4 Aterradores Relatos de TRAILEROS en HALLOWEEN
Querida familia de lo oscuro,bienvenidos a Oscuro Inframundo. En este Podcastescucharás las historias más perturbadoras y estremecedoras, donde el terror semezcla con la realidad. Relatos que van más allá de lo explicable, experienciassobrenaturales, misterios sin resolver, apariciones que desafían la lógica ytestimonios basados en hechos reales.
Prepárate para sumergirte en narraciones llenas de suspenso, horror ymisterio, que exploran lo desconocido:
- Historias de fantasmas
- Apariciones en carreteras y taxis
- Relatos de traileros, militares y sepultureros
- Brujas, nahuales y demonios
- Panteones embrujados y casas malditas
- Experiencias paranormales en ranchos, moteles y hospitales abandonados
Aquí encontrarás lo que nadie más se atreve a contar.
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0:01 No olvides seguirnos en nuestro podcast oscuro Inframundo en Spotify, te aseguro, te encantará abajo. En la descripción te dejo el enlace. El viento de la rumorosa corta la noche como láminas recién afiladas. Aprendí a respetarlo desde la primera vez que sentí el tráiler, flotar medio palmo sobre el carril de la derecha. Me llamo Esteban Varela y esa madrugada de Halloween levanté carga en Mexicali rumbo a Tijuana. Con el presentimiento metido en los nudillos. El altímetro subía lento.
0:57 Los faros mordían la sierra y el asfalto devolvía un brillo enfermo como piel mojada. Me detuve 1 minuto en un paradero vacío. Había un altar armado sobre una mesa de cemento con 2 velas consumidas a medias, una foto húmeda por el sereno y un puñado de cempasúchil en círculos imperfectos. Deje una moneda para no quebrar el equilibrio. Me limpié las manos en el pantalón y volví a la cabina. El olor a flor se metió por las ventilas y se quedó vibrando más fuerte que él. Diesel más insistente que el olor a freno, tibio la subida, reclamó tercera y luego segunda. El viento pego de costado, la caja crujió como madera vieja y el volante se volvió una especie de ancla. En la banda de radio sólo había un siceo sucio. Entre ese ruido creí escuchar una cadencia que reconocí sin entenderla del todo.
2:06 Eran nombres, nombres arrastrados como hojas secas. Apreté los dientes y seguí la línea del carril, como quien sigue el borde de una navaja. El kilómetro negro apareció donde siempre aparece. Con su enjambre de cruces desparejas clavadas en el talud, las VI por reojo, blanqueando la ladera como huesos oreándose. Bajo el viento noté algo que nunca había visto sobre la pintura blanca de la línea discontinua. Había granos de cempasúchil pegados, como si alguien hubiera pasado con la mano abierta, dejando un rastro preciso. Las llantas delanteras pasaron sobre ese polvo y sentí la vibración.
2:55 Cambiar un run run grave que me subió por las manos hasta los codos. En la curva siguiente, una caravana vieja se asomó adelante, 3 plataformas con lonas a media altura, un kenworth con defensas cromadas y calaveras rojas. De otro tiempo mantuve distancia. El tacómetro respiraba parejo, pero la pendiente y el viento no perdonan distracciones. El problema fue que la caravana no se alejaba ni se acercaba. Permanecía a la misma distancia, como si el camino fuera una cinta estática y nosotros solo una proyección lenta sobre el vidrio del mundo. Mire el retrovisor y el corazón dio un brinco seco. Sobre la catwalk, justo en la Unión de la quinta rueda, la silueta de alguien o algo parecía sentada de espaldas, una forma negra con los bordes mal definidos como imagen mal sintonizada.
4:00 No volteé más. El peso sobre la transmisión cambió 1 G lo suficiente para que el instinto me encendiera todas las alarmas internas. Seguí derecho con la vista clavada en la defensa trasera del Kenworth. El olor a cempasúchil creció dentro de la cabina, mezclado con el viento de la sierra. Produjo una sensación fría, no de aire, sino de pared mojada en el acotamiento. Una mujer avanzaba entre las cruces con una calma que no pertenecía a esa oranía, a esa pendiente.
