicos reían en las canchas. Los profesores dictaban apuntes. Las señoras del puesto servían tortas con la misma rapidez de siempre, pero yo andaba con la espalda curvada por una presión invisible que me acompañaba a todas partes.

1:08:37 A veces cerraba los ojos en el salón y veía el borde de la cama de Camila, el faldón, moviéndose apenas la idea de que bajo ese espacio. Se guarda lo que nadie quiere nombrar. Abría los ojos y el pizarrón. Estaba lleno de fórmulas, pero el zumbido en los oídos no era de cansancio, era de presencia con el sol de las 2:00 de la tarde pegando sobre el patio. Sentía frío en la nuca, en la tienda. Al recibir el cambio, mis dedos respondían con torpeza. Como si la piel no me quedara del todo, empecé a poner atención a los objetos de Camila. En la cadena de su padre.

1:09:25 Había una figura diminuta con cuernos, peinados hacia atrás, una silueta que ya reconocía sin necesidad de mirarla 2 veces. En su cartera asomaba una tarjeta con letras doradas y un dibujo idéntico, custodiando una oración corta. Ella la tocaba con naturalidad, como quien acomoda un mechón de cabello en su casa. La escultura de metal estaba siempre limpia, jamás cubierta de polvo, como si alguien la cuidara con un esmero silencioso en mi memoria. La mirada de esa cosa no tenía pupilas, pero encontraba la manera de clavarse por las noches.

1:10:08 El sueño dejó de ser refugio. Empezó a hacer un corredor sin lámparas. Me acostaba con el cansancio acumulado de todo el día y apenas apagaba la luz. El cuarto se estiraba la ventana. Parecía alejarse el techo, crecer la respiración, hacerse audible no por su fuerza, sino por el silencio que lo permitía todo. Cerraba los ojos y aparecía 1/4 que no era el mío, a veces la sala de Camila, a veces un lugar sin paredes. Nada más. Un suelo negro brillante como agua quieta, que no refleja el cielo en ese plano. Él estaba de pie, no se movía, no necesitaba moverse para obligarme a verlo.

1:10:56 Entre los cuernos, la oscuridad parecía más compacta, como humo atrapado en una botella. Una madrugada me despertó un ardor en el cuello. No era el picor sencillo de una irritación. Era fuego en un punto preciso, un hierro que marcaba un trazo invisible debajo de la piel. Me levanté tambaleante y fui al baño. Me miré en el espejo y la zona estaba roja, delineada con una forma que no supe identificar. Recordé el frasquito de agua bendita que mi madre guardaba junto a las velas y me la apliqué en un impulso desesperado.

1:11:39 El ardor se multiplicó. Era como si la piel rechazara la gota, como si la sustancia sagrada activará algo. Un aviso, un choque. Abrí la llave y deje correr el agua sobre el cuello, jadeando mientras trataba de no mirar mi cara con ojos desorbitados. Bajé la vista, conté mentalmente hasta 100 y la cerré. Levanté la mirada y en el marco de la puerta había una sombra que no tapaba la luz. Sólo la doblaba sobre sí misma. No caminé, no corrí el cuerpo, eligió la inmovilidad en el espejo detrás de mí.

1:12:20 Los cuernos parecían parte de la madera, pero el borde de la silueta respiraba. No grité el sonido, se quedó a medio camino empujando la garganta sin salir. Cerré los ojos y sentí la Baldosa fría bajo los. Pies. El hilo de agua goteando, el olor a jabón de lavandería. Abrí los ojos en 1 segundo, que parecía 1 minuto y el marco estaba vacío. El baño igual mi reflejo pálido, dormía trompicones, lo que quedaba de noche con el cuerpo encogido, como si el colchón fuera un bote en medio de una corriente.

1:13:01 Al día siguiente me moví por la casa con cuidado, como si el piso tuviera zonas frágiles, la cocina olía a café y pan y la normalidad me pareció una frazada tibia que no terminaba de cubrir los pies. Quise agradecer la respiración tranquila de mis padres, los pasos de mi madre yendo y viniendo del patio, el ruido de los pájaros sobre el tejado. Pero esa gratitud se quebraba en el centro por una espina que no sabía cómo sacar. Me repetí que el cuerpo estaba cansado, que la mente podía fabricar sustos, que era una racha. Me repetí mentiras útiles para poder salir a la calle y cruzar San Bartolo sin mirar a cada sombra, como si guardara dientes.

1:13:53 Por la tarde, la casa se quedó sola. Tenía tarea de biología. Fórmulas en una libreta cuadriculada, dibujos de hojas, repeticiones que deberían haberme calmado. Terminé y me dejé caer en el sillón de la sala. El sol bajaba despacio y la cortina filtraba una luz que parecía polvo brillante en el aire. No sé en qué momento dormité, pero el sueño fue un charco superficial, apenas suficiente para engañar al cuerpo. No había zumbido de moscas. No había televisores, vecinos, no había nada. El silencio se partió cuando sentí un tirón seco en el antebrazo, un toque con intención de levantarme del asiento. Abrí los ojos y una masa pesada cayó sobre mi pecho. No tuvo forma completa.

