3 Historias de LA SANTA MUERTE en HALLOWEEN
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0:13 Buenas noches, inframundo. Mi nombre es José RamÃrez, y lo que voy a contarles sucedió en Halloween del 2003, en un pueblo cercano a Taxco, Guerrero. TenÃa 22 años y trabajaba como ayudante en una cantera de piedra. No era un empleo fácil. Sol, polvo y espalda molida todos los dÃas, pero pagaba lo suficiente para llevar comida a casa. Lo que no sabÃa era que, en esas tierras quebradas por barrancas y cuevas, la lÃnea entre el mundo de los vivos y el otro se adelgaza en esas noches. Aquella tarde del 31, los compañeros organizaron una fogata en el patio de la cantera para pasar el rato. Yo preferà irme temprano porque al dÃa siguiente querÃa madrugar y ayudar a mi madre a llevar flores al panteón. Caminé por el sendero que baja hasta mi casa, en las faldas del cerro. A un lado se abre la barranca de San Lucas, profunda, con paredes de piedra que parecen tragarse la luz. Desde niño nos prohibÃan bajar ahà porque decÃan que no tenÃa fondo, o que al menos no regresabas igual si te aventurabas de noche. Eran casi las diez cuando pasé junto al borde.
1:40 La luna estaba alta, amarillenta, iluminando las cruces de madera que algunos vecinos clavaban en las orillas como advertencia. Fue entonces cuando noté un resplandor dentro de la barranca, una luz que no venÃa de lámparas ni de casas. Era fija, roja, como de veladoras. Me detuve, curioso. El aire olÃa a copal, aunque no habÃa nadie cerca. No me aguanté y bajé por una vereda entre matorrales. El resplandor venÃa de una cueva semicerrada con paredes húmedas. Ahà encontré un altar. Una figura de la Santa Muerte, de tamaño natural, vestida con manto negro y guadaña brillante. rodeada de veladoras rojas y blancas a sus pies ofrendas van de muerto botellas de mezcal cigarros billetes doblados lo más raro era un espejo ovalado colgado detrás de la figura que reflejaba la flama de las velas de forma distinta como si fueran más de las que realmente habÃa sentà un escalofrÃo nadie me habÃa hablado de aquel altar y un paso hacia atrás pero escuché algo que me detuvo un murmullo no era viento eran voces bajas varias como rezando me asomé mejor
3:12 no habÃa nadie y aún asà las voces seguÃan alcancé a distinguir frases entrecortadas cuenta paga recibe una de las veladoras tronó soltando un hilo de humo el espejo tembló y vi algo imposible mi propio reflejo con el rostro de calavera me alejé de golpe de pronto un ruido en el fondo de la barranca cascos de caballo lentos retumbando en la piedra no habÃa camino para caballos ahà el eco se acercó hasta la entrada de la cueva quise correr pero las piernas no me respondÃan en la flama de las velas apareció una sombra alta envuelta en un manto sosteniendo algo que brillaba la figura se plantó frente al altar inclinó la cabeza y extendió la mano en ese gesto reconocà lo que era la mismÃsima santa muerte encarnada frente a mà el aire se volvió pesado como si no hubiera oxÃgeno la figura alzó la guadaña y la dejó caer suavemente sobre el suelo sin tocarme el sonido metálico se mezcló con las voces que ahora eran más claras nombres Nombres de gente del pueblo, algunos conocidos, otros no. Entre ellos escuché el mÃo, José RamÃrez. Sentà que el corazón me reventaba en el pecho. El espejo
4:44 detrás del altar se iluminó por completo. Vi escenas como proyecciones. Mi madre llorando en el panteón. Mi padre cargando un ataúd pequeño. Mi propia cara rÃgida. Cerré los ojos con fuerza. Cuando los abrÃ, las imágenes se habÃan desvanecido, pero el altar seguÃa ahà intacto. No recuerdo cómo logré salir de la cueva. Al volver al sendero, la luna parecÃa más alta y el reloj de mi muñeca marcaba 303. No sabÃa si habÃan pasado minutos u horas. Llegué a casa con el cuerpo helado. Mi madre me miró raro y dijo que parecÃa enfermo. No le conté nada. Al dÃa siguiente, al acompañarla al panteón, pasamos junto a la barranca. Quise mostrarle la entrada de la cueva, pero ya no habÃa nada.
