4 HISTORIAS DE HALLOWEEN ATERRADORAS 🎃 | RELATOS DE TERROR REALES
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0:00 El pañuelo de la bruja, basado en la anécdota de Lorena Castañeda, relatos de Halloween. Me llamo Lorena Castañeda, y lo que voy a contar ocurrió en Halloween del 2019, una fecha que la mayorÃa asocia con dulces, fiestas y disfraces. Para mi familia, desde aquel año, es una herida que no ha cerrado. Lo que sucedió no fue una broma, ni un juego de la mente. Fue real, tangible, y dejó cicatrices que aún sangran. Mi hermana menor, Mariela, y yo estudiábamos en la Universidad Autónoma Benito Juárez de Oaxaca.
0:46 Trabajábamos medio tiempo en una cafeterÃa, y como nunca salÃamos a fiestas, una amiga nos insistió en ir a una reunión que organizarÃa en su casa para celebrar Halloween. Por presión y por salir de la rutina, aceptamos. la noche anterior a la fiesta nuestra amiga avisó que serÃa de disfraces no tenÃamos nada preparado después del trabajo decidimos pasar por el mercado de la merced a ver qué encontrábamos la mayorÃa de los locales ya estaban cerrando pero en una esquina solitaria habÃa una mujer anciana con un pequeño tenderete improvisado. VendÃa máscaras de plástico, capas baratas, sombreros de bruja y algunos trapos sucios con diseños de calaveras. Yo elegà un vestido negro que podÃa combinar con un sombrero viejo que tenÃa en casa. Mariela, sin embargo, Se sintió atraÃda por un pañuelo morado bordado con hilos dorados. TenÃa un diseño extraño en el centro, como una espiral rodeada de sÃmbolos que nunca habÃa visto. La anciana lo envolvió en una bolsa negra y sin decir palabra nos cobró.
2:07 Caminamos de regreso con una sensación pesada, pero lo atribuimos al cansancio. La noche de Halloween comenzó como cualquier otra. Mariela se colocó el pañuelo amarrado al cuello como parte de su disfraz y se veÃa espectacular. En el trayecto noté que su piel empezó a empalidecer. Al llegar a la fiesta ya no hablaba. Apenas cruzamos la puerta cayó al suelo. CreÃmos que se habÃa desmayado. Pero cuando la revisaron tenÃa fiebre alta. La piel del cuello estaba llena de manchas negras y su respiración era muy débil. La llevamos al Hospital General de Oaxaca. Los doctores no encontraban explicación para su estado. Le hicieron pruebas de alergias, intoxicaciones, infecciones, pero nada coincidÃa. Las manchas se expandieron. Su cuello se tornó morado. Luego verdoso, como si la piel muriera en vida.
3:11 La internaron en terapia intensiva y nos dijeron que estaba en estado crÃtico. Nadie entendÃa cómo un simple pañuelo pudo desencadenar aquello. Pasaron los dÃas. Mariela no despertaba. Su cuerpo mostraba señales de necrosis desde el cuello hasta la espalda. Mi madre enloquecÃa de impotencia, y mi padre se aferraba a rezar cada noche afuera del hospital. Yo me volvà un espectro de mà misma. Cargaba la culpa sobre los hombros, pues fui yo quien la llevó hasta ese maldito puesto. Fui yo quien ignoró la sensación extraña que sentà al ver a esa anciana. Una vecina nos recomendó visitar a una mujer que hacÃa limpias en San AgustÃn Etla. En un principio me negué, pero ya no habÃa opciones. Fui a buscarla un viernes por la tarde. La casa era pequeña, rodeada de veladoras apagadas y figuras de santos rotos. Cuando le conté lo ocurrido, me interrumpió para preguntarme si aún tenÃa el objeto que habÃa usado mi hermana le mostré el pañuelo la mujer no lo quiso tocar me dijo que eso no era una prenda común alguien la usó para envolver el cuerpo de una bruja que habÃa sido enterrada viva décadas atrás Una mujer que murió maldita, con odio,
4:42 y que juró regresar a través de lo que tocaran sus huesos. El pañuelo habÃa sido encontrado en una exhumación clandestina en Saachila, y vendida como antigüedad por personas que ignoraban su origen. La mujer me dijo que el espÃritu de esa bruja habÃa vuelto a través del pañuelo, alimentándose de la vida de mi hermana. Si no se destruÃa el vÃnculo, Mariela morirÃa. Esa noche quemamos el pañuelo en un terreno alejado, bajo la guÃa de la curandera. El humo que salió era denso, verdoso y olÃa a carne quemada.
