4 HISTORIAS DE NAHUALES EN HALLOWEEN
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0:01 No olvides seguirnos en nuestro podcast oscuro Inframundo en Spotify, te aseguro, te encantará abajo. En la descripción te dejo el enlace. Buenas noches, Inframundo y a la audiencia en general. Me llamo Evaristo García y lo que voy a contar ocurrió en la víspera de Halloween del 2003 en Papantla, Veracruz.
0:42 Yo entonces tenía 27 años y trabajaba de repartidor de pan en una panadería pequeña la esperanza, allá por el Barrio De San Juan. Mis rutas empezaban de madrugada y casi siempre. También terminaban tarde la necesidad. No mira el reloj. Aquella semana la ciudad olía Copal y a naranja agria. En las casas ya armaban altares con papel picado, veladoras y fotos viejas. Mi madre había puesto uno chiquito frente al retrato de mi abuelo hilario sobre el mantel, un puño de café tostado, pan hojaldrado y una cruz de sal.
1:24 Cada que yo salía de casa, mi madre me hacía la seña en el aire con el pulgar mojado de agua bendita para que regreses completo, decía yo me reía, pero no le quitaba la mano. Me gustaba sentir ese peso tibio en la frente, como si me pusiera un casco invisible. El 30 de octubre me quedé ayudando a colgar guirnaldas de Cempasúchil en la capilla del barrio. Había bruma baja pegada al suelo y un frío raro para hacer costa. Los muchachos tronaban cohetes y los niños correteaban con máscaras de plástico, esas que venden afuera del mercado. La noche se fue cerrando como una puerta. Cuando quise mirar el reloj ya pasaba de las 11:30. Me despedí con prisa y tomé la bicicleta. Mi ruta de regreso cruzaba el puente viejo sobre el Tecolutla, una obra de piedra caída en desgracia desde que levantaron el puente nuevo.
2:30 Aún así, muchos lo usábamos porque ahorraba 20 minutos. Decían que por ahí se aparecían luces, que se metían a la piel, que en la baranda se sentaban mujeres sin rostro y que bajo los arcos caminaba un perro enorme que olía a hierro. A mí esas pláticas me habían entrado por un oído y salido por el otro toda la vida, cada quien cree lo que necesita y yo necesitaba dormir para madrugar. Pedalee entre calles casi vacías los puestos de Tamales ya bajaban la cortina, un perro flaco me siguió a media cuadra y luego se quedó olfateando un charco. Desde El Zócalo llegaba el soplo apagado de una marimba. El aire traía humo de fogón y olor a caña. Cuando doblé la última esquina antes del río, el mundo se me achicó a la luz amarilla de mi dinamo y a un sonido lejano de agua contra piedra.
3:37 Todo lo demás se quedó atrás, como si cortaran el hilo del ruido. El puente viejo apareció de pronto oscuro pero entero. La piedra brillaba húmeda, las barandas proyectaban sombras sobre la calzada. Frené 1 segundo para apretar la mochila al Portavultos y Aflojé los puños. Si algo me enseñó la bicicleta es que el miedo tensa los hombros y la tensión te hace torpe. Yo no quería ser torpe. En un puente sin banqueta di los primeros pedales. El cauce abajo era un paño negro, ni una rana, ni un grillo, ni un chapoteo. Sólo el traqueteo de mi cadena y el soplido cansado de mi respiración a medio tramo, el poco de la dinamo se puso a parpadear.
4:31 Le di un golpecito con el dedo, esos manazos que arreglan lo que no entiendes. Volvió elas fue lo bastante para verlo. Al principio pensé en un perro grande. Estaba a unos 15 m, justo donde la luz caía más delgada. Lo noté por la forma en que olfateaba el piso, como si buscara algo con urgencia. Se movía en cuatro apoyos, la columna Arqueada, las caderas huesudas, de pronto levanto la cabeza. No era perro, lo supe por la manera de mirar en los perros. ¿Los ojos cambian con la luz en esa cosa, no?