4:42 Entre sus manos llevaba una tira de flores y la iba dejando caer sobre el asfalto. En cuadros regulares como quién marca un tablero para un juego que los vivos no conocen, cada cuadro brillaba apenas lo suficiente para ser visto 1 segundo antes de la Llanta. El carril se partió en esa curva doble que todos temen. A la izquierda, el talud abierto. A la derecha, un vacío que no perdona el mínimo error. La caravana vieja tomó izquierda. La marca de flores indicó derecha con una geometría obstinada.
5:22 Giré apenas la muñeca y seguí el dibujo naranja. La vibración bajo las llantas cambió otra vez el viento amainó de inmediato, como si alguien hubiera bajado un switch, el kenworth dejó de existir en un parpadeo. No hubo desvanecimiento, no hubo frenada, no hubo luces alejándose, simplemente no estaba el cuerpo. Tardó varios segundos en entender que el peligro absoluto había bajado. 1°. Observe el reloj y sentí un salto ilógico. El marcador seguía en las 2.11.
6:06 Aunque yo llevaba más de 20 minutos en esa guerra de centímetros, tuve la sensación de haber cruzado un umbral de vidrio sin ruido. Mantuve el pie a la misma presión. Dejé que la inercia hiciera su trabajo y alcancé el mirador. Me orillé sin apagar motor. El silencio llegó en capas. El olor a flor tardó un poco más en dispersarse en la baranda del mirador. Encontré un pedazo de lámina doblada con 2 remaches y un medio número estampado en la grasa seca del borde. Alguien había arrastrado un dedo y dejó una inicial que coincidía con la mía. La tire al bote de basura para no pensar más. Volví a subir.
6:55 Bajé la sierra con el cuidado de quien carga una caja de vidrio con algo vivo adentro. Dormir a medias en un patio de maniobras de otay y al día siguiente, todavía con la sensación de vértigo en la piel, volvía a subir de día para comprobar con los ojos. En el kilómetro negro. El viento seguía soplando. Como sopla desde siempre. Había flores secas pegadas a la línea discontinua, las cruces más blanqueadas que nunca. En el acotamiento encontré huellas de Suela Fina, la marca de una suela que no se había hundido en la gravilla. Saqué el celular para tomar una foto y me tembló la mano con un temblor de cansancio antiguo.
7:47 Desde esa noche cambié un hábito. Cuando la subida exige tercera por la derecha me paso al carril donde la marca naranja decide brillar. No lo consigo siempre. La vista humana no alcanza a verlo. Cada vez, en noches con viento muy abierto, el rastro se pega al asfalto como si durmiera. En otras noches, la flor se levanta medio centímetro y se queda flotando a la altura de la llanta, lo suficiente para que el cuerpo lo entienda, aunque la mente no lo formule cada Halloween. Vuelvo a cruzar la rumorosa con la misma carga y el mismo peso en las manos.
8:33 No busco a nadie, no invoco a nadie. Respeto el camino y su inventario de ausencias. A veces en el retrovisor aparece un bulto oscuro sentado sobre la catwok y desaparece al pasar el siguiente marcador. No lo miro, sostengo el volante. ¿Cómo se sostiene una promesa? Si el viento quiere arrancar la cabina, que lo intenté, yo sigo la geometría de la flor, esa matemática que no falla cuando la cierra, abre la boca. A las 2:00 de la mañana, el llano de San Luis se vuelve un Mar Negro, la línea blanca corre limpia y el asfalto devuelve reflejos de aceite antiguo.
9:36 Me llamo Martín Salgado, traigo varilla desde saltillo rumbo a Querétaro y el peso completo me sujeta al piso como grilletes, el motor ruge entero en quinta, el cuerpo agradece la monotonía de los kilómetros y la mente. Se adormece con un orden que a veces protege. Ese orden se rompe cuando la noche dispone su propio retén. La sombra de los cerros de 14 dormía al fondo. En el horizonte, una hilera de conos anaranjados apareció sin aviso. Más adelante, una camioneta blanca con torreta apagada bloqueaba media carretera. 2 siluetas paradas al centro, con chalecos reflejantes y un movimiento de brazo que cualquiera entiende frené poco a poco por el peso.