5:25 Al dÃa siguiente, mi hermana despertó. TenÃa los labios secos, los ojos perdidos, pero estaba viva. Los médicos no supieron explicar su recuperación repentina. Dijeron que era un milagro. Las manchas en su piel fueron desapareciendo con el tiempo, aunque algunas cicatrices aún le recorren la espalda como raÃces muertas. Nunca volvió a ser la misma. Tiene sueños extraños, habla dormida y a veces se queda mirando a la nada con una expresión helada. La anciana del mercado nunca volvió a aparecer. El lugar que ocupaba estaba vacÃo al dÃa siguiente.
6:09 Nadie la conocÃa. Nadie supo quién era. Desde entonces, no celebramos Halloween, no por miedo a los disfraces o a las historias de miedo, sino porque sabemos que lo sobrenatural no siempre se esconde bajo la cama. A veces, viaja en la tela de un objeto viejo, y cuando se activa, no pide permiso para arrastrar a alguien al infierno. La anciana de la puerta, basado en la anécdota real de Ernesto Quintero, relatos de Halloween. Buenas noches comunidad, me llamo Ernesto Quintero. Lo que voy a relatar sucedió en la noche de Halloween del 2015, en un barrio al sur de Guanajuato.
7:06 Aquel año, como muchas otras veces, me quedé solo en casa. Mis padres habÃan viajado a San José y Turbide para pasar el fin de semana con mis abuelos y se llevaron a mis dos hermanos menores. yo preferà quedarme era un adolescente con pocos ánimos de convivios familiares esa tarde la pasé con unos amigos jugando videojuegos y molestando a los niños que pedÃan dulces por el vecindario al anochecer regrese a casa vi una pelÃcula de terror cené algo rápido y me acosté en el sillón Eran la una de la madrugada cuando apagué la televisión y me levanté para subir a mi cuarto. Justo cuando apagaba la luz de la sala, escuché que tocaban la puerta. Pensé que era una broma. A esa hora ya no habÃa nadie afuera.
8:05 Al asomarme por la mirilla, vi a una anciana. Me quedé congelado. Era Doña Romualda, una mujer que vivÃa a dos calles, conocida por andar siempre sucia, con el cabello desgreñado y hablando sola. DecÃan que tenÃa problemas mentales y que alguna vez habÃa vivido en un hospital psiquiátrico. Un dÃa antes, mis amigos y yo nos habÃamos burlado de ella en la calle. Le gritamos cosas mientras ella nos miraba con desprecio. Supuse que habÃa venido a reclamar, pero algo no cuadraba. No se movÃa. Estaba ahÃ, tiesa frente a la puerta. Su vestido estaba mojado a la altura de la entrepierna y un olor fuerte a orina traspasaba incluso la madera. Llevaba una camiseta sin mangas, con las axilas manchadas, sudorosas, y su piel arrugada colgaba como costales viejos.
9:05 Me acerqué lentamente para abrir, no por cortesÃa, sino por miedo. QuerÃa que se fuera. Cuando la puerta se entreabrió, la peste me golpeó directo al estómago. El aliento que salÃa de su boca era asqueroso. Sus dientes estaban podridos, cubiertos de una espuma amarillenta. No logré entender lo que dijo. Solo hizo un sonido gutural, como si intentara hablar sin aire. Di un paso atrás, la empujé con instinto y ella cayó sobre la banqueta. No gritó, no se enojó. Se echó a reÃr como una desquiciada. Le cerré la puerta en la cara. Comencé a caminar hacia las escaleras. Pero antes de subir, escuché que volvÃa a golpear. No con los nudillos, sino con los puños. Fuerte. Era como si golpeara con furia, con una fuerza descomunal para su edad.
10:06 Me acerqué de nuevo, apoyando el cuerpo contra la puerta para evitar que la abriera. Sentà como algo empujaba desde afuera, cada vez con más intensidad. Mi corazón latÃa con violencia. Me sudaban las manos. Escuchaba su risa del otro lado, una carcajada aguda que subÃa de tono mientras presionaba contra la puerta. No habÃa nadie más con ella, no oÃa pasos, ni voces. Era solo esa vieja empujando con una energÃa antinatural. Rascuñaba la madera, hundÃa las uñas en el marco. Imaginé que si lograba entrar me matarÃa. No sabÃa qué hacer, querÃa correr por la parte trasera de la casa, salir por la cochera, pedir ayuda, pero no podÃa moverme. estaba paralizado del miedo luego todo se detuvo la risa los golpes los empujones un silencio absoluto cubrió la casa esperé varios segundos Me alejé de la puerta con cautela. Cuando creà que todo habÃa acabado, sentà un soplo helado sobre mi nuca. No querÃa voltear. SabÃa lo que encontrarÃa, pero algo me obligó a hacerlo. Ahà estaba, pegada a mi espalda.