5:12 2 amarillos fijos, secos con brillo propio. Me quedé sin aire, bajé un pie y la bici se ladeó. La cadena vibró, la criatura se giró con un movimiento que no era de animal ni de gente. Dejó de oler el suelo y se enderezó a medias apoyándose en los nudillos, como quien está cansado de fingir. Tenía brazos, manos larguísimas uñas como astillas. El cuerpo era de hombre flaco, cubierto de pelo ralo, apenas una pelusa oscura que dejaba ver cicatrices, viejas surcos que parecían letras cruzadas de lado a lado. La boca era demasiado ancha, la nariz pegada a la cara sonrió y el gesto le abrió la piel de los cachetes, como si la risa la usará poco.
6:05 No corrí, no grité un miedo viejo, primitivo. Me clavó las suelas al piso. Lo único que hice fue poner la bici delante de mí, como si la lámina del cuadro fuera escudo. La cosa dio un paso, después otro y otro sin prisa. El olor me llegó antes que su sombra, un tufo agrio, mezcla de ocote quemado, sangre vieja y barro de río me dieron ganas de toser. La boca se me llenó de saliva, no se lanzó. Me rodeó probando el aire con la lengua. Caminaba en cuatro y de pronto en 2, como si la noche le estuviera ajustando los huesos.
6:50 Yo olvidé que sabía rezar. Me quedé pensando en cosas tontas, como que mi madre estaría guardándome con la luz del corredor prendida y que si moría y me encontrarían los albañiles de la otra orilla al amanecer. Me dio un ramalazo de vergüenza por esa idea absurda de que te vean con la boca abierta. La criatura se detuvo junto a la baranda y apoyo una mano en la piedra. Los dedos eran más largos que los de un hombre y la piel de ese tono oscuro que tienen las cosas que viven siempre al sol.
7:34 El pecho subía apenas. Podía oír su respiración lenta, como de alguien que duerme y sueña con hambre. La lengua salió un poco y yo pensé en una iguana. Un rayo pálido se filtró entre nubes y le tocó el rostro. No le vi los ojos. El sombrero de nubes volvió a cerrarse y nos quedamos bajo el techo de la oscuridad. No sé porque moví la mano hacia el cuello. Busqué el escapulario que mi madre me había colgado antes de salir. Lo sentí tibio en la piel. La criatura hizo un sonido grave, un ronquido bajo y giró un poco la cabeza. No le gustó el brillo del metal, la uña del dedo índice, raspó la piedra, el sonido.
8:26 Melo, me entró un temblor en los muslos. Solté la bici. La cadena se quejó y el pedal rebotó contra la baranda. El eco se fue a lo hondo. La criatura me miró fijo, la boca se le abrió, pero no mostró dientes. Hizo un gesto raro con los labios, como si probara una palabra que le quedaba grande. En ese juego. La lengua rozó el escapulario y yo sentí el tirón de algo adentro, una cuerda invisible entre la fe de mi madre. Y el hambre de ese ser no lo resistí. Me arranque el cordel del cuello, el jalón me raspo la piel, extendí la mano con el escapulario colgando y lo dejé caer sobre la calzada.
9:15 El metal golpeó suave como moneda sobre mantel. La criatura se agachó, olió el objeto largo rato, lo tomó con 2 dedos y lo acercó a la cara. No tenía pestañas. Abrió la boca, lo probó como prueban los perros, una botella. El santo Repiqueteó contra los dientes, un hilo de baba se estiró y cayó sobre la piedra caliente. El ser se enderezó y me miró otra vez. El estómago me tronó. Me puse la mano en la panza para callarlo. La risa que soltó fue breve, seca sin alegría. Luego se giró hacia el río, se subió a la baranda como un gato y se dejó caer hacia la negrura.
10:01 No salpicó, solo hubo un hueco de silencio y después, muy abajo, un crujido como de rama, que se parte tarde mucho en moverme. Cuando por fin pude, recogí la bici como si pesara el doble. Crucé el resto del puente sin atreverme a mirar el agua. Al tocar Tierra, mis piernas dejaron de obedecer. Caminé con la bici de un lado, la llanta, rozándome la pantorrilla y no paré hasta llegar a la calle de mi casa. Mi madre estaba de pie en el corredor, no dijo nada, me vio llegar y se persignó.
10:44 Me tomó la mano y me llevó directo al altar. Encendió una veladora nueva, el pabilo prendió de golpe sin titubeo. Me puso la Palma en la frente, como siempre. Te tardaste, dijo. No más asentí, no me salían palabras, no dormí bien. Cada vez que cerraba los ojos sentía el raspón de las uñas en la piedra a las 4:30 me levanté por inercia, preparé la charola de pan, conté piezas, la calle seguía húmeda, bajé la mirada y en el borde de la puerta vi un charquito de barro que. No era barro, era un cerco de marcas leves, como si alguien hubiera apoyado los dedos en el cemento fresco.