1:14:48 Al principio era como un bloque de sombra con Bordes que se acomodaban a medida que me faltaba el aire. Quise levantar los brazos y no pude. Quise pedir ayuda. Y la lengua peso más que la mandíbula. El peso apretó el esternón, la respiración se convirtió en un silbido. La cara pareció entonces a unos centímetros de la mía. No tenía pupilas, no tenía brillo, eran ojos blancos sin dibujo como piedras pulidas. La lengua larga roja se movió con lentitud obscena, marcando un trazo húmedo sobre mi mejilla. Un líquido negro cayó en mi boca entreabierta, espeso, amargo, caliente como aceite quemado que encuentra una grieta. El estómago se revolvió con violencia, pero el cuerpo seguía anclado por una fuerza que no obedecía a los músculos. La cabeza zumbó con un sonido grave. No en la habitación, sino adentro, rumbo a los huesos. Quise pensar en la puerta, en la calle, en el nombre de mi madre, en cualquier cosa que me dijera que existía algo fuera de ese instante.

1:16:09 Pero la conciencia se volvió 1/4 sin ventanas. Sentí que me despegaban de mí, como si la sangre hiciera un viaje breve a otra parte luego. Nada. Un apagón sin sueño, un descanso sin descanso. Desperté con los dedos clavados en el tapiz del sillón. La tarde se había ido, el era un túnel de gris, la cortina inmóvil, la saliva sabía a metal, el cuello dolía. Me quedé sentada con la espalda recta, las manos en las rodillas, como si esa postura pudiera alinear lo que estaba fuera de sitio. Conté mis respiraciones.

1:16:53 El cuerpo respondió con temblores que no alcanzaban a verse, pero estaban. Me levanté con pasos cortos, fui al baño y me enjuagué la boca hasta sentir frío en las encías. Evité el espejo, lo esquivé como se esquiva una persona que no quiere saludar esa noche. No encendí la luz del cuarto. Cerré la puerta con suavidad y me metí en la cama como quien se cubre de lluvia detrás de una piedra. El sueño llegó en fragmentos, con imágenes torcidas, con una repetición que no supe detener. En el último tramo vi a Camila, de perfil detenida frente a la escultura de su sala.

1:17:40 Tenía el cabello mojado y una sombra de ojeras que no recordaba. No me miró. Todo parecía estar bajo el agua, un agua oscura que no hacía ruido. Ella acercó los dedos a la base de metal y por 1 segundo el aire se apagó como si la Casa entera contuviera la respiración. Desperté con el corazón en la garganta y la certeza hueca de que algo se estaba rompiendo En algún lugar que me concernía. A la mañana siguiente, Camila no apareció en la prepa. Tampoco la siguiente. Nadie supo decir por qué no pregunté en voz alta, guardé las dudas. ¿Cómo se guarda una llave que tal vez no abre nada? En los pasillos empezaron a cruzarse rumores cortos, palabras sueltas que no alcanzaban a formar una historia.

1:18:36 Me senté en la banca de siempre y la ausencia peso más que la presencia del día anterior. Entendí que la oscuridad. No solo había aprendido mi nombre, también había empezado a cambiar el mapa a mi alrededor. Lo que vino después me obligó a caminar hasta su casa y a mirar con los ojos que me quedaban. Lo que queda cuando una familia sale sin cerrar bien la puerta. Los rumores se multiplicaron en pocos días. Decían que la familia de Camila. Se había marchado de San Bartolo del Monte en plena madrugada, que habían dejado las luces encendidas y muebles dentro, como si alguien hubiera salido con prisa, sin tiempo para decidir que llevarse y que dejar. Algunos aseguraban que el padre había tenido problemas con gente peligrosa, otros que la habían amenazado por algo que nadie sabía con certeza.

1:19:41 Ninguna versión era igual. Pero todas coincidían en lo mismo, no volverían el cuarto día sin verla en la preparatoria no pude más. Me Subí a una combi y bajé unas calles antes de su colonia. El camino hacia su casa se sentía distinto, los árboles parecían más altos, las calles más silenciosas, las fachadas más apagadas. Me detuve frente al portón de metal negro, la camioneta que siempre estaba estacionada. Ya no estaba. Me acerqué lentamente con la respiración contenida y pegué la cara contra la reja para mirar hacia dentro.

1:20:22 No había movimiento, la sala estaba a oscuras, las cortinas cerradas, las macetas que solían estar a la entrada estaban secas, con la Tierra resquebrajada. Toque el timbre una vez. Luego golpeé la puerta. Nada, me quedé allí un rato. Esperando una respuesta que no llegó, el aire estaba quieto, como si incluso el viento evitara pasar por ese lugar. Mientras observaba mi mirada, se deslizó inevitablemente hacia la esquina del mueble de la sala. La figura de metal seguía ahí. A pesar de la penumbra, su silueta se distinguía con claridad, sus cuernos curvados hacia atrás, los brazos cruzados.

1:21:11 Me dió la impresión de que estaba más pulida que nunca, como si alguien la hubiera limpiado antes de irse. Y por un instante juro que vi como la luz que se colaba por una rendija de la cortina se reflejó en sus ojos dándoles un brillo breve pero intenso. Me aparté de golpe el corazón acelerado ese día. Regresé a casa con la certeza de que Camila no volvería en el camino. Una sensación pesada se me instaló en el pecho. No sólo se había ido mi amiga algo más se había quedado conmigo, algo que no podía dejar en su casa porque ya lo había llevado a la mía. Las noches siguientes fueron más difíciles, aunque cerraba bien la puerta de mi cuarto y ponía una imagen de San Judas en la pared.