5:44 Ni altar, ni veladoras, ni espejo. Solo piedras húmedas y silencio. Sin embargo, en la orilla del sendero encontré algo que me hizo temblar. Una veladora roja encendida sola, sin viento que la apagara con una nota pegada. José, pagado. Nunca más volvà a bajar a esa barranca. A veces, en Halloween, mientras la gente prende sus veladoras en los altares familiares... Yo dejo una roja en la ventana, sin nombre, y cada año, a las 3.03, la flama se endereza, recta como cuchillo, como recordándome que aquel altar en la barranca no fue un sueño sino una advertencia cumplida. Buenas noches, inframundo. Mi nombre es Ramiro Hernández, y lo que voy a contar ocurrió en Halloween del año 2012, en San Juan de los Lagos, Jalisco.
7:05 Ese dÃa, el pueblo estaba lleno de turistas y comerciantes. No solo era la fecha de Halloween, también caÃa cerca del DÃa de Todos los Santos, y en San Juan las calles se llenan de veladoras, disfraces, puestos de calaveritas y hasta desfiles improvisados. Yo trabajaba en un puesto de pan de muerto en la plaza principal. Todo parecÃa fiesta, pero desde hacÃa una semana yo tenÃa sueños que me inquietaban. VeÃa a una mujer vestida de negro caminando por el atrio de la catedral, arrastrando cadenas, con un velo que cubrÃa su calavera. No le di importancia hasta esa noche.
7:55 A las diez de la noche cerramos el puesto. Con mi primo decidimos caminar hacia la salida del pueblo, donde el silencio ya pesaba más que la música de las plazas. El aire olÃa a incienso porque, en cada esquina, habÃa altares improvisados. Al llegar al viejo camino que conduce al panteón municipal, escuchamos un murmullo, como rezos lejanos. Pensamos que era gente haciendo rosarios nocturnos. algo común en esas fechas pero pronto vimos la luz una procesión que avanzaba lentamente con decenas de veladoras encendidas la encabezaba una figura altÃsima cubierta con un manto negro sosteniendo una guadaña los demás eran personas hombres y mujeres vestidos como campesinos pero sus rostros estaban ocultos por velos blancos todos avanzaban en silencio salvo por el murmullo de las oraciones me detuve helado la figura al frente volteó hacia nosotros aunque no habÃa ojos bajo aquel velo supe que me habÃa visto Mi primo dijo que siguiéramos de largo, pero las piernas no me respondieron. El aire se volvió helado y el murmullo de rezos creció hasta retumbar en mis oÃdos. La procesión se detuvo justo frente a nosotros. Uno de los encapuchados
9:28 se acercó y extendió una vela. Sin pensarlo la tomé. La flama no se movÃa con el viento. La Santa Muerte alzó la guadaña y con ella señaló el camino hacia el panteón. Todos retomaron el paso. Mi primo gritó que no aceptara nada, que regresáramos, pero era como si una fuerza invisible me jalara. Caminé detrás de la procesión. Al entrar, las tumbas parecÃan brillar con una luz verdosa. ninguna de las veladoras de los difuntos estaba encendida sólo las de la procesión el aire olÃa a tierra húmeda pero también a metal oxidado los encapuchados se acomodaron en semicÃrculo frente a una tumba antigua tan vieja que la lápida ya no tenÃa letras legibles la figura de la santa se colocó en el centro Yo, todavÃa con la vela en la mano, me vi dentro del cÃrculo. Mi primo no habÃa entrado, se habÃa quedado afuera gritándome desde lejos.
10:44 Entonces empezó lo peor. La tierra de esa tumba comenzó a moverse. Primero como si respirara, luego como si alguien empujara desde abajo. La loza crujió y se levantó sola. De la abertura salió un aire helado y un olor insoportable, mezcla de carne podrida y copal. Lo que emergió no era un cadáver normal. Era una figura esquelética envuelta en restos de tela, con un rosario negro enredado en las costillas. Sus cuencas estaban vacÃas, pero de ellas salÃa un brillo rojizo. Se levantó tambaleante y la santa alzó la guadaña como dándole permiso de salir. Yo estaba a un metro de aquello.