11:32 Pasé el pie por encima, no se borraron, me puse el sombrero y salí. Ese día, 31 de octubre, no crucé el puente, me fui por el camino largo, por el puente nuevo. Entregué mis panes, escuché bendiciones. Recogí monedas, el sol levantó un vapor dulce de los altares. Los perros andaban inquietos. A media mañana pasé frente a la comandancia y vi a 2 policías hablando con gestos grandes. Tenían la camioneta encendida y el radio Tronando. Alguien en la otra orilla había oído gritos en la madrugada y se hablaba de un borracho que no llegó a su casa.
12:19 Decían que seguramente se cayó al río, me apreté la gorra más fuerte, la garganta me picó, seguí mi ruta, por la tarde fui al panteón con mamá, llevamos velas y panes, me aguanté la lengua, no quería que supiera el tamaño de mi miedo. Al regresar, una vecina nos contó que en el barrio de la ribera habían encontrado marcas raras en la arena, como de animal grande que camina en 2 y en cuatro. Los viejos asentían con cara de ya lo sabíamos, me sentí observado. Mire hacia el río, aunque desde la cuadra sólo se veían techos y árboles, sentí otra vez el olor agrio en la nariz no estaba, era memoria pegada al epitelio.
13:11 Me enjugue con el dorso de la mano. Esa noche no quise salir. Me quedé en el patio escuchando a mi madre cantar bajo ella. Cree que cuando se barre de adentro hacia afuera, en víspera de Día de Muertos, hay que hacerlo con respeto, sin barrer el umbral, porque por ahí pasan los que regresan. La vi mover la escoba con cuidado, hizo un alto frente a la puerta, dejó la línea del polvo como una frontera. No dijo nada, yo tampoco a las 11:00, ya acostado. Me llegó un rumor de río, no era el río, era el recuerdo del río, cerré los ojos, abrí la boca, respiré por la nariz para que el pecho jalara aire y me durmiera una mano tibia. Tocó la madera de mi puerta, fue un toque suave 3 veces, abrí los ojos de golpe, no me moví, escuché 1/4, no hubo quinta. El olor a ocote quemado se metió por debajo como humo. Me puse de pie sin ruido y pegué la oreja a la madera. Nada.
14:21 Abrí despacio el pasillo oscuro, una línea de luz que venía de la sala. Silencio. Volví a cerrar, me metí a la cama, pero no dormí en la ventana. El resplandor naranja de la veladora del altar hizo una sombra que subía y bajaba con el aire. Recordé las cicatrices del ser. No eran rayones al azar, eran signos. No sé leer cosas así, pero supe que alguien se las había hecho con rabia, tal vez para marcarlo, tal vez para contenerlo. Imaginé manos viejas cortando piel con cuchillo de cocina mientras rezaban palabras que no entiendo. No quise imaginar quién ni cuando me ardió la nuca, tapé la cara con la sábana.
15:15 Las velas del altar chasquearon después nada, el primero de noviembre madrugue otra vez a esa hora antes de que la ciudad despierte. El mundo es 1/4 de bodega, huele a cloro y aceite, la luz es fría, el sonido corre por carriles, fui por el pan a la panadería, cargue la charola esta vez crucé el puente nuevo, evité el viejo. ¿Cómo se Evita el nombre de un difunto reciente? En la esquina de la calle cuarta, un borracho dormía en cuclillas contra el muro. Tenía los pies desnudos, la piel curtida por el sol. Se me ocurrió que la criatura podía aparecer un hombre si quisiera la idea me secó la lengua. Le dejé un bolillo junto a la mano. Cuando me alejé, sentí que mis pasos no sonaban igual. Miré el piso.
16:14 En el polvo fino del arroyo había marcas de dedos, 5 alargados, como si hubieran arrastrado una mano. Me apure la charola, peso más. Ese día el rumor del hombre perdido corrió en serio. En la tarde 2 lanchas bajaron por el río con ganchos largos. Yo no fui a ver, no por cobarde, por respeto, me entretuve limpiando la bicicleta. La cadena cantó cuando le eché aceite afuera, los niños pasaban con máscaras y capitas negras. Uno traía una calavera de cartón con hoyos de ojos demasiado grandes.