1:22:08 La sensación de ser observada nunca se iba. Algunas veces despertaba con la impresión de que alguien estaba parado junto a mi cama, pero cuando encendía la luz no había nada. Otras veces escuchaba pasos lentos recorriendo el pasillo. Pasos que se detenían justo frente a mi puerta una madrugada mientras me daba vuelta en la cama buscando una posición cómoda. Escuché la risa otra vez. Era la misma risa que había salido de debajo de la cama de Camila. Grave, lenta, casi burlona. Vino desde el suelo, justo debajo de mí. El cuerpo se me tensó, me encogí contra la pared, evitando que mis pies tocarán el borde del colchón, como si eso pudiera protegerme.

1:23:02 La risa se fue apagando poco a poco, pero dejó un eco que sentí en el estómago. Como una náusea que no se quitaba. A partir de entonces evité dormir sola. Me quedaba en la sala, en el sillón o incluso en el cuarto de mis padres. Aunque no les dijera la verdadera razón, ellos empezaron a notar que estaba pálida, con ojeras, que hablaba menos y reaccionaba con sobresaltos a cualquier ruido. Mi madre decidió llevarme con una mujer del pueblo. Conocida por curar de espanto, era una señora mayor de cabello blanco y manos huesudas que me recibió con una sonrisa amable.

1:23:49 Me hizo sentar y comenzó a pasarme un huevo fresco por la cabeza, el cuello, los hombros mientras murmuraba oraciones que apenas se entendía. El cascarón frío me recorría como si buscara algo dentro de mí cuando terminó. Partió el huevo en un vaso con agua, lo miró en silencio unos segundos y luego me observó seria. El interior estaba lleno de filamentos oscuros, como hilos negros que se movían lentamente y manchas moradas que parecían flotar. Dijo que no era un simple espanto, que había algo adherido a mí, una sombra densa que se alimentaba de mi energía. Me dió un frasquito con aceite bendito y me indicó que lo usara en la frente antes de dormir, además de rezar. Una oración que me anotó en un papel. Las primeras noches después de la limpia fueron más tranquilas. Dormí sin despertarme con la sensación de que alguien me observaba, pero los sueños no desaparecieron. En uno de ellos vi a Camila de nuevo. Estaba hundida hasta la cintura en un lodo negro y espeso. Sus ojos eran opacos, como si no me viera realmente, y unas manos delgadas de piel oscura y retorcida salían del lodo para sujetarla y arrastrarla hacia

1:25:19 abajo. Quise ayudarla, pero cada paso que daba me un día también antes de alcanzarla, las manos la cubrieron por completo y el lodo quedó quieto. Como si nada hubiera pasado, desperté con la garganta seca, sintiendo que ese sueño no era solo un sueño. Lo que no sabía en ese momento era que la mujer que me ayudaba también estaba empezando a cambiar. Como si el peso que me quitaba a mí se lo estuviera llevando ella. Y lo peor era que el ser no tenía intención de irse tan pronto.

1:25:59 Las visitas a la señora se volvieron cada vez más recurrentes. Yo llegaba, me sentaba frente a ella y dejaba que el huevo frío recorriera mi piel mientras sus rezos llenaban la habitación. Al principio me tranquilizaban. Sentía como la presión en el pecho se aflojaba un poco cada vez, pero no tarde en notar que algo en ella se estaba apagando. Su rostro se veía más hundido, con ojeras que parecían cavadas a cuchillo. La piel de sus manos estaba tan delgada que las venas se marcaban como ramas secas.

1:26:39 Cuando me tomaba de los hombros, la fuerza era mínima y a veces interrumpía el rezo para recuperar aire. No lo decía, pero yo sabía que el peso que antes estaba sobre mí ahora también la estaba alcanzando. Una tarde, mientras me ungía con el aceite bendito, su mano tembló tanto que casi derramó el frasco. Me miró con una seriedad que me incomodó y dijo algo que todavía guardo en la cabeza, que lo que me seguía no era como otras presencias que había enfrentado, que no obedecía a los mismos límites que ese ser. No estaba atado a un lugar, sino a una elección. No quise preguntar qué significaba exactamente porque en su tono había un cansancio que me hizo sentir culpa esa noche.

1:27:33 Al llegar a casa, traté de convencerme de que el peligro estaba menguando. Me duché, Recité la oración que me había dado la señora y me acosté, pero cerca de la medianoche me despertó un ruido suave como uña rasgando madera. Venía del espejo pequeño que colgaba frente a mi cama en el reflejo. La habitación estaba más oscura de lo que realmente estaba y detrás de mí, inmóvil, estaba él. No era ya una sombra amorfa. Su cuerpo tenía proporciones humanas, aunque más alargadas. Los cuernos se arqueaban hacia atrás afilados.

1:28:16 Como garras de metal. La piel era oscura, pero con un brillo extraño como carbón mojado. No tenía rostro definido, pero donde deberían estar los ojos había 2 huecos blanquecinos que ardían sin luz. Mi primera reacción fue cerrar los ojos, pero no pude. Era como si el párpado se negara a obedecerme. El espejo Vibró levemente y de esa vibración salió un susurro bajo con la misma voz grave que había escuchado debajo de la cama de Camila. No entendí las palabras, pero mi cuerpo sí, la piel se me erizo y el corazón comenzó a golpear con un ritmo torpe, irregular. Recité la oración apenas en un hilo de voz, sintiendo como cada palabra se enredaba en la lengua. El reflejo no se desvaneció, gire lentamente la cabeza hacia atrás, dispuesta de enfrentar lo que estuviera ahí no había nada, solo la pared, pero en el espejo él seguía, no se movía, solo me observaba.