11:31 Quise soltar la vela, pero mis dedos no se abrÃan. El fuego me quemaba las manos, pero no podÃa tirarla. Uno de los encapuchados me habló con voz grave.« La vela que cargas es tu tributo. Si la apagas, ella se llevará tu aliento esta noche». No supe si era hombre o mujer. Solo entendà que tenÃa que mantener la flama encendida. El esqueleto se acercó, sus dedos huesudos tocaron la vela y la flama se hizo azul. Sentà que algo entraba en mÃ, un frÃo que se pegaba al pecho como si me hubieran vaciado por dentro. En ese momento escuché la voz de la Santa, clara en mi cabeza, sin mover la mandÃbula.« En cada Halloween recordarás este instante.
12:23 Me encenderás una vela o caminarás con nosotros». No recuerdo cómo salà del panteón. Solo recuerdo los gritos de mi primo jalándome, los rezos apagándose detrás y el sonido seco de cadenas arrastrándose en la tierra. La vela se apagó al cruzar la reja, pero mi mano seguÃa ardiendo como si aún la sostuviera. Cuando volteamos, la procesión ya no estaba. El panteón estaba vacÃo, en silencio absoluto. Solo una tumba abierta quedaba, pero al dÃa siguiente la encontramos sellada, como si nada hubiera pasado. Desde esa noche, cada Halloween, enciendo una vela negra en la ventana de mi casa. No importa donde me encuentre, San Juan, Guadalajara o hasta en otra ciudad. siempre lo hago porque una vez no la encendà en el 2016 y esa madrugada sentà que alguien jalaba mis pies mientras dormÃa abrà los ojos y vi al esqueleto de la tumba parado en la esquina de mi cuarto mirándome con esas cuencas rojas Me persigné con lágrimas en los ojos y encendà la vela a las tres de la madrugada. Sólo asà se fue. Hoy, al contarlo aquÃ, vuelvo a sentir ese frÃo en el pecho. Sé que
13:56 llegará el dÃa en que ya no baste con una vela. Tal vez me toque unirme a la procesión. Tal vez me toque caminar detrás de la santa con un velo blanco, sosteniendo mi propia flama azul. Y cuando eso ocurra, será en Halloween, porque esa noche, ella pasa lista y nadie puede negarse. Mi nombre es VÃctor Mondragón y esto me ocurrió en Halloween del 2009, en la Ciudad de México, entre Tepito y La Lagunilla. Era velador nocturno en una bodega de ropa sobre Peralvillo. Aquellas calles de madrugada son otro mundo.
14:54 Cortinas de hierro, perros flacos. Pasos que se oyen y no se ven. Yo ya conocÃa el ritmo. Lo que no conocÃa era el precio de encender una veladora a quien no debes olvidar. La bodega la rentaba un mayorista que traÃa pacas de San Juan de Dios y de Centroamérica. El dueño viajaba casi toda la semana. A mà me pagaba por cuidar y recibir. DormÃa poco, comÃa en la fonda de Doña Licha y a veces me llevaba un catre para echar pestaña. En el pasillo del fondo habÃa una imagen de la Santa Muerte. no era grande de yeso con manto blanco calavera pintada a mano una balanza en la izquierda y una guadaña chueca en la derecha la encontramos al abrir la bodega por primera vez alguien la habÃa dejado sobre una caja de mezclilla con dos monedas y una veladora usada el dueño quiso tirarla pero los estibadores dijeron que mejor no quien la trajo La va a venir a buscar, dijeron. Yo la dejé donde estaba con respeto. Uno en Tepito aprende rápido a no jugar con lo que no entiende. La noche del 30 para 31 de octubre me tocó quedarme solo. Mi relevo pidió permiso para llevar a sus hijos al desfile y el jefe
16:26 andaba en Guadalajara. Cerré cortinas a las 10, pasé el candado y me senté en el escritorio a llenar las hojas de entrada. En la radio de pilas sonaba una estación de cumbias. Afuera, los cohetes reventaban como si fuera Navidad. Dentro, olÃa a tela nueva y a polvo viejo. A eso de las once y media, escuché tres golpes en la cortina metálica. No eran de cliente atrasado, eran secos, medidos. Me acerqué con la lámpara. Nadie. Solo un papel doblado que habÃan empujado por debajo. Lo recogÃ. Era una tarjeta funeraria, de esas que reparten afuera de los panteones. Al reverso, con tinta roja, una frase. No te duermas a las tres y tres. Me reà nervioso. Pensé que era broma de los cargadores. Hice un café cargado y me puse a barrer, por matar el tiempo. A medianoche prendà la veladora vieja que estaba al pie de la imagen, más por costumbre que por devoción. Le dije a la flaquita lo mismo que muchos dicen, que no falte trabajo y que haya paz. No pedà dinero ni nada raro. Solo tranquilidad.