16:55 Sentí el impulso de meterlos a todos a mi casa, darles chocolate y contarles otra historia, una donde todo termina bien y nadie muerde a nadie. No lo hice, cada quien lleva su miedo como puede. La noche del 2 de noviembre me armé de valor y fui al puente viejo. No iba a la brava. Llevaba conmigo una bolsa de maíz tostado y un frasco de sal. No soy brujo ni nada, pero los viejos en el mercado dicen que el maíz distrae cosas y que la sal delimita territorio. Llegué cuando el sol ya se había ido del todo, pero el cielo todavía guardaba una cáscara de luz en el oeste. Me paré al inicio del puente y Esparcí Ma hice en una franja ancha, luego hice una línea de sal de baranda a Baranda, el aire olía a carrizos mojados, la piel de los brazos se me puso chinita, no pasó nada, un buen rato, el río MURMULLO. Por fin las ranas dijeron lo suyo, un murciélago me rozó el pelo.
18:06 Me quedé ahí sin cruzar con la bolsa abierta en la mano. A los 10 minutos escuché un roce de uñas contra piedra, el mismo de aquella noche, pero muy leve. Como prueba tímida, no pensé agaché la cabeza y hablé en voz baja, sin rezos, sin fórmulas, con palabras de barrio, que no buscaba pleito, que venía a dejar comida para que me dejara en paz y dejara a los míos, que aquí nos tocaba vivir y trabajar. Y que si algo le hicieron que lo amarró a ese lugar, yo no iba a soltarlo ni a pelear, nomás quería pasar.
18:46 Lo dije sin levantar la vista. El zumbido del río pareció asentir, dejé la bolsa en el suelo y me retiré caminando de espaldas. El maíz crujió cuando algo lo pisó del otro lado de la línea de sal no crucé, no, esa noche, desde entonces cambié mis rutas. De madrugada uso el puente nuevo, aunque me cueste más tiempo en fiestas, cuando el aire trae cempasúchil y azúcar, no piso la piedra vieja. Y si por alguna razón la vida me arrincona contra ese arco de sombras, llevo algo que pueda dejar pan, sal, maíz, tabaco.
19:29 No por superstición, por trato, 2 años después, en otra víspera de Halloween. Un pescador me contó que en los bajos del puente viejo oyó una carcajada corta y un chapoteo y que al amanecer hallaron huellas de manos en la arena. Grandes ondas como hechas por dedos de madera se santiguó y dijo que ahí no acampaba más. Yo asentí con la cabeza. No me vio la sonrisa. No era alegría, era reconocimiento. ¿Como cuando ves a un viejo enemigo cruzar la calle y por 1 segundo, recuerdas que ambos siguen aquí? Mi madre todavía moja el pulgar en agua bendita y me marca la frente antes de salir.
20:17 Lo acepto. No se pelea con la costumbre por las noches, cuando paso frente al altar, toco la esquina de la foto del abuelo Hilario y le dejó un pedacito de pan. Eso también es trato. Los muertos comen humo, dicen, los otros comen maíz. Uno aprende a poner la mesa para todos sin mezclar platos. Si algún día pasan por papantla y alguien les ofrece acortar camino por el puente viejo. Piénsenlo, hay noches en que la piedra está bien dormida y sólo van a escuchar el agua y los grillos. Hay otras en que la piedra respira y hasta parece hueso.
21:00 Si en esa sienten un olor agrio, como de ocote quemado con barro y hierro, no corran como locos, bajen la mirada, suelten lo que traen de sobra y crucen con respeto, con la vista al frente, sin mostrar los dientes. Hay hambres que no se sacian, pero se sosiegan y a veces eso alcanza para llegar del otro lado con la piel completa. Buenas noches, Inframundo y a toda la Comunidad me presento, me llamo Raúl Mendoza y lo que voy a contar sucedió en la víspera de Halloween del 2006 en un pequeño pueblo de Zacatecas. Donde crecí rodeado de historias de Brujas aparecidos y, sobre todo, nahuales.