1:29:25 Entonces sonrió una curvatura apenas perceptible en lo que parecía su boca. Esa sonrisa no buscaba asustar, era peor. Era una sonrisa de alguien que sabe algo que tú no y que no piensa decírtelo. Me levanté despacio, sin dejar de mirarlo. Caminé hacia la puerta y cuando estuve a punto de salir, el espejo se empañó por completo, como si hubiera exhalado sobre él al limpiar la superficie con la mano. El reflejo ya no estaba. Los días siguientes fueron más tranquilos, aunque la sensación de que él podía volver en cualquier momento no desapareció hasta que un amanecer me despertó. Mi madre con una noticia breve y seca. La señora que me ayudaba había muerto esa madrugada de forma repentina.

1:30:24 Fui al velorio por respeto, el cuarto donde estaba el ataúd, olía incienso y flores frescas. Su piel se veía más pálida que el mármol y en su frente, donde solía ponerme el aceite, había una mancha oscura, como una quemadura en forma de media Luna. Nadie más pareció notarla. Esa noche no soñé, pero desperté con un peso en el estómago. Me senté en la cama y pensé en algo que la señora me dijo antes de empeorar, no se va porque lo corras, se va porque quiere. Pasar un año sin que volviera a verlo, pero esa frase se me quedó clavada como una astilla y un día mucho después, buscando respuestas en una lectura de cartas, la mujer que me atendió me miró y dijo que ese ser nunca me dejó del todo, que solo se apartó a la sombra, observando que en algunos momentos incluso me ayudó y que cuando me encuentre en la peor de las circunstancias, volverá. Salí de ahí con un frío en la espalda que no me he podido quitar y desde entonces, cada vez que me cruzo con un espejo o una ventana de noche me preparo para la posibilidad de que en algún momento el decida dejarse ver otra vez. Han pasado muchos años desde San Bartolo del Monte, desde que Camila desapareció sin dejar una

1:31:56 sola palabra y desde que la figura de cuernos. Se pegó a mi sombra. He cambiado de casa, de ciudad, de trabajo, pero hay cosas que no se mudan contigo porque nunca se van. Con los años aprendí a convivir con el silencio entre las paredes, con el instinto de no dejar espejos frente a la cama y con el hábito de no bajar la vista al suelo al despertar en la madrugada. Me acostumbré a encender luces en pasillos vacíos y a mirar 2 veces antes de cerrar una puerta. No porque lo vea, sino porque sé que aunque no se muestre, puede estar. A veces recuerdo a Camila no como la chica que me hizo sentir especial, sino como la llave que abrió, algo que yo desconocía. Nunca volví a encontrarla y en las pocas ocasiones en que intenté buscarla en redes sociales. Solo aparecieron rostros parecidos, sonrisas que me recordaban la suya, pero que no eran ella nunca les escribí. Había un miedo sordo a que si lo hacía todo volviera a empezar. Lo que más pesa no es su ausencia, sino la forma en que traté a mis padres en esa época, cómo desprecié lo que me ofrecían con cariño, cómo me volví fría y distante sin darme cuenta.

1:33:27 Ellos me dieron todo lo que podían y yo lo comparaba con lo que Camila me mostraba, como si el valor de un regalo estuviera en el precio y no en las manos que lo entregaban. Esa es una cicatriz que ni el tiempo ni las limpias han podido borrar. A Menudo vuelven a mi mente las palabras de la rezadora antes de morir. No se va porque lo corras, se va porque quiere. Y también lo que la lectora de cartas me dijo después, que ese ser nunca me dejó del todo, que solo espera. No sé si creerlo, pero algo en mi interior reconoce esa verdad cuando algo bueno ocurre. Un trabajo que llega en el momento justo, una oportunidad que aparece sin buscarla.

1:34:19 Siento que tal vez no es solo mérito mío ni simple casualidad. Hay una presencia, unas manos invisibles que un día intentaron asfixiarme y que ahora parecen empujarme hacia adelante, como si aguardaran el momento de cobrar un favor. Con el tiempo he llegado a pensar que quizá ese ser no fue una maldición, sino una forma retorcida de protección. Camila pudo haberlo sabido antes de irse y me lo dejó como un regalo envenenado, un guardián que me cuida, pero a su manera no tengo certezas. Sólo sé que.

1:35:01 Hay noches en las que al pasar frente a un espejo, siento la misma presión en el pecho que sentí la primera vez que lo vi. Aunque no haya nada reflejado detrás de mí, mi cuerpo lo reconoce. En esos momentos respiro hondo, apago la luz y me acuesto con la certeza de que si decide volver no será para asustarme, sino para recordarme que nunca se. Fue gracias a todos por escuchar mi anécdota, querida Comunidad. Espero que esta entrega les haya gustado. Es un honor para mí pasar un buen rato con ustedes.