17:51 Puse dos monedas de a diez a un lado y regresé al escritorio. La madrugada avanzó y el barrio se quedó quieto. Cuando la ciudad se calla, la bodega suena distinto. La lámina respira, las pacas crujen, el concreto decora cada paso. A la una y algo, los perros de la cuadra empezaron a aullar. Uno, luego otro, luego todos. No vi a nadie pasar. Cerré con cerrojo interior. El radio perdió la señal y quedó solo un chasquido. Lo apagué. Me dio sueño. Apoyé la cabeza en los brazos y me quedé asÃ, medio dormido, medio despierto. No sé cuánto tiempo pasó.
18:42 Sentà frÃo en las manos, como si me las hubieran lavado con agua. Abrà los ojos y vi enfrente del escritorio a una mujer con manto blanco, quieta, parada sobre mis botas. No recuerdo que entrara. No recuerdo oÃr la cortina. Estaba dentro. No era grandota, pero llenaba el espacio. Su cara no era cara. Era calavera, desnuda, con los dientes descubiertos, pero no daba risa. TraÃa en una mano una vela encendida que no goteaba cera, y con la otra señalaba el pasillo del fondo. Quise pararme, pero las piernas no respondieron.
19:23 No pensé en rezos ni en nada santo. Solo en la puerta trasera. La mujer inclinó la cabeza, como si me negara el paso. Punto. No era aviso. Era orden. Señaló de nuevo el pasillo donde estaba la figurita de yeso. La vela que yo habÃa prendido al inicio ardÃa más alta. Azul en la base, amarilla en la punta, como soplete. Me levanté por inercia y caminé detrás de ella. Su manto no tocaba el piso. Avanzaba como si lo resbalara. Al pasar entre las pacas, las etiquetas se movÃan, rozadas por un viento que no era viento. En el pasillo, al pie de la imagen, habÃa otra veladora que yo no habÃa puesto. Roja, nueva, con listón dorado. Encendida sola.
20:17 La llama no bailaba. Se quedaba clavada, recta, como un alfiler de luz. La calaca se detuvo junto al altar improvisado. Puso su vela al lado y el lugar se iluminó como si fuera dÃa. No habÃa sombras, ni arriba ni abajo. Yo podÃa ver el polvo suspendido, los pliegues del manto, el brillo en la guadaña chueca. Y pude ver algo más. Un hilo oscuro que corrÃa desde la veladora roja hasta el piso. Me incliné. No era cera. Era sangre, fresca, delgada, haciendo un camino hacia la puerta del baño que estaba más allá del pasillo. La mujer me miró sin ojos y volvió a señalar. Caminé tras el rastro. La sangre no era un charco, era un hilo ordenado que se metÃa por las grietas del mosaico. Cuando empujé la puerta del baño, olió a flores marchitas. Se me trabó la garganta.
21:21 Encendà la luz. El espejo estaba cubierto de humo por dentro, como si hubiera agua tibia y no la habÃa. En el lavabo, No habÃa nada. En el piso, una pulsera de cuentas negras, de esas que usa la gente devota, con una calaverita de plástico como dije. La reconocÃ. Era de ChÃo, la hija de Doña Licha de la Fonda. TenÃa diecisiete. VenÃa seguido a dejarme café por encargo de su madre. La última vez, en la tarde, me dijo que volverÃa a recoger una chamarra que le gustó. No regresó. Yo pensé que se habÃa arrepentido. Cuando levanté la pulsera, escuché tres golpes dentro del espejo, pero del otro lado.