22:04 Aquel año el pueblo estaba más vivo que nunca. En esas fechas. Los altares se alzaban en cada esquina con velas que ardían desde temprano y el olor de las flores impregnando el aire seco. En la plaza ya habían colocado un escenario improvisado para un concurso de disfraces. Los niños corrían con máscaras de plástico y capas brillantes que vendían en el tianguis y los jóvenes paseaban con bolsas de dulces mientras se reían en medio de las sombras alargadas que daban los faroles viejos. Yo tenía 22 años y trabajaba en un taller de Hojalatería con mi tío.
22:50 Esa tarde cerramos temprano porque todos en el pueblo sabían que llegada la medianoche, las calles se quedaban en como si el aire mismo se escondiera. Mi madre insistió en que no saliera. Decía que los nahuales Merodeaban esa noche, que los animales del campo se agitaban sin razón y que a la orilla del panteón viejo se escuchaban gritos que no eran de vivos ni de muertos. Yo no creía del todo, pero tampoco me burlaba. Sabía que la víspera de Halloween no era cualquier día. Era cuando los perros aullaban en dirección contraria a la Luna, cuando los gallos cantaban antes de tiempo y cuando las sombras parecían crecer más de la cuenta.
23:43 Salí con un grupo de amigos. Caminamos entre el bullicio de la plaza. Riendo, nerviosos, viendo como los niños jugaban a espantar con máscaras de calavera el aire olía a copal y pólvora por los cohetes que tronaban cerca del templo. Recuerdo haber pensado que ese ambiente de fiesta era engañoso, como un velo que apenas cubría algo mucho más oscuro. Ya cerca de las 11:00 nos alejamos del centro. Queríamos probar el valor yendo al panteón viejo. Un sitio abandonado en las afueras del pueblo, rodeado de Mezquites y Nopales.
24:26 Los ancianos decían que ahí aparecían los nahuales y que si alguien tenía la mala suerte de verlos de frente, su vida jamás volvía a ser la misma. El camino hacia el panteón estaba cubierto de Tierra seca y piedras a los lados. Algunas casas viejas permanecían apagadas, como si sus dueños hubieran huido del ruido. Los perros se quedaron callados de golpe y en ese silencio pesado escuchamos pasos extra, no los nuestros. El viento trajo consigo un olor penetrante, mezcla de orines de animal y sangre fresca.
25:11 Al llegar, la reja oxidada del Panteón estaba abierta. La Luna llena iluminaba las tumbas partidas y las cruces chuecas que se alzaban como huesos torcidos. A lo lejos vimos luces de veladoras encendidas en altares improvisados. Nos acercamos en silencio y fue entonces que lo escuchamos, un gruñido bajo, como si viniera desde el vientre de la Tierra un caballo relinchó en la distancia. Aunque en esa zona no había establos, los murciélagos revoloteaban sobre nosotros, chocando entre sí como si estuvieran desesperados entre las lápidas vimos movimiento. Primero pensé en perros callejeros, pero no eran figuras agazapadas de tamaño humano que se arrastraban en cuatro patas con movimientos torpes y violentos. La primera figura salió a la luz. Tenía cuerpo de perro enorme, pero la cabeza era casi humana, cubierta de pelo y con ojos amarillos que brillaban con un resplandor enfermizo.
26:26 Su hocico era alargado, pero la mandíbula se torcía como si no estuviera terminada de transformarse. Otro ser apareció detrás, con brazos largos y uñas como garras, la piel oscura y marcada con cicatrices. Uno de mis amigos soltó un quejido ahogado. Yo no podía moverme, sentía como el aire me oprimía el pecho, el olor a hierro se hizo insoportable. Las criaturas se nos quedaron viendo. No eran simples animales, eran hombres convertidos, nahuales de los que hablaban los viejos, con la habilidad de cruzar entre piel y piel, mitad bestia, mitad humano.
27:13 De pronto, un alarido rompió la noche. No era grito de animal ni de persona. Era algo intermedio tan fuerte que hizo vibrar las cruces metálicas. Los perros del pueblo comenzaron a aullar al unísono como si respondieran a una orden. El suelo bajo nuestros pies se estremeció. Corrimos hacia la reja, pero el camino se alargaba como si no tuviera fin. Entre las tumbas. Los nahuales avanzaban rápido, rodeándonos. Uno de ellos saltó sobre una lápida y bajo la luz de la Luna VI cómo su piel se desgarraba, mostrando un rostro humano deformado, con ojos desorbitados y una sonrisa rota.
