April 16, 2026

4 L4 HISTORIAS DE TAQUEROS QUE NO DEBIERON CONTARTE

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Inframundo Relatos De Terror
4 L4 HISTORIAS DE TAQUEROS QUE NO DEBIERON CONTARTE

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🎙️ Relatos de Terror Reales porInframundo Relatos

Historias mexicanas de apariciones, carreteras, brujas, traileros ysucesos paranormales basados en testimonios reales.

Este episodio es una recopilación profunda y oscura narrada con estilocinematográfico y ambientación realista, diseñada para provocar tensión, miedoy ansiedad nocturna. Prepárate para vivir experiencias que marcaron parasiempre a quienes las enfrentaron.

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🔎 Temas de este episodio

• Historias paranormalesreales

• Relatos de terror enMéxico

• Relatos de carretera

• Relatos de traileros

• Brujas reales en México

• Terror narrado enprimera persona

• Relatos para no dormir

• Misterio y sucesosinexplicables

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0:00 Muy buenos días para todos los madrugadores. Los saluda su amigo Alejandro, como ya es costumbre a los doctores, enfermeras y todo el personal de salud que están de guardia o entrando a su turno. Gracias por escucharnos una vez más sin más. Aquí comenzamos. Me llamo Esteban y fui taquero durante varios años en la zona centro de San Luis Potosí. Tenía un carrito de tacos sobre la Calle 13, justo en una esquina poco iluminada que aunque parecía tranquila, tenía su fama por las noches.

0:54 Se decía que se veían cosas raras cerca del canal que pasaba unas cuadras más abajo, pero como buen trabajador nocturno. Aprendí a ignorar chismes, empecé con mi puesto en 2018. Trabajaba de 7 de la tarde a 2 de la mañana. Al principio todo bien, clientes frecuentes, borrachos buscando que cenar, taxistas, vigilantes, vendía de todo, pastor, suadero, tripa dorada. Pero algo cambió. Una noche de noviembre eran casi las 12. El flujo de clientes ya había bajado. Estaba solo limpiando la plancha cuando vi a lo lejos una silueta acercándose caminaba lento con la cabeza agachada.

1:43 Al llegar noté que era un hombre muy delgado, vestido completamente de negro, con un sombrero viejo y botas desgastadas. Lo raro era que a pesar del frío, sudaba. Tenía el rostro cubierto por la sombra del sombrero, me pidió 3 tacos de lengua. Le serví. Aunque no solía vender lengua esa noche, por alguna razón, sí llevaba. Los devoró en silencio y al terminar me miró fijamente. Sus ojos eran grises, sin brillo. Me extendió un billete de 100. Pero al tocarlo sentí un escalofrío helado que me recorrió todo el brazo.

2:31 Le di el cambio y, sin decir una palabra, se fue calle abajo, perdiéndose en la oscuridad. Al día siguiente encontré el billete en la caja, pero estaba completamente negro. Como quemado. Lo tiré sin pensarlo. Pasaron varios días sin novedad hasta que volvió. Era viernes. Había algo en el aire. Una pesadez difícil de explicar a eso de la 1:00 de la mañana llegó otra vez. Esta vez no pidió tacos, solo se acercó, se quedó de pie frente a mí, señaló la plancha como exigiendo que cocinara. Yo no quería, pero me ganó la costumbre. Puse carne al fuego.

3:15 Empezó a Chisporrotear como siempre, pero no olía igual. Algo en ese vapor olía a podrido. Volteé para servir la carne en la tortilla y cuando miré de nuevo al cliente ya no estaba. Me asomé a ambos lados de la calle. Nada, pero el taco seguía ahí, en la plancha quemándose. Intenté no pensar mucho en eso hasta que la siguiente semana, después de su tercera visita, las cosas se salieron de control. Esa noche no vino solo. 3 hombres lo acompañaban, todos vestidos de negro. Uno de ellos cargaba algo envuelto en una manta. Yo seguía cocinando fingiendo que no me incomodaban, pero los VI colocarlos sobre una de las sillas de plástico justo al lado del carrito.