1:35:44 Muchas gracias por abrirme la puerta de la tuenda historia de terror basada en hechos reales de Rubén Sánchez, esperando se encuentren muy bien del otro lado. Mi nombre es Rubén Sánchez. Tenía 12 años cuando ocurrió. Vivíamos en una colonia tranquila, aunque rodeada por terrenos baldíos. Y un par de calles sin pavimentar. Nuestra casa quedaba justo frente a una cancha de fútbol enorme que ocupaba toda una cuadra. No tenía alumbrado público y durante el día era un campo de juego para los niños del barrio, pero de noche se volvía a un sitio solitario.

1:36:38 Las parejas del vecindario la usaban para sentarse sobre una columna de concreto caída que había junto a la reja oxidada de la entrada. Mi recámara estaba en la planta baja, al fondo de la Casa desde su ventana, que era amplia y sin protecciones. Se podía ver toda la cancha, sobre todo uno de los postes del arco. Por costumbre, cada noche, antes de acostarme, levantaba la cortina solo un poco para echar un vistazo. A veces todavía había chavitos pateando la pelota, aunque ya estuviera oscuro. Ese hábito se convirtió en rutina sin darme cuenta. Una noche de octubre, con el frío colándose por las rejillas de la ventana, me fui a dormir después de cenar. Me puse la pijama, apagué la luz y justo antes de meterme a la cama, levanté la cortina.

1:37:44 No había nadie en la cancha, ni siquiera los novios que solían sentarse a oscuras junto al poste de la entrada. Estaba por soltar la tela cuando algo me obligó a mirar de nuevo. Ahí estaba, justo al lado del arco de pie. Una figura pequeña se distinguía entre la penumbra. Me acerqué un poco a la ventana. Era una niña, vestía algo largo, como un camisón, no vestido y no se movía. Tenía unos cuatro o 5 años por su estatura. Se mantenía inmóvil, mirando en mi dirección, aunque la distancia no permitía distinguirle los ojos.

1:38:30 Sentí un escalofrío en la espalda, no por el frío, sino por esa presencia quieta fuera de lugar. Me convencí de que quizá estaba con algún adulto cerca o era la hermana de alguien de la colonia. La observé sin moverme. Ella tampoco se movía. De pronto empezó a caminar despacio, como si jugara a Rodear El Poste del Arco. Se sostenía con una mano y giraba como si estuviera sola. En un juego inventado en movimiento. Se hizo sentir incómodo.

1:39:11 Algo no estaba bien, se detenía, volvía a girar. Luego, sin aviso, comenzó a Trepar El Poste. La agilidad con la que lo hizo me dejó helado. No era posible que una niña tan pequeña pudiera subir de esa forma sin esfuerzo, sin vacilar, trepó hasta lo alto del Arco. Ahí se sostuvo con sus brazos. Luego se deslizó lentamente hacia el centro del travesaño. Estaba colgando de cabeza, como si se balanceara. Me quedé paralizado.

1:39:51 No era normal, no tenía ningún sentido. Nadie podría hacer eso, y mucho menos a esa hora. Pero lo que me hizo retroceder fue que, colgada como estaba, comenzó a girar primero despacio, después cada vez más rápido, como si algo invisible le empujara desde lo alto. Giraba con una fluidez antinatural, sin emitir sonido alguno. Solo al crujir metálico Del Poste que temblaba, solté la cortina de golpe y me alejé de la ventana. El corazón me latía con fuerza en el pecho. Corrí al pasillo, busqué a mi hermana, apenas podía hablar del miedo.

1:40:39 Me temblaban las piernas. Ella me miró con el rostro descompuesto, me sentó en la sala y salió a ver por la ventana. Regresó unos minutos después sin haber visto nada. No había pareja, no había niña, nadie. Esa noche no dormí, me quedé en la sala hasta que amaneció mi madre pensó que era una pesadilla, no le di más detalles. Me fui a la escuela con el estómago apretado a mi regreso, ya en la tarde encontré una señora. Amiga de la familia que había ido a visitar a mi madre, era conocida por tener el don, según decían en el barrio una curandera Telaste. Antes escuché desde la cocina como mi hermana le contaba lo que me había pasado.

1:41:38 Yo me mantuve en cuando la señora se levantó para irse, se acercó a mí, me puso la mano en la cabeza. No dijo mucho, sólo una frase que me caló hasta los huesos, cuidado con lo que viste, porque eso que se mostró va a seguirte. No entendí lo que quería decir, solo me quedé frío. No mencionó que fuera un duende, no dijo que fuera un espíritu, solo eso que se me había mostrado. Esa noche no volví a mirar por la ventana, pero no terminó.

1:42:24 Ahí pasaron los años, lo olvidé por un tiempo, hasta que 5 años después, ya con 17, volví a cruzarme con ella, no en la cancha, sino en la calle. Y no fue un recuerdo, fue algo real. Habían pasado 5 años, como lo mencioné desde aquel primer encuentro, yo tenía 17 años y ya no era el mismo niño que aquella noche se quedó paralizado frente a la ventana, pero había algo dentro de mí que no había cambiado, algo que me hacía mirar de reojo hacia esa cancha cada vez que pasaba frente a ella.

1:43:12 Desde entonces, cada noche la cortina permanecía cerrada. No porque lo decidiera, sino porque algo en mi interior no me permitía volver a mirar. Esa noche de sábado no planeaba encontrarme con nada extraño. Salí con unos amigos al centro de la ciudad de Irapuato, donde vivo para ir a un bar. La madrugada se alargó. Y a eso de las 3:30 me despedí, decidí caminar de regreso a casa. Era un trayecto familiar, lo había recorrido muchas veces.