28:04 Llegamos a la salida. Y justo ahí, sobre la reja, había otra figura. Estaba erguida, con un sombrero viejo, el torso desnudo, cubierto de tatuajes que parecían símbolos antiguos. Sus ojos eran 2 Carbones ardiendo. Nos observó sin moverse. El aire se volvió espeso y un zumbido extraño se metió en nuestros oídos haciéndonos perder el equilibrio. No recuerdo cómo cruce, sólo sé que cuando caí en el camino de Tierra, las campanas del templo repicaron la medianoche.
28:45 Halloween había comenzado. Las criaturas se quedaron en el Panteón como si una barrera invisible les impidiera salir desde afuera. Aún podíamos verlos agitarse, golpeando las cruces y arañando la Tierra. Regresé a casa con la ropa cubierta de polvo. Y el corazón a punto de reventar. Mi madre estaba esperándome en el altar, rezando frente a las velas. Cuando me vio, me abrazó fuerte. Yo temblaba afuera, los cohetes seguían tronando, los niños seguían gritando, disfrazados. La fiesta del pueblo continuaba, pero en el Panteón algo había despertado y yo sabía que no volvería a dormir igual desde aquella víspera de Halloween.
29:35 Cada que escucho un perro aullar en dirección al panteón viejo me persigno sin pensarlo y cuando paso frente a él evito mirar dentro porque sé que los nahuales siguen ahí aguardando la noche en que alguien más se atreva a cruzar esa reja. Buenas noches a toda la audiencia de esta comunidad. Mi nombre es Santos Gutiérrez y lo que voy a contar sucedió en la víspera de Halloween del 2010 en un pequeño poblado de Hidalgo. No es un simple relato de miedo, fue la noche en que vi enfrentarse a 2 fuerzas oscuras y hasta hoy. Me pesa haber estado ahí para atestiguarlo. Yo trabajaba en el campo cuidando animales en los sembradíos.
30:42 Ese octubre empezaron a desaparecer borregos y gallinas de varios ranchos. No encontrábamos rastros de ladrones, pero sí señales de algo peor, patas grandes, mezcla de huella humana con garras. A veces escuchábamos gruñidos en la madrugada como de perro gigante. Y los perros del pueblo se escondían bajo las casas en lugar de ladrar. Mi abuelo decía que era una nahual, que Halloween era la fecha en que más fuerza tenía porque se alimentaban de la oscuridad y del miedo de la gente. Yo no quería creerlo hasta que lo vi con mis propios ojos. La noche del 31 el aire estaba más frío que nunca. A lo lejos se escuchaba el repique de campanas en el panteón, como si alguien rezara en secreto. Esa noche no me quedé en casa.
31:42 Acompañé a un par de amigos a vigilar los corrales. Llevábamos lámparas y machetes. Poco antes de la medianoche escuchamos un chillido de animal entre los sembradíos. Corrimos hacia allá y lo vimos. Era una bestia negra enorme. Con el lomo arqueado y ojos rojos que brillaban como brasas, su piel parecía arder por dentro y cada vez que gruñía se le veían colmillos largos chorreando sangre fresca. Nos miró directo y avanzó lento, como disfrutando de nuestro miedo. El suelo temblaba bajo sus patas. Uno de mis amigos gritó que corriéramos, pero nos paralizó el horror.
32:29 Justo cuando creímos que nos lanzaría encima de la nada, apareció una anciana en medio del camino. Era doña Jacinta, la bruja del pueblo. Nadie la quería cerca porque decían que hablaba con muertos y curaba con huesos. Vivía sola en una choza olvidada por todos. Esa noche, con la Luna llena iluminando su rostro arrugado, se plantó frente al nahual sin retroceder. Llevaba en la mano un bastón torcido, adornado con cintas negras y collares de hueso. Sus ojos no temblaban la bestia gruñó enseñando los colmillos, pero ella alzó la mano y comenzó a murmurar palabras que no entendimos. Un rezo extraño, gutural, que erizaba la piel. El nahual saltó hacia ella.