4:11 Uno de ellos dijo algo, pero no pude entender. No era español el que parecía el líder me hizo una señal para que cocinara. No quise contrariarlos. Saqué más carne. La carne chispeó como siempre, pero ese olor volvió más fuerte, como carne pasada, como descomposición, uno de los tipos se acercó al bulto y lo desenvolvió un poco. Sentí náuseas. Era una cabeza humana pálida, con los ojos abiertos. Me quedé congelado. Quise correr, pero el líder me agarro la muñeca. Sentí como si algo me clavara agujas en los nervios, me obligó a servir los tacos, me temblaban las manos, colocó los 3 tacos frente Asus acompañantes, comieron con lentitud, como si te gustaran algo sagrado.

5:07 Cuando terminaron, envolvieron el bulto, se levantaron y se fueron caminando por la misma dirección de siempre. Esa noche no pude dormir. Vomité 2 veces. Soñé con perros negros, con lenguas largas y calientes, que me lamían la cara. Al despertar tenía la muñeca marcada con algo que parecía una quemadura. Falté 2 días al puesto, pero el tercero volví. A veces uno se engaña diciendo que fue una alucinación, una pesadilla inducida por el cansancio, pero no lo era. La Última Vez que los vi fue un lunes.

5:48 Eran las 2:30 de la mañana y no había vendido nada. Pensaba cerrar cuando vi al Grupo acercarse, solo que esta vez no venían por tacos. El líder me habló Por Primera Vez. Su voz no parecía humana, me dijo que había sido elegido, que lo que yo había cocinado esa noche los había complacido. Que necesitaban otro taquero, uno que supiera trabajar sin hacer preguntas. No contesté, me entregó un anillo oxidado. Me dijo que si lo aceptaba tendría clientes eternos, siempre tendría carne, nunca faltaría el gas ni el maíz, pero tendría que cerrar a las 3:00 y jamás mirar lo que pasaba en la plancha después de servir la última orden.

6:43 Tiré el anillo al piso, me Subí al carrito y salí de ahí. A la mañana siguiente fui al mercado y vendí todo el equipo. Desde entonces no volví a hacer tacos. A veces me despierto con olor a carne quemada. A veces sueño con la cabeza de ese bulto, moviendo los labios como si quisiera hablar. Y en ocasiones, cuando camino por ciertas calles. Juro que veo un carrito idéntico al mío con alguien que se parece a mí cocinando bajo una lámpara fundida. Me llamo Jaime y Vendo Tacos en la Colonia Doctores, aquí en la Ciudad de México, mi puesto está en la esquina de doctor Barragán y doctor Lavista.

7:45 Trabajo ahí desde el 2014 y aunque ya he visto de todo en la noche. Hay una historia que no he podido sacarme de la cabeza todos los viernes sin falta. Llegaba un cliente peculiar, siempre a la misma hora, 12:45 de la madrugada. Caminaba lento, sin prisa y siempre vestía igual. Pantalón de vestir negro, camisa blanca, tirantes y un sombrero tipo fedora. Se notaba que era de esos hombres mayores de unos 60 años, pero conservado. Su rostro era sereno, pero lo que más me llamaba la atención eran sus ojos completamente grises, no claros, grises. Como vidrio opaco.

8:32 Nunca hablaba mucho, sólo decía 3 de cabeza y un agua de Jamaica. Se sentaba en la misma silla de plástico, en la esquina más oscura del Toldo. Comía lento. Siempre dejaba la servilleta doblada perfectamente sobre el plato, como si fuera una ceremonia. Así estuvo por meses. Cada viernes, mismo horario, misma orden, misma actitud. Una noche de lluvia. Uno de esos viernes no vino. Yo ya me había acostumbrado a verlo, así que me pareció raro. Lo esperé sin querer. Mirando la hora cada tanto pensé que a lo mejor se había enfermado o que algo le había pasado. La siguiente semana volvió, pero algo estaba distinto. Tenía la ropapada, aunque esa noche no había llovido, la piel de su cara se veía más pálida, como si no hubiera dormido en días.

9:35 Y cuando le di sus tacos no los tocó. Sólo se quedó viéndolos. Y luego me vio a mí con esos ojos grises. Ese viernes me habló mas de lo normal. Me pregunto si creía en las señales que da la ciudad. Así dijo, no supe qué responder, sólo le dije que no mucho. Entonces él asintió como si ya supiera mi respuesta. Terminó su comida y antes de irse me dijo algo que todavía no entiendo del todo. No te quedes después de las 2:00, la ciudad cobra lo que DAS y a veces se cobra con hambre. No volví a verlo después de esa noche. Pasaron varias semanas, lo di por muerto o simplemente creí que se mudó o cambio de rumbo hasta que pasó. Lo que te voy a contar era viernes, pero no cualquier viernes era quincena, mucho cliente, todo lleno hasta fila. Mis manos no paraban, carne, cebolla, salsa, gritadera, Risas, música de algún coche a lo lejos, el puesto lleno, yo feliz, pero cuando dieron las 2.10 de la mañana ya todos se habían ido.