1:43:53 El silencio de las calles sólo era roto por algún auto lejano o los pasos de alguien tan desvelado como yo. El puente ferroviario dividía la ciudad en 2. Era la única manera de cruzar de regreso a mi barrio. Lo conocía bien, sabía cada grieta del pavimento, cada baranda oxidada que había al llegar al primer peldaño. Sentía algo extraño. No era miedo, pero si una inquietud que me hizo mirar hacia ambos lados, como si esperara que alguien más subiera conmigo.

1:44:37 Mientras avanzaba por la pasarela, noté que del otro lado empezaba a emerger una figura. Primero vi la parte superior de la cabeza. Después, a medida que ascendía el cuerpo entero, se dejó ver por la estatura y la forma. Supe que era una niña. Vestía un traje largo gastado, con un color difícil de definir. Su cabello formaba una maraña extraña, como si cada mechón se alzara por voluntad propia. No frené el paso, seguí avanzando como si nada, aunque por dentro algo empezaba a Tensarse.

1:45:24 La niña no apartaba la mirada de mí. Desde el primer momento sus ojos me buscaron y no me dejaron en paz. Sonreía. Una mueca amplia que no cambiaba, que no parpadeaba. Entre más nos acercábamos más detalles. Podía haber su piel reseca y oscura, los Pies Descalzos, el vestido manchado con algo que no supe identificar pasó junto a mí. Su mirada nunca se despegó de mis ojos. Yo sin saber, porque no pude dejar de observarla. Tampoco.

1:46:05 No hubo palabras, nada de gestos tampoco. Solo el roce del aire entre ambos. Avance 2 pasos más. El eco de mis tenis resonaba sobre el metal viejo y entonces me detuve algo en su presencia. Me resultaba demasiado familiar. Algo que no venía del rostro, sino de la sensación, como si mi cuerpo recordará antes que mi mente. Giré con lentitud. Ello también se había detenido varios metros detrás. Seguía mirándome, pero ya no era una niña.

1:46:50 Su cara ahora tenía pliegues arrugas profundas, como de. Cuero reseco. La boca seguía estirada en esa sonrisa, pero los dientes eran largos y separados. Los brazos colgaban a los costados demasiado largos para su cuerpo. Sus manos eran como carras. No grité ni corrí, solo me di la vuelta y empecé a caminar primero lento, después más rápido. Bajé las escaleras sin mirar atrás. Al tocar el suelo sentí que mis piernas serán de plomo, pero no me detenía. Algo más me impulsaba a seguir.

1:47:38 Crucé la calle, no había nadie. El vacío de la madrugada me envolvía, pero detrás venía algo más. Escuché los pasos no eran apresurados. Eran tranquilos, constantes y sobre ellos una risa aguda. No era una carcajada humana, era algo más parecido a un chillido. Me estremecí, aceleré el paso, pero el cuerpo no me respondía del todo. Era como caminar bajo el agua, como si algo invisible me estuviera frenando.

1:48:22 Al pasar frente a una casa, reconocí el portón de lámina. De pronto, las uñas de esa cosa comenzaron a rascar el metal. El chirrido que provocaba me perforaba los oídos era una risa maliciosa hecha sonido. El miedo ya no era emocional, era físico, sentía que me carcomía desde adentro. No supe cómo, pero mi mente logró recordar una medalla que colgaba de mi cuello un viejo consejo de mi abuela, llevé la mano a mi pecho, toque el metal frío, cerré los ojos por 1 segundo pidiendo protección. La risa se convirtió en un grito, uno grave y profundo. No era de dolor, era de rabia, como si algo se resistiera a ser expulsado.

1:49:21 Sentí que mi cuerpo despertaba, empecé a correr, no voltee, no pensaba en nada más que en llegar. Cada esquina, cada poste, cada sombra parecía moverse. Corrí sin pausa hasta que el silencio volvió, la calle se volvió estática y el aire más liviano. Ya no sentía su presencia. Llegue a la esquina de mi calle. El sudor me escurría por la espalda. La camiseta pegada al cuerpo ya podía respirar. Caminé los últimos metros. Mi casa estaba cerca, la vi desde lejos. El portón estaba cerrado, la luz de la cochera encendida. Me detuve frente a la puerta.

1:50:12 Metí la mano en el bolsillo para sacar las llaves. Entonces ocurrió algo, me obligó a Voltear. No fue la voluntad, fue algo así como el instinto y al hacerlo vi hacia la cancha. Ahí, junto al Arco, estaba otra vez la misma figura pequeña, con el vestido colgando los brazos extendidos y esa sonrisa imposible. Me observaba como la primera vez, como si el tiempo no hubiera pasado. No me moví y nuevamente solo la observé. El terror regresó en un instante. Cada célula de mi cuerpo lo recordó. Volví a tomar la medalla, cerré los ojos y entré a la casa tranquilo por fuera, pero por dentro estaba hecho añicos. No volví a hablar del tema con nadie, pero supe desde esa noche que no era un recuerdo.

1:51:19 Era una marca, algo que se quedó conmigo aunque no lo quiera, algo que no se iba porque esa cosa, sea lo que sea, no buscaba asustarme. Solo quería que supiera que sigue ahí. Pasó alrededor de un mes para volver a tener ese encuentro aterrador. No paraba de mirar el reloj mientras caminaba de regreso a mi casa, ya de madrugada. Era tarde, pero no tanto como para que todo estuviera tan desierto. El eco de mis pasos retumbaban entre las fachadas apagadas y aunque intentaba concentrarme en llegar a casa, había algo que no me soltaba, el pensamiento. Esa mirada, esa sonrisa torva que no parecía propia de una niña.