33:25 Yo cerré los ojos pensando que la destrozaría, pero al abrirlos vi algo que Melo, la anciana, lo había detenido en el aire con un gesto de su bastón. La bestia se retorcía como atrapada en cadenas invisibles. Chillaba, mordía, pero no podía tocarla. El aire se volvió pesado. Un viento helado salió de la Tierra levantando polvo y hojas secas alrededor de ambos. Doña Jacinta seguía murmurando cada vez más fuerte y el nahual empezó a cambiar su pelaje. Se caía en mechones, revelando la piel sudorosa de un hombre que forcejeaba dentro de aquella forma.
34:08 Era tomás, un vecino del pueblo, un viejo terco que siempre había tenido fama de brujo menor. Sus ojos brillaban con rabia, mitad humano, mitad bestia. Gritaba cosas sin sentido. Prometía maldiciones, pero la bruja no se detuvo. De pronto, el nahual recuperó fuerza y lanzó un alarido que quebró el silencio. El viento apagó las lámparas y nos quedamos en completa oscuridad, solo iluminados por la Luna. Entonces comenzó el verdadero horror. El cuerpo de Tomás creció de nuevo tomando otra forma. Mitad hombre, mitad animal, con garras que brillaban bajo la Luna, la bruja golpeó el suelo con su bastón y una llamarada salió del polvo, rodeándolos a ambos en un círculo de fuego. Era como si los 2 hubieran quedado atrapados en un campo de batalla invisible, separados de nosotros. Los vimos enfrentarse.
35:17 El nahual saltaba y gruñía. Pero cada ataque era contenido por la anciana con movimientos de su bastón. Ella, frágil y encorvada, parecía sostenerse apenas, pero no cedía. El fuego iluminaba sus rostros, la furia del monstruo y la concentración de la bruja. De pronto, el nahual consiguió arañarla en el brazo. Un chorro de sangre cayó sobre la Tierra. Y el olor metálico llenó el aire. La anciana gritó de dolor, pero no retrocedió con su sangre. Pintó símbolos en el suelo y los selló con la punta del bastón.
36:02 El círculo de fuego se cerró más aprisionando a la criatura. El monstruo chillaba golpeando contra la barrera mientras la piel humana de Tomás Asomaba entre el pelaje. Sus ojos ya no eran de hombre ni de animal. Eran 2 huecos negros que reflejaban puro odio. La anciana gritó palabras que nadie pudo entender. El fuego creció hasta envolver al nahual. Sus alaridos se convirtieron en chillidos inhumanos. El aire se llenó de olor a carne quemada y a Tierra mojada. El monstruo se revolvía, pero el fuego lo consumía.
36:45 Cuando el humo se disipó, no quedó rastro del animal. En el suelo yacía el cuerpo carbonizado de Tomás, con las facciones todavía torcidas por el odio. La bruja cayó de rodillas agotada y apenas alcanzó a decirnos nunca. Olviden que no todo monstruo viene de fuera. Algunos nacen en el mismo pueblo. Después de eso se levantó con dificultad y se perdió entre la neblina. Nunca más volvimos a verla. Dicen que murió días después en su choza, pero nadie se atrevió a entrar a comprobarlo. Desde aquella noche, en cada Halloween nadie se aventura por los sembradíos. Los animales duermen encerrados y el pueblo entero guarda silencio, como si temiera despertar otra vez la furia de un náhuatl.
37:40 Yo aún escucho en mis noches más oscuras. El eco de aquellos alaridos atrapados en el fuego. Buenas noches, comunidad del Inframundo. Mi nombre es Alberto Estrada y lo que voy a contar sucedió en la víspera de Halloween del 2008. En un pueblo pequeño de Guerrero, rodeado de Cerros y sembradíos de maíz, ese año algo extraño comenzó a inquietar a todos. A mediados de octubre los animales del pueblo empezaron a desaparecer.
38:31 No era un robo común, una noche se esfumaban las gallinas de un corral, a la siguiente se perdía un puerco y días después amaneció un becerro desgarrado. Como si lo hubieran arrastrado hacia el monte. Los perros ladraban sin parar, pero nadie veía nada. Las mujeres del pueblo encendían Veladoras en las puertas para espantar lo que fuera que rondaba. Los hombres vigilaban armados con machetes, pero nada servía en la Tierra que daban huellas profundas. Como de un perro demasiado grande, mezcladas con marcas de garra que parecían humanas.