10:54 Empecé a recoger, estaba solo, silencio total hasta que lo vi al fondo de la calle, entre 2 postes apagados. Venía caminando alguien, era el el mismo cliente. Mismo sombrero, misma ropa, pero esta vez venía más lento y sus pies no hacían ruido. Era como si flotara apenas unos milímetros sobre el suelo. Me paralicé, llegó al puesto y se sentó en su silla de siempre, aunque yo no la había puesto. 3 de cabeza y un agua de Jamaica, dijo. No podía moverme, pero mis manos lo hicieron solas.

11:34 Puse la carne. Corté el limón, serví la Jamaica, se los di él, me miro sus ojos ya no eran grises, eran completamente negros. Como pozos. No comió, sólo se levantó, tomó los tacos con una mano, el vaso con la otra y camino hacia la oscuridad, como si se disolviera entre el vapor de la calle mojada. No volví a abrir los viernes. 2 días después, una señora del edificio de enfrente, me pregunto si había oídolo del accidente, le dije que no, un taxista murió aplastado, según contaron, alguien lo hizo bajar de su auto para comprar algo y al regresar lo atropellaron. El chofer del otro coche dijo que no vio nada, que solo había neblina y una silueta en medio del camino. Cuando me enseñaron la nota en el periódico se me fueron los colores.

12:37 La ilustración del accidente mostraba una figura borrosa en la esquina. Era el mismo sombrero, tiré la silla donde siempre se sentaba, la rompí y la quemé. Desde entonces cierro antes de la una y solo vendo de lunes a jueves. No he vuelto a ver al cliente, pero a veces cuando paso por ahí en domingo o voy por el pan, veo la silla. Nueva blanca, perfectamente colocada bajo El Poste más oscuro y ahí están 3 Servilletas dobladas y un vaso de Jamaica. Yo me llamo Rubén y durante años trabajé en la Colonia Obrera. Vendiendo tacos de suadero y tripa en un pequeño puesto que heredé de mi papá.

13:39 Era un trabajo duro, pero con el tiempo me hice de clientela fija. Había días en que desde que abría hasta que cerraba no dejaba de trabajar. Me iba bien, a veces demasiado bien. Frente a mi esquina, a unos 20 M, estaba el puesto de Martín, un señor ya grande que también vendía tacos. Pero se notaba que le costaba trabajo levantar ventas. Sus tortillas eran frías, el suadero grasoso y la salsa ni picaba. Yo nunca me metí con él, incluso cuando llegaban clientes y hacían fila conmigo. Yo mismo les decía que si querían podían cruzar con Martín, pero la gente regresaba. Decían que la carne sabía rara, como recalentada un día. Al cerrarme lo encontré parado, frente a mí puesto. No dijo nada, sólo me miró, le pregunté si necesitaba algo y me respondió que no, que estaba viendo cómo trabajaba uno. Cuando todo le sale fácil, me reí nervioso, le ofrecí un taco de tripa y me dijo que no, que ya era tarde y que él no comía nada.

14:55 Después de las 9:00 se fue sin despedirse. A la semana siguiente todo empezó a cambiar. Primero se me echaron a perder los limones, luego se me cortó la salsa verde. Aunque la había hecho en la mañana, los clientes comenzaron a quejarse. Uno dijo que los tacos habían amargos, otro se fué sin pagar y dijo que le había revuelto la panza. Yo seguí trabajando, tratando de entender que pasaba. Cambié la carne, lavé todo con vinagre. Tiré los ingredientes y volví a comprar todo nuevo. Pero el problema seguía, la carne no se doraba, la tortilla no calentaba parejo y lo peor, ya casi nadie venía.