22:10 No fue imaginación, fueron golpes con mano abierta. El espejo vibró y dejó marcas de dedos que se deslizaron hacia abajo. Sentà que me apretaban las costillas por dentro. Corrà hacia la bodega y le grité a la mujer del manto como niño. No hubo respuesta. Ya no estaba. Me quedé solo con la veladora roja ardiendo y el hilo de sangre que se deshacÃa en el mosaico. Quise marcar a la policÃa, pero no era cosa de explicar por teléfono. Tomé la lámpara y seguà el hilo hacia atrás, hacia el portón trasero. El cerrojo estaba puesto por dentro como yo lo dejé. En la lámina, sin embargo, habÃa tres lÃneas de rasguños desde arriba hasta abajo, como hechas con una navaja vieja. Acerqué la lámpara. Eran marcas por dentro, no por fuera, como si alguien hubiera rascado pidiendo que le abrieran. A las tres con tres exactas, el reloj de pared del pasillo se detuvo. Lo sé porque lo vi de frente cuando la aguja de los segundos se clavó y la bodega se quedó muda. Ni calle, ni perros, ni nada. Solo las dos velas encendidas. En ese silencio se oyó un llanto, bajito, de niña, saliendo de debajo del piso. No arriba, abajo. La bodega habÃa sido antes
23:44 una vecindad. Taparon el patio con losa y levantaron el techo. Muchos decÃan que aún habÃa charcos de humedad y pasadizos cegados. Yo nunca les di importancia. Esa noche creà todo. Busqué con la planta de los pies, donde sonaba más hueco. Junto al baño, bajo el mosaico gris, el suelo retumbaba distinto. Rompà la primera loseta con una barreta. La segunda se levantó sola, como si empujara aire. Un olor frÃo subió, como de pozo. Metà la lámpara. HabÃa un hueco de un metro y medio, con tabique viejo y un tubo oxidado que iba hacia la calle. En el tabique, algo raspado con clavo. Un nombre a medias y una fecha de esa misma semana. Me temblaron las manos. No hice de héroe. Llamé a Doña Licha primero. No quise asustarla.
24:43 Le dije,« Venga a la bodega, por favor, es urgente». Llegó con un rebozo y con su hijo Toño en menos de diez minutos. Cuando les mostré la pulsera, Doña Licha se fue al suelo. Toño se quiso aventar al hueco. Lo frené. Le dije que esperara. Llamamos a una patrulla y a los bomberos. No sabÃamos qué Ãbamos a encontrar. Mientras llegaban, las velas no se apagaron ni con el aire que corrÃa por la puerta abierta. Un fulgor raro llenaba el pasillo, no de foco, sino de velorio. Doña Licha, entre llorando y rezando, le habló a la santa asÃ. Madre, devuélveme a la niña. No te prometo oro. Te prometo que le voy a poner flores y pan, y que voy a dar de comer a quien llegue sin comer.
25:37 Pero devuélvemela. A mà me recorrió un calor desde la nuca. El reloj, que estaba parado, avanzó un segundo y luego se quedó quieto de nuevo. En ese instante, se oyó un golpe seco dentro del hueco y luego tos. Toño se hincó y metió medio cuerpo por el agujero. Yo lo sujeté de la cintura. El muchacho jaló con fuerza. Entre ladrillos flojos y polvo, sacó a su hermana. ChÃo estaba pálida, con la boca reseca, las uñas llenas de tierra. TenÃa un trapo amarrado a la muñeca. El otro extremo estaba atado a un tubo, como si alguien la hubiera retenido ahÃ, pero sin apretar fuerte. Respiraba. Abrió los ojos.
26:27 Dijo muy bajito. Una señora me habló bonito. Me dijo que esperara a que prendieran la vela. La policÃa llegó haciendo preguntas que nadie supo contestar. Los bomberos ampliaron el agujero y encontraron un pasillo cegado que iba a dar a la calle por debajo de una rejilla. HabÃa huellas de que alguien más estuvo ahà dÃas antes. Cajetillas, un vaso, un pedazo de tela. No hallaron dueño. En su informe anotaron que la chica cayó por accidente y quedó atrapada. Dejaba todo en orden. Pero yo sé lo que vi.