10:31 Los conos brillaban con una luz que no venía de mis faros. Tenían una luminiscencia leve como fósforos moribundos. El retén olía a copal, un olor abiertamente fuera de lugar. Lo supe al instante. No había otra camioneta, no había patrulla oficial, no había más vehículos detenidos, sólo la torreta apagada, los conos que brillaban con luz propia y un tercer bulto junto a la raya del acotamiento, una figura delgada, los brazos arriba, como si tejiera el aire a medida que me acerque. Entendí la coreografía.
11:14 Estaba bailando. No era un baile alegre ni ostentoso. Era un movimiento ritual que iba dejando cempasúchil en el piso, como si el giro de sus muñecas descranará un camino. La caja se meció con el último freno, el cinturón tiró del pecho y el diésel resopló en ese microsegundo. Antes de la inmovilidad completa, sentí que el suelo perdía 1 mm de consistencia. La figura en la orilla giró sobre sí misma y el aire levantó un remolino de polvo naranja que no obedecía al viento de la planicie. Mis manos se apretaron al volante. El retén se mantuvo sin ruido.
12:00 Las 2 siluetas con chaleco permanecieron quietas, con esa quietud extenuante de los que han aprendido a no gastar energía sin orden superior. El reloj digital parpadeo sin avanzar, el motor quedó al ralentí. Como un animal que decide callar. Atravesé la escena con la vista de quién ha vivido riesgos distintos, humanos y detectables. Y esto no era eso. Me clave en el tablero, la vibración del camión, cambio de tono, un zumbido grave que conocí de inmediato. El mismo de una planta eléctrica a punto de entrar en carga. El mismo de una feria a punto de encenderse sin gente, el mismo de una subestación resoplando sin fallo. Estuve a punto de apagar el motor. No lo hice.
12:57 La bailarina dejó caer la última tira de flores y quedó inmóvil de perfil. Su rostro no se definía no por oscuridad, sino por otra razón más técnica, como si un foco mal seteado lavara la cara. Y borrar a los rasgos el chaleco de una de las siluetas del centro brilló con un destello que se reflejó en el parabrisas y me segó 1 segundo. Cuando la vista regresó, los conos habían cambiado de lugar por una diferencia mínima, suficiente para obligarme a tomar el carril derecho y ceñirme al acotamiento.
13:40 Obedecí la geometría sin buscar explicación. Enderecé el atracto con un gesto estudiado y seguí la marca de flores sobre el borde mismo del asfalto. El acotamiento estaba limpio, sin llantas reventadas ni restos de fierro, un detalle incompatible con esa zona. La bailarina giró otra vez, ya no con brazadas amplias, sino con un movimiento de dedos preciso. Que dejó un círculo perfecto de cempasúchil. Al nivel de mi llanta delantera derecha, pasé sobre el círculo, sentí una trepidación suave como piso de madera bien asentada.
14:22 Me aferré al volante para no perder el trazo. El retén quedó atrás en 3 Respiraciones. Miré por el espejo Grande y no había camioneta blanca, ni conos ni siluetas con chaleco. Solo la línea recta y la noche con su condición de pared. El olor a copal siguió en la cabina con una densidad de iglesias cerrada, el reloj volvió a avanzar con intervalos regulares, el motor recuperó su vibración normal y la caja respiro en bloque. No aceleré. Mantuve la inercia como cuando se espera que la gravedad haga su trabajo.
15:06 Kilómetros más adelante, el primer paradero ofreció luz mala y una mesa de cemento. Me orillé para soltar aire en el piso junto a la banca. Alguien había dejado una bolsita de sal abierta y un vaso con agua hasta la mitad dentro del vaso, flotando como una Medusa. Inmóvil un pétalo de cempasúchil, me quedé de pie con las manos en los bolsillos del pantalón. No toque nada. El diésel tibio subió por el aire y el miedo simple que tienen los hombres frente a lo que no controlan. Se me acomodó en el estómago como piedra al amanecer.