15:42 Una noche después de cerrar, encontré un amarre debajo de mi mesa. Era un pedazo de trapo amarrado con hilo rojo. Adentro había restos de carne, un diente de ajo y algo que parecía cabello. Lo tiré sin pensarlo. Lo aventé al bote de basura y leche cloro, pero esa misma noche soñé con un perro negro que caminaba entre los puestos. Cuando pasaba por el mío. Se detenía, alzaba la pata y orinaba sobre mi asador. Desperté con el olor en la nariz. Un hedor a podrido que venía directo de la parrilla, aunque la había lavado antes de dormir. Fui con una señora que vive a 2 calles. Doña Isidra es curandera, le conté lo que pasaba y me dijo sin rodeos que alguien me había echado mal de ojo, me dió un ramo de albahaca, me hizo una limpia y me entregó un frasco con alcohol y ruda.

16:48 ¿También me dijo que vigilara quién? Pasaba por mi puesto cuando ya no hubiera nadie. Esa noche me quedé más tarde de lo normal. Apagué las luces pero me quedé detrás del puesto esperando y lo vi. Martín caminaba lento, llevaba un vaso de agua en la mano, llegó hasta mi puesto y lo tiró debajo del anafre. Luego metió la mano al bolsillo y sacó otro amarre. Lo escondió entre las servilletas. No dije nada, solo lo dejé hacer. Al día siguiente tiré todo, limpie el puesto con el líquido que me dio doña Isidra y en la noche volví a abrir. Ese día, Por Primera Vez en semanas volvió una pareja de clientes, luego 2 chavos en Moto me pidieron tacos y dijeron que todo sabía diferente, más sabroso. Volvieron los clientes poco a poco. Pero Martín ya no volvió a su puesto. Una vecina me dijo que una noche empezó a gritar en su casa, que decía que lo estaban siguiendo, que veía un perro negro afuera de su ventana.

18:03 Lo encontraron temblando en su patio, cubierto con una cobija, murmurando cosas que nadie entendía. Cerró su puesto sin decir nada y a la semana siguiente se fue del barrio. Yo sigo vendiendo tacos en la misma esquina, ya no abro tan tarde, solo hasta las 11 y cada vez que barro el puesto reviso con atención por si alguien más quiere envidiar el sabor. Me llamo marco López y nací en Tepito, donde las calles huelen a masa, carne asada y a destino marcado desde que el sol apenas raja el alba.

19:03 Mi familia tiene un puesto de tacos al pastor en la zona de la Plaza Garibaldi, instalado hace casi 2 décadas en la esquina donde la luz del farol se funde con el humo del trompo. Desde niño observé a mi padre girar la piña y cerrar la cabeza del trompo con un machete viejo, dejando que el humo llene el aire de promesas y de hambre. Nunca me imaginé que esa misma carne algún día fuera la última prueba de una noche sin retorno. Esta historia comienza un viernes de noviembre, cuando las lluvias recién habían saturado las alcantarillas.

19:46 Y se filtraban por las grietas de las banquetas. El frío se arremolinaba en los callejones angostos y la gente llegaba con chamarra, Remendadas y gorros de lana, formando filas interminables para probar los tacos de mi padre. Él desapareció una semana antes aquejado por una gripe que le provocó fiebre durante 3 noches seguidas en sus últimos suspiros. Apenas alcanzó a musitar, un nombre antiguo que yo nunca entendí. La abuela me dijo que guardara el puesto con cuidado. Sin embargo, cuando encendí el trompo para atender la clientela, percibí un aroma distinto.

20:32 La carne despedía un olor agrio, como si las especias se hubieran fermentado con algo que no correspondía. El primer cliente fué un repartidor de paquetería que acostumbraba pasar por ahí para cenar. Después de las 10:00 pedía 5 tacos con piña extra y salsa verde. Cuando corté la carne me cercioré de que la piña tuviera el color habitual, un amarillo intenso con bordes dorados. Al pasarlos por la plancha noté como el fuego chisporroteaba al contacto con la grasa.

21:12 El taco emitió un siseo breve y un ligero crujido que se tragó el murmullo del puesto. Pagué los 20 pesos como siempre y alcancé a verlo alejarse entre la bruma que crecía bajo los faroles. Unos minutos después, el repartidor regresó con paso bamboleante la mirada se le había hundido, como si sus ojos contuvieran un remolino de ceniza. Se inclinó hacia la banqueta y vomitó un líquido espeso, rojo como bilis mezclada con humo. Antes de que pudiera auxiliarlo. Se levantó tambaleo 1 segundo y se desplomó en un charco que parecía absorber la luz Del Poste más cercano. El grito agudo de algún vecino que presenció la escena rompió el silencio de la madrugada.