1:52:11 Pasé la estación del tren cruzando un puente y en cuanto bajé las escaleras sentí una presencia detrás de mí. Mis sentidos se activaron de golpe y el escalofrío que me recorrió no se debía al aire de la madrugada. Escuché pasos suaves, como si alguien descalzo caminara sobre el concreto. Mi respiración se entrecortaba y las luces naranjas de las farolas no disipaban la oscuridad lo suficiente como para sentirme a salvo apuré. El paso evitaba girar la cabeza, pero cada sombra me parecía más larga de lo normal. Fue entonces que al cruzar frente a un viejo portón metálico, escuché de nuevo aquel chirrido lento y escalofriante, igual que la vez pasada, arañando el metal. Me congelé de nuevo, cerré los puños y obligué a mis piernas a seguir.

1:53:13 El sonido, continuaba, era persistente y burlón, como si alguien disfrutara el miedo que yo ya no podía disimular. Volteé apenas a lo lejos, en medio de la calle vi de nuevo la misma silueta era ella. No necesitaba más confirmación. Esa figura menuda de cabello revuelto con un vestido largo que parecía flotar sin viento, no se movía, pero su sola presencia cortaba el aliento. En ese momento entendí que no era un encuentro casual. Era. Una persecución no física, sino algo más profundo.

1:53:56 Sentía que esa entidad quería algo de mí. No sabía qué, pero no era un simple susto. Era una marca, como si me hubiese elegido por alguna razón que yo aún no comprendía. Llegué a mi casa sin detenerme, cruce la reja, abrí la puerta con manos temblorosas y me aseguré de cerrarla con seguro y tranca. Pero no fue suficiente. Frente a la ventana de la sala me asomé discretamente y otra vez la vi en el campo de fútbol junto al Arco, justo donde la había visto Por Primera Vez.

1:54:39 Estaba ahí, como si el tiempo de nueva cuenta se hubiese detenido. En mi infancia. Esta sonreía sin moverse. Durante los días siguientes, algo en mi cambio ya no dormía por las noches. Lo hacía muy poco. El sonido de la risa suave se interrumpía la madrugada, pero cuando me levantaba a revisar no había absolutamente nada. Todo estaba en completamente. Una tarde, mientras recogía unas cosas del patio trasero, vi algo enterrado parcialmente en la Tierra húmeda. Escarbé con los dedos y desenterré una pequeña muñeca de trapo. Estaba sucia, con una cuerda amarrada al cuello y ojos hechos con botones desiguales.

1:55:31 Sentí nauseas. Apenas la toqué. No sabía cómo había llegado ahí, pero algo me dijo que no era un simple juguete olvidado. La arrojé a la basura, pero al día siguiente apareció otra similar. Sobre el buró de mi habitación no sabía si estaba perdiendo la crudura o si simplemente estaba siendo invadido por algo que no podía entender. Cada rincón de la casa parecía observarme cada crujido tenía intención. Intenté evitar pensar en ello, pero los eventos solo se intensificaban. Una madrugada escuché que alguien caminaba en la azotea. Subí con sigilo.

1:56:20 La puerta estaba cerrada con candado, pero los pasos seguían cruzando de un lado a otro. Me pegué a la pared, escuchando entonces justo sobre mí. Algo se arrastró con garras me paralicé, sentí que mi pecho iba a estallar. No era un animal, no podría hacerlo. Volví a la cama temblando. Al encender la lámpara encontré marcas en el suelo, pequeñas huellas como de niño, mojadas, como si hubiera llovido dentro de mi habitación. Cerré todo, pero ya nada me daba seguridad.

1:57:03 La casa misma parecía respirar. Acechándome. Decidí visitar a un curandero de un barrio cercano. Uno que mi madre había mencionado tiempo atrás, le conté lo que había vivido, omitiendo algunos detalles por vergüenza. El no se sorprendió me miró con una seriedad inquietante. Dijo que algunas entidades no buscaban hacer daño inmediato, sino quedarse. Afirmó que cuando se abría la puerta Por Primera Vez. Era difícil volver a cerrarla sin consecuencias. Me entregó una bolsa con hierbas, veladoras y un pequeño amuleto de obsidiana. Me pidió que hiciera una limpia profunda y colocará el amuleto en la entrada principal.

1:57:56 Así lo hice quemeé las hierbas. Recé como no lo había hecho desde que era un niño y me armé de valor para resistir cualquier cosa que se me presentara esa noche, al caer la oscuridad, la atmósfera cambio, la casa entera crujía con sonidos que jamás había notado. Las paredes se contraían como si fuera carne viva. Me senté en la sala. Junto a la veladora encendida y amuleto en mano, de pronto el foco del se apagó y en la penumbra la vi cruzar lentamente. No caminaba, sino más bien flotaba a ras del piso. Su vestido endeaba no tenía sombra, no me moví ni respiré. Tampoco la vi de tenerles en el marco de la puerta. Sus ojos brillaban como Carbones encendidos. Se quedó ahí observándome, luego desapareció sin más. En esta ocasión no hubo ni un portazo, ni un grito, ni algún estruendo, solo su presencia, su amenaza muda. Pero eso solo fue un respiro antes del desenlace, porque lo que viene en la última parte no es una aparición. Fue algo peor esa noche recuerdo que no dormí, no porque no pudiera, sino porque no quise.