15:49 Pasé por el mismo punto, con luz plena. No había conos, ni señalamientos de ningún operativo, ni marca de torreta, ni huellas de llanta transversal. Sólo un tramo de línea blanca con zonas donde el polvo naranja se había pegado a la pintura. Bajé la velocidad para mirar con calma. El carril derecho. Presentaba un brillo diferente, un lustrado leve, como si miles de pies hubieran pasado en un mismo sentido, dejando una película imperceptible desde entonces, Matehuala. Es un tramo que cruzo con un respeto adicional.
16:33 No es miedo, es atención absoluta. Hay noches en que la planicie vibra en una frecuencia que no pertenece a esta carretera. En esas noches, cuando la vibración cambia y el olor a copal se mete en la ventilación, quito presión del acelerador. Y me pego al acotamiento. Como un soldado viejo que conoce la hora exacta en que hay que hacerse a un lado. La bailarina aparece al borde del ojo, gira una sola vez y todo vuelve a su sitio con la precisión de un resorte bien puesto. Nunca encontré una explicación que me dejara satisfecho, no la busqué más. El camino tiene su sistema de señales. Algunos usan placas verdes y reflectores, otros usan flores trituradas con los que brillan sin electricidad y retenciones que no buscan contrabando, sino alineación. Cuando tocan esas noches sé que me toca bailar con el tráiler, no para lucirme, sino para no salirme del cuadro que otros marcan desde más atrás de la historia. El espinazo del diablo es un zaguán largo colgado sobre un abismo con buen clima.
18:05 Ya impone con neblina. Se vuelve una línea de hilo sobre la nada. Me llamo Aurelio Tapia y la primera vez que lo crucé de noche con carga completa sentí que el aire tenía filos. Esa madrugada de Halloween Los Pinos guardaban humedad y los barrancos devolvían un aliento frío que entraba por las rendijas de la cabina. La niebla trepaba desde los cañones con la paciencia de una bestia que no tiene prisa. A veces se recogía para dejar asomar una curva. Y mostrar una farola vieja clavada en la roca. A veces se cerraba tanto que los faros quedaban convertidos en platos de luz sin alcance.
18:51 Avancé con primera larga en los tramos más tensos y dejé que el motor respirara donde la pendiente lo pedía. No había tráfico. Sólo el rugido bajo del diésel y el siseo ocasional de las líneas de aire. En el borde mismo del precipicio apareció una cruz, luego otra, luego un grupo con flores secas que el viento había desgranado. En el tercer grupo, una fotografía dentro de un bolsillito de plástico. Todavía resistía la lluvia un muchacho con gorra. Atrás, el bosque convertido en dibujo de colegio. Seguí adelante con ese inventario de ausencias en la cabeza, la niebla, cambio de peso y se volvió una sustancia con cuerpo.
19:46 El parabrisas la cortaba como gelatina espesa para que volviera a cerrarse medio metro. Más allá no escuché nada fuera de lo normal hasta el primer túnel corto. Ahí adentro, el ruido del motor se reflejó contra las paredes y devolvió un eco enfermo, como si la cabina fuera un pulmón gigante en el retrovisor. Algo se movió. Un par de puntos del tamaño de una moneda parecían ojos, no como los de un animal natural, más parecidos a los de las figuritas de plástico que venden en puestos de feria con brillo metido desde fábrica. Parpadee fuerte para no confundir despelo con nervio. Al salir del túnel los puntos ya no estaban. El olor a pino mojado traía una nota que no pertenecía al bosque.