22:06 Los curiosos se agolparon en la entrada del puesto. Yo corrí con el jicote entre manos y arrastré al repartidor hasta el borde de la banqueta. Sus labios se entreabrían sin emitir sonido y la piel le sudaba un sudor frío. Me decía que estaba bien, pero la rigidez de su cuerpo evidenciaba que no lo estaba. Recogí sus pertenencias del suelo, una mochila naranja, un recibo de envío doblado y un billete de 50 pesos. El precio de ese taco había sido de 20 pesos. ¿Insistidos quién pagó los 30 restantes? El silencio se abalanzaba sobre mí, espeso, como mosquitos. En la noche volví al puesto y miré la carne en el trompo. La piña tenía un tinte grisáceo en el centro, como si se hubiera infiltrado un hollín oscuro.

23:07 El pastor giraba con lentitud inusual, atorado en un sonido gutural que resonaba en mis oídos. Apoyé la mano en la cabeza del trompo intentando fradear la fuerza de la carne, pero fué como hundir un puño en el vientre de un cadáver tibio. El frío se coló por mi nuca, erizando cada fibra del cuerpo. El viento arrancó un ladrido de perro. Desde lo profundo de alguna callejuela y las gotas de lluvia comienzan a salpicar los bordes del Toldo. Reuní la carne en una charola de aluminio y la aparté bajo ella distinguí un charquito de líquido oscuro, casi negro, que relucía bajo la bombilla amarilla. Hundí la yema del dedo en ese charco y lo acerque a la nariz. Olía a mezcla de sangre, cuajada, grasa rancia y hule quemado.

24:06 Mis entrañas se revolvieron mientras apartaba el brazo con repulsión. En ese instante el trompo se detuvo por completo y el silencio se alzó como un manto húmedo sobre la plaza. Regresé a casa con la piel de gallina. La abuela me esperaba en la sala cubierta con una manta raída. Sus ojos húmedos y fijos en el zaguán me harán entender que algo había cambiado para siempre. Me preguntó por mi padre y solo alcancé a murmurar que no había vuelto al puesto. Alzó un brazo tembloroso y rozó mi mejilla con la uña llena de hollín. Sin mediar palabra, me guió hacia la cocina y me mostró un cajón donde guardaba una pequeña libreta de tapas gastadas allí. Notas con tinta negra describían ingredientes prohibidos y nombres de personas que habían trabajado en el puesto hacía años.

25:09 Uno de esos nombres coincidía con el del misterioso repartidor Rubén Cruz. Su pedido no concluyó la libreta. Hablaba de pactos heredados, de recetas que se transmitían. En susurros, la abuela explicó con voz cansada que mi padre había aceptado una ofrenda. Para mantener la clientela piel debía mezclar Chiles de árbol con cenizas de un horno antiguo, sellándolo a la carne antes de cada amanecer. A cambio, el puesto no se quedaría nunca sin carne ni sin gente, pero algo debía sacrificarse. El precio real no era dinero, sino la esencia de quien comiera aquellos tacos.

25:56 Cada mordida perdía una fracción de humanidad. Un retazo de recuerdos, un susurro de conciencia. Entendí entonces la gravedad. Mi padre, desesperado por recuperar la fama del puesto, había seguido la anotación, cenizas de antiguas víctimas del fuego, chiles de un comal maldito, agua robada del pozo que conectaba con los túneles de la ciudadela. Desde que hizo ese pacto nocturno, el puesto de tacos de la Plaza Garibaldi adquirió un sabor que la gente describía como adictivo y etéreo, pero con un regusto metálico que endulzaba la garganta y ardía en el pecho. Ese sabor era el eco de la sangre vertida para que el trompo jamás quedara sin carne.

26:52 Volvía al puesto bajo la llovizna persistente. Encendí el trompo con carbón de Mezquite y Limpié la plancha temblando en cada movimiento, abajo de la trampilla que cubre el asador, distinguí briznas de ceniza pegadas al metal, haciendo dibujos que no lograba descifrar en el bordillo. Marqué con un cuchillo las iniciales de mi padre, con la carne a medio cocer. Un escalofrío me recorrió la espalda. De pronto, un susurro rascó mis oídos. Marco, marco, alcé la mirada y abrí la boca con el asombro clavado en el pecho.