27:08 ChÃo no se cayó. Cuando se calmó un poco, ya en la ambulancia repitió,« La señora de blanco me dijo que no me durmiera, que me iba a venir a despertar a las tres con tres». Esa noche nadie durmió. Cerramos el boquete con tablas. Doña Licha se llevó a su hija al hospital. Toño y yo nos quedamos de guardia afuera, con la cortina bajada a medias. A ratos me alejaba al pasillo de la imagen. Las dos velas seguÃan igual, firmes, sin consumir casi nada. A eso de las cuatro y media, la flama de la veladora roja subió de golpe y reventó el vidrio hacia adentro, pero no se apagó. La de manto blanco se inclinó sola hacia la balanza, como despidiéndose. Sentà que alguien me tocaba el hombro. No habÃa nadie. Solo el olor a flores, ya no marchitas, sino frescas. Los dÃas siguientes fueron extraños.
28:14 ChÃo se recuperó rápido. No hablaba mucho del hueco. Solo decÃa que soñó agua y oÃa monedas. Doña Licha le llevó pan de muerto a la imagen y limpió el pasillo con agua de cempasúchil. Puso dos veladoras nuevas, una blanca y una dorada. Prometió una olla de frijoles para todo el que pasara con hambre durante una semana. Y cumplió. La gente del barrio vino, comió, dejó monedas, encendió velas. Nadie se metió a discutir si era correcto o no. Cada quien sabe lo que debe. El dueño de la bodega ordenó tapar bien el hueco y cambiar el reloj.
28:57 Cuando lo bajaron, vieron que por detrás, rayado con punta de tijera, decÃa, 31 de octubre de 2009, 3-0-3. No habÃa razón para que eso estuviera ahÃ. Nadie que yo conociera lo habÃa escrito. Me lo llevé a casa. TodavÃa lo tengo. Desde aquella noche no volvà a reÃrme de los avisos. No hablo de pactos ni de cosas que no entiendo. Solo cumplo. Cada Halloween regreso a la bodega con un ramo de cempasúchil y dos veladoras, una roja y una blanca.
29:39 Las prendo a las once y las dejo arder hasta que quieran. No pido dinero ni negocio ni venganza. Pido que el que se pierda encuentre camino y que el que está abajo escuche su nombre a tiempo. El año pasado, mientras ponÃa las monedas, pasó un chavo que no conocÃa. Llevaba mochila y cara de no tener a dónde ir. Se quedó viendo la imagen. Le ofrecà café. Tomó el vaso sin decir nada. Antes de irse, dejó en el altar una tarjeta funeraria como la de aquella noche, pero limpia, sin escritura. Le pregunté su nombre. No lo dijo. Solo me miró con ojos de cansancio y susurró. No te duermas a las tres y tres. Sentà que la piel se me apretaba. Le dije gracias. Ya no lo vi.
30:34 He contado esto pocas veces, y siempre igual. No sé qué empujó a ChÃo a la bodega esa tarde. No sé quién la amarró sin amarrarla. No sé de dónde salió la veladora roja, ni quién raspó el chi en el tabique. Si sé que una mujer con manto se paró sobre mis botas y me llevó de la mano al lugar exacto. Si sé que la flama no se apagó con el aire de la madrugada ni con el golpeteo de la cortina. Y si sé que la hora que parecÃa un chiste se volvió llave. Si van por la zona las noches de octubre y pasan por un portón con dos velas encendidas tras la rendija, no golpeen la cortina como jugando. Dejen la moneda y sigan su camino.
31:23 A esa hora alguien cuenta los pasos, alguien recoge las lágrimas y alguien abre cuando tiene que abrir. Y aunque los relojes se paren, Alguien siempre llega a las tres con tres con el manto limpio y la vela recta. Esa fue mi noche de Halloween, y desde entonces cuando tomo el café solo, escucho en la orilla de la taza un tintineo leve, como de balanza que se acomoda. No da miedo, pone orden. Y a veces eso, solo eso, es todo lo que un hombre necesita para seguir de pie en una ciudad que nunca termina de cerrar los ojos.
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