20:45 Era el olor espeso del copal. Cuando se enciende en cuarto cerrado, no había motivo para que ese olor estuviera en un FILO de sierra. Lo noté y lo guardé sin darle vuelta. En el siguiente tramo angosto, la niebla se abrió mostrando el vacío con un descaro que encogía los hombros. Entonces los puntos regresaron, ahora en cuatro, alineados como si fueran 2 pares de ojos colgando bajo la defensa de la caja. Seguían el ritmo del traqueteo, no se separaban, no se acercaban, toqué el freno suave para no calentar de más.
21:26 Mantuve la caja sujetada. Y preparé el giro de la curva amplia que todos conocen. En la piedra del lado izquierdo, una última ofrenda encendida dejaba salir una columna de humo que no se movía. 2 velas intactas entre las velas cempasuchil fresco que no debería estar ahí a esas horas sobre la ofrenda, un papelito doblado. Con una fecha vieja bajé la vista 1 segundo. Cuando la levanté, los ojos se habían subido un palmo. Ahora parecían montados sobre la catwalk, como si algo hubiera trepado y se hubiera acomodado. Justo donde el peso se siente.
22:12 La transmisión cantó medio tono diferente. Metí una marcha más corta, con el tacto aprendido en patios de maniobra. No solté el volante ni para frotarme la cara. El cuerpo sabe cuando algo se monta, aunque la vista no lo confirme. El diesel tragó aire con hambre. La vibración cambió el dibujo de los espejos y, por un momento, la imagen del BARRANCO se estiró como fotografía vieja expuesta al sol. Apreté los labios para no dejar escapar aire de más. Los ojos siguieron ahí fijos, sin parpadeo posible. En el recodo, donde el acotamiento se abre medio metro, el piso cambió de textura. Lo sentí bajo la llanta delantera izquierda, un grano fino, casi como si el asfalto estuviera cubierto por una capa delgada de arena.
23:08 No era arena, lo supe por el olor. Cempasúchil recién quebrado. Me pegué a ese borde como quien pisa la raya buena de una losa fresca. Los ojos bajaron 1 cm. Noté la descarga mínima sobre la quinta rueda, volví a respirar. El mirador llegó como un puerto, me orillé con el tráiler Derecho. La niebla abrió un claro sobre el vacío. En la baranda alguien había colgado una tira de tela donde se leía un apellido que reconozco en pueblos de Durango. No quise verbalizar nada en mi cabeza.
23:51 Abrí la puerta, bajé con cuidado por la escalera, caminé 3 pasos y el perfume de la flor me llenó la garganta. Sobre el piso, justo frente a la defensa, había 2 manchas ovaladas de polen del tamaño exacto de los ojos. No eran húmedas, no eran secas. Tenían ese estado intermedio de lo que acaba de posarse. Toqué la lámina con el dorso de la mano. Estaba fría de la frialdad que guardan las cosas cuando no pertenecen del todo a la intemperie. Subí de nuevo con ese ardor minúsculo en la nuca que se siente cuando algo te mira desde un ángulo que no puedes cubrir. Cerré, arranqué con suavidad para no alborotar el peso en la caja.
24:41 La niebla volvió a cerrarse un tramo. El olor a copal retrocedió. Los ojos desaparecieron como desaparecen las manchas cuando el sol asoma. En el último descenso hacia el puente de hierro, una camioneta de cuadrilla dormía con el cofre abierto. No había nadie en la defensa. Colgaron un Rosario con cuentas de madera. A su lado, una bolsita con sal. Pensé en la ofrenda de la curva. Y en la tira de tela con el apellido, pensé en los ojos convertidos en polen. Pensé en la vibración que había cambiado 2 veces sin que la aguja del tacómetro lo de la Tara.
25:28 Crucé el puente con el pulso de alguien que lleva una caja frágil en una mano y en la otra una jarra de agua que no se puede derramar desde esa noche. El espinazo me pide un protocolo. Subo con la marcha que pide y con una bolsa de flores en la cabina. No armo altares, no invento supersticiones. Cuando la niebla se pone espesa y el olor a pino trae esa nota de iglesia cerrada, dejó una tirita de cempasúchil sobre la línea blanca antes de la curva grande. No importa si el viento lo levanta o si el diésel lo mata. Lo dejo. Luego sigo.