27:33 Frente a mí estaba mi padre, pálido y demacrado, con los ojos hundidos y la piel tornada en un tono ceniciento. Su ropa estaba empapada. El miedo que desprendía se condensaba en forma de sudor frío, sin articular palabra. Extendió la mano huesuda. Y señaló el trompo con un movimiento apenas perceptible. Quise retroceder, pero mis pies quedaron clavados al suelo. El fuego chisporroteó en la parrilla y las brasas prendieron con un tono a su lado casi sobrenatural. Sentí el retumbar de un latido que no era el mío, una fuerza profunda que apelmazaba el aire y sepultaba el sonido de la lluvia.

28:24 El rostro de mi padre se transformó. Los párpados se alzaron dejando ver pupilas completamente negras y un brillo infame que heló mi sangre. Sus labios se entreabrían exhalando un susurro gutural, como un aliento de ceniza que emergía desde lo más hondo de la Tierra. En la calle, las farolas comenzaron a parpadear con un tintineo desesperado. El trompo giró con velocidad inhumana, haciendo volar chispas que trazaron destellos en el aire. Las ventiadoras se doblaron al viento y las sillas que nadie había dejado volteadas cayeron con un estruendo seco.

29:10 Vi que mi padre se alzaba en el aire, flotando sobre el asador como engendrado por el fuego mismo. Su sombra se extendió como tentáculo sobre la plancha. Con un forcejeo interno alcé el Cuchillo Delgado que usaba para cortar la carne recordando las advertencias de mi abuela. Debes romper el Pacto antes de que el fuego consuma tu esencia con manos temblorosas. Acerqué el FILO encendido al centro de la carne, justo donde el sabor prohibido se concentraba. El viento se volvió más frío y escuché un coro ahogado de lamentos que parecía surgir de la misma Tierra. El comal comenzó a humear con un olor acre, a grasa carbonizada y a ceniza vieja.

30:04 Corté con firmeza separando un pequeño trozo que cayó sobre la plancha con un siseo profundo. Entonces el grito de mi padre retumbó en mis oídos. Un alarido que desgarro el silencio de tepito y se perdió en los túneles de Alcántara. Sus ojos se encendieron en un fulgor último y con un empujón invisible descendió hacia el trompo, hundiéndose en las brasas, que lo convirtieron en una sombra incandescente. La carnicería terminó en 1 segundo. El fuego encogió su llama hasta desaparecer y las brasas se tornaron ceniza grisácea. El cuerpo de mi padre ya no existía como pulverizado por la efímera Butaca del infierno.

30:53 Yo caí de rodillas con el cuchillo a un lado y las manos manchadas de hollín. La bombilla principal parpadeó una última vez antes de fundirse con un estallido sordo. El puesto quedó en penumbras, apenas iluminado por el resplandor confuso de las calles. Al amanecer, la gente se acercó con curiosidad, preguntando por qué el trompo ya no giraba. ¿Por qué el aliento de aquella carne se había esfumado en la noche? Sólo le respondí que el puesto necesitaba descanso y que regresaría mañana si el comal así lo permitía.

31:36 Mientras guardaba la charola metálica y barría las cenizas, noté un billete de 50 pesos arrugado junto a la caja. Tomé el billete y lo doblé con cuidado. No podía contener la marca de la ceniza una mancha negra que parecía retorcerse como un remolino de lodo. Lo guarde en el bolsillo recordando la advertencia de mi padre, no dejes que el fuego vuelva a arder con la misma salsa. Desde entonces, el puesto permanece cerrado algunas noches. Ni mi abuela ni yo mencionamos el episodio. La gente murmura que algo ocurrió con el trompo al amanecer, que no hay sabor que valga la pena si la carne no trae consigo el peligro. Yo sigo viviendo en tepito recordando el susurro de la salsa, que me enseñó que el hambre puede ser una trampa letal cada vez que paso frente al puesto. En la madrugada, las brasas aún brillan con un fulgor tenue. Como si el pasado no quisiera dejar de girar el trompo. Querida Comunidad, espero que esta entrega les haya gustado. Es un honor para mí pasar un buen rato con ustedes. Muchas gracias por abrirme la puerta de su hogar. Por favor, no olviden dejarme

33:08 sus comentarios. Esto nos ayuda a seguir trayendo mejor contenido. Me encanta leer sus experiencias y conocernos un poco más. Si el video les gustó, por favor, no duden en compartirlo con sus amigos. Esto nos ayuda a llegar a más personas y que la Comunidad siga creciendo. Un abrazo muy fuerte. Nos vemos en una próxima entrega. Esto fue Inframundo, relatos.