1:59:30 Sentí que si cerraba los ojos. Algo se metería en mí. Había pasado de las manifestaciones a algo mucho más íntimo, como si la duenda ya no estuviera fuera, sino dentro de la casa o peor, dentro de mí. Cada rincón de mi cuerpo sentía su presencia como si me hubiera marcado al amanecer. El ambiente era más denso que nunca. El aire estaba cargado de una humedad podrida, como si algo se estuviera descomponiendo dentro de la casa. El amuleto de Obsidiana amaneció hecho polvo sobre la repisa.

2:00:12 Las huellas pequeñas ahora aparecían en el techo dentro del refrigerador sobre los espejos. Aquella muñeca de trapo que había intentado quemar apareció dentro de la almohada, como si hubiera nacido de la misma tela. Su expresión había cambiado, ya no era una sonrisa torcida, era una mueca de triunfo. Esa misma tarde, mientras lavaba mis manos en el baño, noté algo bajo las uñas. Era un Nilo Rojo igual al de las muñecas. Me tallé con desesperación. Luego miré mi reflejo. Algo no andaba bien en el espejo. Mis ojos no se movían al mismo ritmo que mi cuerpo, como si alguien más estuviera mirándome desde adentro. Decidí salir, no tenía ningún plan, solo sabía que no podía quedarme encerrado.

2:01:10 Tomé mis llaves, bajé por las escaleras sin rumbo fijo, pero mientras avanzaba. Noté que nadie más salía. Las cortinas estaban cerradas y las luces apagadas. Era como si el barrio entero me evitara doblé por la calle del parque. Había un columpio moviéndose. Solo me detuve a pocos metros. Entre los arbustos vi una figura agachada con la cabeza ladeada. No supe si era una niña, un animal o algo intermedio. Avancé un paso.

2:01:50 La figura se escurrió entre los árboles con un movimiento antinatural, como si no tuviera huesos. Regresé a la casa en estado de alerta. Cerré todas las puertas, apagué las luces y me senté en la sala a oscuras. No por protección, sino porque sentía que la oscuridad era el único lugar donde no me vería. Pasaron las horas, no hubo gritos ni golpes como en aquellas ocasiones. Pero entonces, en medio del silencio, comenzó un ruido apenas perceptible, como si alguien pasara los dedos por la pared.

2:02:33 Desde adentro se movía por el. Se detenía detrás de la puerta de mi habitación y luego se reía una maldita risa, seca, lejana, pero al mismo tiempo muy cerca. No sé cómo expresarlo. Me armé de valor. Tomé una lámpara y abrí la puerta. No había nadie, pero las paredes estaban llenas de marcas muy pequeñas como de uñas. Dibujaban un espiral que terminaba justo donde dormía esa madrugada no terminó alrededor de las 3:00 de la mañana.

2:03:16 Sentí un golpe seco contra la puerta principal. Me acerqué en puntas sin encender nada. Miré por la mirilla. No había absolutamente nada tampoco, pero al abrir lentamente vi algo en el suelo. Era una nota escrita con letras torcidas infantiles que decía, ya vives conmigo. Cerré con fuerza la puerta, bloqueé con los muebles que tenía. Me senté de espaldas a ella con la respiración cortada y ahí me quedé esperando a que saliera el sol.

2:03:59 Pero el amanecer no trajo calma, al contrario. Todo se sentía igual, como si el tiempo ya no avanzara, como si estuviera atrapado en la misma noche. Desde entonces no he podido irme, he intentado mudarme, empacar. Mi madre falleció cuando tenía 15. He querido irme también con familiares, pero cada vez que lo intento, algo pasa, alguien enferma, algo se rompe. Siempre termino regresando. Vivo con las luces apagadas, camino sin hacer ruido. Aprendí a ignorarla, pero ella sigue aquí.

2:04:41 A veces deja sus muñecas en la mesa. A veces susurra desde la cocina, no quiere matarme, solo quiere quedarse. Quiere que yo me quede también como si fuera parte de un. Juego y lo peor. Es que a veces en los reflejos ya no me veo como antes. Mis ojos tienen esa misma mueca torcida, la misma que vi aquella noche en el campo de fútbol, esa sonrisa que no pertenece a ningún niño. Con el paso de los años me he acostumbrado a vivir con ella porque la duenda nunca se fue.

2:05:23 Vive dentro de mi casa, en el aire, en mí. No puedo hacer nada más. Solo estoy resignado a vivir así para siempre de verdad. Les agradezco por compartir mi historia y espero les haya gustado, se despide su amigo Rubén Sánchez, actualmente de 42 años. Querida Comunidad, espero que esta entrega les haya gustado. Es un honor para mí pasar un buen rato con ustedes. Muchas gracias por abrirme la puerta de su hogar.

2:06:04 Por favor, no olviden dejarme sus comentarios. Esto nos ayuda a seguir trayendo mejor contenido. Me encanta leer sus experiencias y conocernos un poco más. Si el video les gustó, por favor, no duden en compartirlo con sus amigos. Esto nos ayuda a llegar a más personas y que la Comunidad siga creciendo. Inframundo, relatos.