26:11 La mayoría de las veces no ocurre nada. En algunas el espejo Devuelve 2 puntos que se suben medio palmo y un peso mínimo que se aligera cuando el polen se pega al dibujo del asfalto. Hay hombres que cargan rezos yo cargo. Procedimiento, el camino entiende ese idioma mejor que cualquier promesa. Y cuando el FILO se abre como una boca con dientes de niebla, la flor coce la curva con un hilo que sólo se ve si uno ha perdido algo en el borde y tuvo la fortuna improbable de recuperarlo. El descenso de maltrata exige nervios fríos y freno de motor en su punto justo me llamo Héctor Jáuregui y ese Halloween baje desde Puebla con papel para empaque rumbo al puerto de Veracruz.
27:23 La noche estaba húmeda, con esa humedad que no moja, pero se mete en el cuello de la camisa. Los túneles brillaban al fondo como bocas iluminadas en el primer viaducto. El viento pasó por debajo de la caja con un aullido tenue y dejó la cabina vibrando en una frecuencia que cualquiera reconoce en el estómago. El tablero marcaba lo correcto, presión de aire, pareja, temperatura sin sobresaltos, 5 ejes. Sintiendo el piso como deben sentirlo. Bajé un cambio por disciplina y dejé que el freno de motor sostuviera la inercia.
28:05 En la boca del primer túnel había una ofrenda pequeña montada sobre una piedra, 2 velitas nuevas, una calaverita de azúcar recién sacada del molde y 3 flores anaranjadas. El humo subía y no se dispersaba con la corriente del paso. El olor a copal golpeó la ventilación de la cabina, como si alguien la hubiera encendido unos metros antes. Adentro el sonido del motor se volvió un latido ampliado. Noté un detalle que no había visto nunca sobre el techo del túnel. A lo largo del cableado y las lámparas había una línea continua de polvo naranja, como si el Cempasúchil hubiera decidido adherirse.
28:55 Ahí, en lugar de caer al piso, seguí derecho con la vista a media altura, el polvo parecía recién puesto. A mitad del túnel, un punto más brillante se formó en esa línea. Casi como una luciérnaga fija, pasé debajo. El radio emitió un crujido seco distinto al ruido viejo de estática. El diésel respiro hondo y el mundo quedó 2 decibelios más callado. Al salir a la intemperie vi una sombra pegada al barandal del viaducto. Una forma de persona mirando hacia abajo con el cuerpo doblado en ángulo raro duró un parpadeo. El viento volvió a aullar por debajo de la caja. El olor a flor ganó a cualquier otro olor de la noche. El segundo túnel se abrió unos cientos de metros adelante y repetí el protocolo básico.
29:52 Cambio abajo, freno de motor a favor del peso. Ojos en el carril y en las luces de las paredes, la línea de polen sobre el techo continuaba ahora más gruesa, como si alguien hubiera pasado una brocha ancha impregnada de naranja y hubiera pintado de extremo a extremo. La transmisión cantó medio tono por un microsegundo y luego volvió a su afinación. El volante se volvió más ligero un instante y después recuperó la densidad conocida en el espejo lateral. Por encima de la caja no vi nada anormal por el espejo central, justo donde no se debe ver nada, porque sólo hay muro de lámina. Se dibujo una mancha como humo apretado. El corazón dio un golpe que subió hasta la garganta. Mantuve el trazo.
30:51 Salí del túnel con los ojos secos de concentración en el tercer túnel, justo antes del famoso tramo de curvas de maltrata. El polen del techo empezó a caer, no en lluvia, en hilos finísimos como telarañas anaranjadas que se desprendían con precisión sobre el parabrisas. Cada hilo dejaba una marca que la escobilla no podía limpiar. No era suciedad. Era algo más cercano a una escritura diminuta, un trazo microscópico que el cerebro no descifraba, pero el cuerpo entendía con un mensaje único, reducir, sostener, no romper el hilo. Obedecí la caja respiró pareja.