11:31 Su cara tan cerca de la mÃa que podÃa sentir el calor de su aliento. Su mirada era vacÃa pero llena de rencor. No me gritó, no se movió. Solo me observaba con una sonrisa torcida, una mueca deformada. La piel del rostro colgaba como si estuviera derritiéndose. Sus ojos eran lechosos, opacos como los de un muerto. Me desmayé. Desperté tirado en el piso de la sala. Me habÃa orinado encima. Apenas me puse de pie, la puerta se abrió. Entraron mis padres. Iban vestidos de negro, cargaban bolsas con pan y flores. VenÃan del velorio de un vecino. Me vieron en el suelo, pálido, temblando, con los ojos llenos de terror. no entendÃan nada les conté lo que habÃa pasado no me creyeron revisaron la casa no habÃa rastros de nadie revisaron la calle vacÃa entonces me dijeron lo que me rompió por dentro la persona que acababan de enterrar era doña romualda habÃa muerto esa tarde una embolia la encontró sola en su cama Nadie notó su ausencia hasta que su cuerpo comenzó a oler y los vecinos llamaron a la policÃa. Jamás volvà a dormir tranquilo en esa casa. Cada Halloween, aunque lo intente, no puedo cerrar los ojos sin imaginar su rostro pudriéndose frente a mÃ.
13:05 Sus uñas arañando la puerta y su aliento helado soplándome la nuca. Un niño bajo la cama. Relato basado en la experiencia de Daniela Herrera. Relatos para noches de Halloween. hola comunidad de inframundo mi nombre es daniela herrera soy originaria de querétaro esto ocurrió en la noche de halloween del 2013 cuando tenÃa 22 años aquel dÃa estaba esperando a un amigo en el parque de la esquina cerca de mi edificio mientras acariciaba a mi gato saúl que dormÃa entre mis brazos Fue entonces cuando lo vi. Un niño de ropas blancas, como disfrazado de fantasma, apareció jugando a pocos metros de donde yo estaba sentada. No lo escuché llegar, simplemente apareció. Llevaba una túnica blanca manchada de tierra. y una máscara con forma de calavera que le cubrÃa completamente el rostro. CorrÃa de un lado a otro, sin hacer ruido alguno, sin soltar ni una sola risa. Era más bien una coreografÃa de movimientos torpes, casi como si imitara lo que habÃa visto hacer a otros niños. Se detuvo frente a mÃ, fijando sus ojos a través de los
14:39 orificios de la máscara. No en mÃ, sino en Saúl. Sentà un escalofrÃo. El niño no dijo nada. Solo se acercó lentamente, estirando los brazos hacia el gato. Quise hablarle, pero algo me contuvo. En ese momento llegó Alan. un amigo con quien habÃa estado enojada los dÃas anteriores. Subà a su auto y nos fuimos a su casa. La cena con su familia fue tranquila, cálida. El ambiente era relajado. Ya en el camino de regreso, nos reconciliamos y me dejó en la puerta de mi edificio pasadas las doce.
15:19 Esa noche me dormà con el alma liviana, sintiendo que todo volvÃa a acomodarse en su sitio. Pero la calma fue efÃmera. A las tres de la madrugada me despertaron los maullidos desesperados de Saúl. ProvenÃan de debajo de la cama. A ratos lloraba, a ratos gruñÃa. Intenté llamarlo, pero no respondió. Encendà la lámpara de buró. No funcionó. Me incorporé, bajé los pies al suelo, y justo al tocar el piso, sentà que algo empujó el colchón desde abajo con violencia. El golpe me sacudió la columna y un grito se me atoró en la garganta. Salà corriendo del cuarto, temblando, descalza, sin rumbo. Me detuve en el comedor, abrazándome a mà misma, tratando de encontrar una explicación. Pensé en ratas, en alguna vibración, cualquier cosa, pero algo se habÃa movido bajo mi cama.
16:23 Algo que no debÃa estar allÃ. Los maullidos regresaron. Ya no eran de angustia, sino de sufrimiento. Decidà regresar. Saúl era lo único que tenÃa. Apenas entré, el silencio me envolvió. Toqué el interruptor. Nada. Todo seguÃa en penumbras. Me acerqué a tientas hacia la cama, llamándolo una vez más. Fue entonces cuando escuché un susurro, como un aliento húmedo y frÃo que salÃa desde una de las esquinas de la habitación. Giré lentamente. En la penumbra distinguà una silueta agachada. Un niño.