39:16 Conforme se acercaba Halloween, los rumores crecieron. Decían que era un nahual, alguien del mismo pueblo que había vendido su alma para tomar forma de animal y alimentarse de la sangre de los corrales. Mi abuela nos lo advirtió, el nahual no roba por hambre. Roba por poder y cuando llega Halloween su fuerza se multiplica. La noche del 31 todo el pueblo se reunió en la plaza. No era para celebrar, sino para hacer guardia. Encendimos fogatas, sacamos rifles, viejos machetes y hasta azadones. Había un miedo denso de esos que hacen que nadie levante la voz. Cerca de la medianoche, los perros comenzaron a aullar hacia los sembradíos.
40:14 Corrimos todos hacia allá. Entre las hileras de maíz se escuchaba un crujido fuerte, como si algo enorme se moviera destrozando las Cañas. El olor a sangre fresca nos golpeó antes de ver nada. De pronto, entre las plantas apareció la criatura tenía el cuerpo de un animal negro. Del tamaño de un toro, pero con patas largas y deformes. Su lomo estaba cubierto de pelaje grueso y oscuro que se erizaba como lanzas. Los ojos rojos brillaban en la oscuridad y sus fauces chorreaban la sangre de un becerro que acababa de arrancar del corral vecino.
40:59 Los hombres lo rodeamos alumbrándolo con antorchas, el nahual gruñó con un sonido grave que. No celó la sangre, no era un simple animal. Sus patas delanteras parecían casi brazos humanos, con dedos largos terminados en garras. Disparamos al aire y lanzamos piedras, pero no retrocedió. Se abalanzó sobre nosotros, derribó a 2 hombres de un solo salto, desgarrándole la ropa con las uñas. El gentío gritaba, pero nadie corrió. Nos armamos de valor porque sabíamos que si no lo enfrentábamos esa noche, jamás volveríamos a tener paz. El alcalde gritó que lo cercáramos. Formamos un círculo con machetes y antorchas, cerrando cada paso. El nahual golpeaba con furia, mordiendo y arañando, pero la multitud era más con sogas gruesas. Lo amarramos de patas y cuello mientras la bestia. Se retorcía con una fuerza descomunal. Lo arrastramos hasta la Plaza del Pueblo, frente a todos las mujeres y los niños miraban aterrados. El fuego de las antorchas iluminaba al monstruo que seguía gruñendo con los ojos fijos en nosotros, como prometiendo venganza.
42:26 Ahí, en medio de la multitud, uno de los más viejos del pueblo tomó un machete y dijo que había llegado la hora de acabar con él. Se alzó el arma en y de un solo tajo le cortó la parte superior del cuello. El alarido que solto no fue de animal ni de humano, fue un chillido que retumbó en los cerros. Lo que sucedió después nos dejó sin aire. El pelaje grueso del cuerpo empezó a desprenderse, cayendo en mechones sobre la Tierra. La piel se encogió y se fue replegando, revelando poco a poco la figura de un hombre.
43:10 Todos retrocedimos un paso cuando lo vimos con claridad, era Don Julián, un anciano del mismo pueblo. Siempre había vivido solo en una choza al borde del río, apartado de todos. Con fama de huraño, algunos decían que era brujo, pero nadie lo había comprobado. Ahora, frente a nuestros ojos, su cuerpo desnudo y marchito, y hacía donde antes estuvo la bestia, las mujeres lloraron, los hombres se persignaron. Nadie podía creerlo. Yo lo había visto tantas veces caminar lento con su bastón por la calle. Y ahora.
43:51 Resultaba ser el monstruo que nos robaba a los animales. Esa madrugada enterramos su cuerpo sin ceremonia lejos del camposanto. El pueblo quedó en silencio, roto por el miedo. Nadie celebró Halloween ese año. Con el tiempo volvieron las risas y la rutina. Pero yo jamás olvidé esa noche porque vi con mis propios ojos como un nombre del pueblo. Se transformaba en un nahual y entendí que no todas las leyendas son cuentos. Algunas caminan entre nosotros disfrazadas de viejos, esperando la noche justa para desatar el terror.
44:41 ¿Te imaginas haber convivido con personas no vivas? O aparecidos en lo más profundo del metro de la Ciudad de México. Esta y otras historias las encontrarás en el podcast oscuro Inframundo. Solamente tienes que darle click al vídeo recomendado o puedes buscarnos como oscuro Inframundo en Spotify.
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