31:40 El viaducto vibró con un tono grave de acero. Me pegué al carril con la concentración que se usa para caminar por una viga alta. La luz de las lámparas dentro del túnel dejó de ser amarilla 1 segundo y se volvió un blanco helado que reveló algo sobre el piso. Una franja de ceniza marcada en diagonal no reciente, no antigua. La crucé con la llanta delantera. Sentí el crujido seco de algo que se deshace sin peso. El olor a copal se mezcló con un olor remoto a pan, ese olor tibio que sólo se percibe de madrugada, cuando las panaderías encienden su horno a la salida del túnel. Pegada al acotamiento, había una mesa de concreto con restos de ofrenda, un vaso con agua hasta la mitad, una veladora derrotada por el viento y 3 nombres escritos con plumón en una tablita de pino.
32:41 Los nombres no correspondían a nadie que yo conociera, pero la fecha al pie coincidía con esa noche. No me detuve la pendiente no perdona caprichos, seguí la línea blanca y dejé que los hilos de polen hicieran su trabajo invisible en el tramo más traicionero, donde los frenos se cobran caro los descuidos. La cabina bajó 1° su temperatura. La piel de los antebrazos se me puso eriza, como si hubiera pasado por 1/4 de hospital en el retrovisor grande. Alcancé a ver un destello sobre la lona de la caja.
33:25 Era un reflejo imposible en esa dirección. No era de mi luz, no había otra unidad detrás. Era como si una vela hubiera titilado sobre la lona. Y su parpadeo hubiera rebotado en la mica del espejo. El último túnel llegó como un alivio triste. Sabía que si todo salía bien después de él, la bajada daba un respiro. Adentro. La línea de polen sobre el techo se volvió más fina, como si hubiera pasado por un embudo. A mitad del trayecto noté 3 puntos donde el polvo se había acumulado en pequeñas montañas alineadas. Pasé bajo los 3 con el mismo trazo y el tablero se iluminó con un parpadeo breve de todas las luces. Un test que no activé no fue falla, fue verificación. Salí del túnel con la certeza de que había cumplido una coreografía que no conocía minutos antes. El aire exterior trajo el olor vegetal de los cañaverales cercanos.
34:35 La humedad pegaba en la cara, abrí la ventila para que la cabina respirara. Los hilos anaranjados del parabrisas se habían desecho sin dejar rastro. La ceniza diagonal en los túneles quedó guardada En algún lugar de la memoria que selecciona lo que debe recordarse. Aunque uno quiera olvidarlo. Llegué a las casetas con el doble de cansancio del habitual. El cuerpo se queja fuerte cuando ha sido estuche de un procedimiento que desconoce desde esa madrugada. Agregue un gesto a mi rutina al cruzar maltrata en noches húmedas. Deje en el tapete de la cabina un puñito de flor anaranjada. No es para dar ni para pedir, es para que la cabina tenga su pedacito de feria privada mientras el concreto y el acero. Hacen su trabajo bajo toneladas.
35:36 Hay descensos que sólo se completan con técnicas aprendidas del mundo y descensos que sólo se completan con señales prestadas. Por el otro lado, a veces, si la noche está dispuesta, el techo del siguiente túnel revela su línea de polen como una costura tenue. No siempre cae el hilo. Cuando cae, el cuerpo y el tráiler se acoplan como si una mano más vieja sostuviera el volante con las mías. Al final espero el paradero con mesa de concreto y dejo agua limpia en un vaso.
36:16 Nadie la ve, nadie la agradece. El alivio que siento es suficiente. Los nombres de la tablita cambian con los años, la ceniza diagonal permanece apenas visible. Como una firma que no busca ser leída, sólo respetada. ¿Te imaginas haber convivido con personas no vivas o aparecidos en lo más profundo del metro de la Ciudad de México? Esta y otras historias las encontrarás en el podcast oscuro Inframundo.
36:56 Solamente tienes que darle click al video recomendado o puedes buscarnos como oscuro Inframundo en Spotify.
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