17:03 VestÃa la misma túnica blanca y la misma máscara de calavera. Pero ya no parecÃa un disfraz. Su cuerpo era desproporcionado, con los brazos más largos que las piernas y los dedos deformes. TenÃa en sus manos a Saúl. En una, el cuerpo inerte. En la otra, la cabeza separada. La sangre goteaba sobre el suelo, formando un charco denso que parecÃa moverse por sà solo. Retrocedà con un grito contenido. Aquella cosa levantó el rostro. Desde la máscara salÃan chorros de un lÃquido negro, espeso como alquitrán. El niño no respiraba, no se movÃa, pero estaba vivo. Sus ojos brillaban desde los agujeros como brasas apagadas. Fue en ese instante cuando corrÃ.
17:56 Golpeé la puerta del vecino con los puños hasta que abrió. Le rogué que llamara a la policÃa. En cuestión de minutos, varios vecinos estaban reunidos afuera de mi departamento. Cuando los oficiales entraron, no hallaron al niño. Revisaron cada rincón. No habÃa ventanas abiertas, ni salidas ocultas. Yo vivÃa en el quinto piso. No habÃa forma de que alguien escapara sin ser visto. Encontraron el cadáver de Saúl, tal como lo vi, el cuerpo y la cabeza, separados con una precisión inhumana. Esa noche dormà en casa de Alan. Le conté todo, esperando su comprensión. No la obtuve. Dijo que era imposible, no porque no creyera en fantasmas, sino por lo que él habÃa visto. me confesó que cuando llegó por mà al parque no habÃa ningún niño jugando cerca él habÃa estado observando desde antes de que yo lo notara nunca vio al supuesto niño de blanco según él yo estuve sentada sola todo el tiempo no le insistà me fui pero desde entonces no he podido dormir en completa oscuridad Aquella cosa no era un niño, era una presencia disfrazada, una sombra vestida con la inocencia robada de algún infante que ahora camina las noches de Halloween buscando tocar lo
19:27 que aún está vivo. Nunca más volvà a ver al niño de blanco pero a veces, cuando cierro los ojos, aún escucho los maullidos de Saúl y en mi mente el sonido de algo húmedo arrastrándose bajo la cama. La última puerta Basado en la anécdota de Héctor Camacho Relatos de Halloween Me llamo Héctor Camacho. Trabajo como vigilante nocturno en una bodega de materiales ubicada al final de la avenida Obregón, en Ciudad Madero, Tamaulipas. Lo que estás por leer no es una leyenda, ni una exageración. Es lo que vivà una noche de noviembre. Pocos dÃas después de Halloween, Ick me dejó marcado para siempre. El trabajo como velador era tranquilo. Solo debÃa hacer rondines cada dos horas, revisar cámaras y asegurarme de que las puertas y candados permanecieran cerrados.
20:38 Con el tiempo aprendà a moverme entre los pasillos oscuros sin miedo. La bodega es amplia, con techos altos de lámina, estanterÃas oxidadas, montones de costales y una puerta trasera que da a un terreno baldÃo lleno de maleza. Esa puerta siempre me pareció extraña, no porque fuera diferente, sino porque nunca tenÃa llave. Nadie sabÃa quién la instaló ni por qué jamás se usaba. Esa noche, la brisa del golfo era fuerte, y traÃa consigo un olor rancio, como a carne mojada. Desde el inicio de mi turno, sentà una presión en el pecho, y me sentà muy triste. Una especie de ansiedad que me erizaba la nuca. Pensé que era el frÃo. Encendà el calentador eléctrico de la caseta y revisé las cámaras. Todo estaba normal. Al dar la primera ronda, el foco del pasillo central parpadeaba con intensidad.
21:39 Lo cambié por uno nuevo, pero seguÃa fallando. Las sombras que proyectaban las tarimas vacÃas me ponÃan nervioso. En el segundo pasillo, sentà que algo pasaba por detrás. Giré de inmediato, pero no habÃa nada. Sólo el crujir del techo y el zumbido de las lámparas. Regresé a la caseta, pero algo me hizo voltear a la pantalla de la cámara 3. La puerta trasera estaba abierta. Salà de inmediato. La encontré cerrada, con el candado puesto. Fui a revisar la grabación, pero el sistema marcaba error. Solo se veÃan rayas distorsionadas y un sonido blanco ensordecedor. Apagué la computadora. El corazón me latÃa con fuerza. HabÃa un presentimiento denso, pegajoso, como si algo me rodeara. A las 3 con 27 minutos, mientras me preparaba café, escuché pasos, primero suaves, luego más marcados. ProvenÃan del fondo, donde está la puerta trasera. Agarré la linterna y salÃ.
22:50 El pasillo parecÃa más largo que de costumbre. Las sombras parecÃan moverse, como si respiraran. Vi la puerta, estaba entornada. El aire helado soplaba desde el otro lado y con él un olor penetrante apodrido, como si alguien hubiera dejado carne muerta bajo el sol durante dÃas. Me acerqué pero, antes de tocarla, algo la empujó desde adentro. Una figura salió corriendo entre los pasillos. Corrà tras ella. Iba vestida de blanco. Era baja, casi como un niño, pero sus movimientos eran torpes y erráticos, como si no supiera cómo usar sus propias piernas. Se desvaneció detrás de una estanterÃa.
23:36 La seguÃa hasta una zona donde se almacenan costales de cemento. Allà estaba, de pie, de espaldas. Su cuerpo temblaba. La lámpara del techo reventó en ese instante y el lugar quedó en penumbra. La linterna alumbró su espalda. Estaba cubierta de un camisón sucio y desgarrado. TenÃa la cabeza aladeada, casi desencajada, y su cuello era anormalmente largo. La criatura giró lentamente. No era un niño. TenÃa la cara pálida, sin labios, los dientes expuestos como huesos rotos, y los ojos eran solo cavidades negras de donde salÃa un lÃquido espeso.
24:20 Su piel colgaba como trapos quemados. El pecho estaba abierto, pero no sangraba, y en su interior solo se veÃan costillas ennegrecidas y lo que parecÃan insectos vivos. Di un paso atrás y caà de espaldas. El espectro se acercó sin hacer ruido, a rastras, a centÃmetros de mi rostro. Sentà su aliento frÃo, seco, cerré los ojos. Pero cuando los abrÃ, estaba solo. La bodega silenciosa. El pasillo vacÃo. No regresé a la caseta. Me quedé sentado en ese rincón hasta que el sol comenzó a asomar. Cuando llegó el supervisor no dije nada. Revisamos las cámaras. Todas fallaban excepto la que apuntaba a la entrada principal. En ella se me veÃa salir con la linterna. Y nada más.
25:19 El resto del sistema no habÃa grabado nada durante tres horas exactas. Esa noche no volvÃ. Pedà un cambio de turno. Pasé tres semanas sin dormir bien. TenÃa pesadillas en las que aquella criatura se arrastraba hasta mi cama y me olÃa. Siempre despertaba con los pies helados y el olor a carne podrida en la nariz. Me llamaron de la empresa. Un nuevo velador habÃa sido contratado. Duró solo dos noches. En la segunda, lo encontraron golpeado, arañado, murmurando cosas sin sentido en la esquina de la caseta. DecÃa que la puerta respiraba. que alguien le hablaba desde dentro. Lo internaron.
26:06 La bodega fue clausurada, pero no por lo que ahà ocurrió, sino porque encontraron restos humanos enterrados en el baldÃo trasero. Cinco cuerpos, todos incompletos, con las extremidades separadas. Las autoridades dijeron que se trataba de algún ajuste de cuentas, pero los peritos no pudieron determinar la fecha de muerte. Los huesos eran recientes, pero al mismo tiempo estaban como momificados. Nunca más volvà a acercarme a esa parte de la ciudad, pero lo que vi esa noche no fue un muerto ni una alucinación. Fue algo más viejo que el dolor, una cosa hambrienta, atrapada detrás de una puerta maldita. Tal vez una bruja que murió sola y fue cubierta con cemento.
26:59 O tal vez alguien abrió lo que nunca debió abrirse. A veces, cuando paso cerca del puerto, siento el mismo aire frÃo, y me llega ese olor rancio otra vez. No importa si cierro los ojos. No importa si rezo o grito. Siempre que eso pasa, escucho pasos. Pequeños. Arrastrados. Como si alguien caminara con los huesos partidos. Querida comunidad, espero que esta entrega les haya gustado. Es un honor para mà pasar un buen rato con ustedes. Muchas gracias por abrirme la puerta de su hogar. Por favor, no olviden dejarme sus comentarios. Esto nos ayuda a seguir trayendo mejor contenido. Me encanta leer sus experiencias y conocernos un poco más. Si el video les gustó, por favor no duden en compartirlo con sus amigos. Esto nos ayuda a llegar a más personas y que la comunidad siga creciendo.
28:05 Un abrazo muy fuerte. Nos vemos en una próxima entrega. Esto fue Inframundo Relatos.
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