Nov. 2, 2025

3 ATERRADORAS HISTORIAS DE LA SANTA MUERTE

3 ATERRADORAS HISTORIAS DE LA SANTA MUERTE
3 ATERRADORAS HISTORIAS DE LA SANTA MUERTE
Inframundo Relatos De Terror
3 ATERRADORAS HISTORIAS DE LA SANTA MUERTE

📍Sumérgete en la oscuridad con 3 aterradoras historias de la Santa Muerte. Relatos llenos de misterio, terror y leyendas que pondrán a prueba tu fe y tus miedos más profundos. Si eres amante del horror realista y las leyendas mexicanas, este video es para ti.🔔 ¡Suscríbete para más historias como esta!►https://goo.gl/MjkWjb

0:01 No olvides seguirnos en nuestro podcast oscuro Inframundo en Spotify, te aseguro, te encantará abajo. En la descripción te dejo el enlace. Buenas noches, Inframundo. Mi nombre es José Ramírez y lo que voy a contarles sucedió en Halloween del 2003 en un pueblo cercano a Taxco, Guerrero. Tenía 22 años y trabajaba como ayudante en una cantera de piedra.

0:48 No era un empleo fácil, sol, polvo y espalda molida todos los días, pero pagaba lo suficiente para llevar comida a casa. Lo que no sabía era que en esas tierras quebradas por barrancas y cuevas, la línea entre el mundo de los vivos y el otro se adelgaza en esas noches. Aquella tarde del 31, los compañeros organizaron una fogata en el patio de la cantera para pasar el rato. Yo preferí irme temprano porque al día siguiente quería madrugar y ayudar a mi madre a llevar flores al panteón. Caminé por el sendero que baja hasta mi casa en las faldas del cerro.

1:32 A un lado se abre la barranca de San Lucas profunda, con paredes de piedra que parecen tragarse la luz. Desde niño nos prohibían bajar ahí porque decían que no tenía fondo o que al menos no regresabas igual si te aventurabas de noche. Eran casi las 10 cuando pasé junto al borde. La Luna estaba alta, amarillenta, iluminando las cruces de madera que algunos vecinos clavaban en las orillas como advertencia. Fue entonces cuando noté un resplandor dentro de la barranca. Una luz que no venía de lámparas ni de casas era fija, roja, como de Veladoras.

2:19 Me detuve curioso el aire. Olía a Copal, aunque no había nadie cerca. No me aguanté y bajé por una vereda entre matorrales. El resplandor venía de una cueva semi cerrada con paredes húmedas. Ahí encontré un altar, una figura de la santa Muerte, de tamaño natural, vestida con manto negro y guadaña brillante, rodeada de veladoras rojas y blancas. Asus pies, ofrendas, pan de muerto, botellas de mezcal, cigarros, billetes doblados. Lo más raro era un espejo Ovalado colgado detrás de la figura, que reflejaban la flama de las velas de forma distinta, como si fueran más de las que realmente había. Sentí un escalofrío.

3:14 Nadie me había hablado de aquel altar. Di un paso hacia atrás, pero escuché algo que me detuvo un murmullo. No era viento, eran voces bajas. Varias como rezando me asomé, mejor no había nadie y aun así las voces seguían. Alcancé a distinguir frases entrecortadas, cuenta, paga, recibe una de las veladoras trono soltando un hilo de humo. El espejo Tembló y vi algo imposible, mi propio reflejo con el rostro de calavera me alejé de golpe, de pronto un ruido en el fondo de la Barranca.

3:54 Cascos de caballo lentos, retumbando en la piedra. No había camino para caballos. Ahí el eco se acercó hasta la entrada de la Cueva. Quise correr, pero las piernas no me respondían. En la flama de las velas apareció una sombra alta envuelta en un manto, sosteniendo algo que brillaba. La figura se plantó frente al altar, inclinó la cabeza y extendió la mano. En ese gesto reconocí lo que era la mismísima Santa Muerte encarnada frente a mí. El aire se volvió pesado, como si no hubiera oxígeno. La figura alzó la guadaña y la dejó caer suavemente sobre el suelo, sin tocarme.

4:42 El sonido metálico se mezcló con las voces que ahora eran más claras, nombres, nombres de gente del pueblo, algunos conocidos, otros no. Entre ellos escuché el mío, José Ramírez, sentí que el corazón me reventaba en el pecho. El espejo detrás del altar se iluminó por completo. Vi escenas como proyecciones, mi madre llorando en el Panteón, mi padre cargando un ataúd pequeño, mi propia cara rígida, cerré los ojos con fuerza. Cuando los abrí, las imágenes se habían desvanecido. Pero el altar seguía ahí, intacto. No recuerdo cómo logré salir de la cueva. Al volver al sendero, la Luna parecía más alta y el reloj de mi muñeca marcaba 303.

5:39 No sabía si habían pasado minutos u horas. Llegué a casa con el cuerpo helado. Mi madre me miró raro y dijo que parecía enfermo. No le conté nada. Al día siguiente, al acompañarla al Panteón, pasamos junto a la barranca. Quise mostrarle la entrada de la cueva, pero ya no había nada, ni altar, ni veladoras, ni espejo, solo piedras húmedas y silencio. Sin embargo, en la orilla del sendero encontré algo que me hizo temblar una veladora roja encendida sola. Sin viento que la apagara con una nota pegada, José pagado nunca más volvió a bajar a esa barranca.

6:27 A veces en Halloween, mientras la gente prende sus veladoras en los altares familiares, yo dejo una roja en la ventana sin nombre y cada año a las 3:03 la flama se endereza, recta como cuchillo, como recordándome que. Aquel altar en la barranca no fue un sueño, sino una advertencia cumplida, buenas noches, Inframundo. Mi nombre es Ramiro Hernández.

7:14 Y lo que voy a contar ocurrió en Halloween del año 2012 en San Juan de los lagos, Jalisco. Ese día el pueblo estaba lleno de turistas y comerciantes. No sólo era la fecha de Halloween, también caía cerca del día de todos los santos y en San Juan las calles se llenan de veladoras, disfraces, puestos de Calaveritas y hasta desfiles improvisados. Yo trabajaba en un puesto de pan de muerto en la plaza principal. Todo parecía fiesta, pero desde hacía una semana yo tenía sueños que me inquietaban. Veía a una mujer vestida de negro, caminando por el atrio de la catedral, arrastrando cadenas con un velo que cubría su calavera.

8:09 No le di importancia hasta esa noche. A las 10:00 de la noche cerramos el puesto con mi primo. Decidimos caminar hacia la salida del pueblo, donde el silencio ya pesaba más que la música de las plazas. El aire olía a incienso porque en cada esquina había altares improvisados. Al llegar al viejo camino que conduce al panteón municipal, escuchamos un murmullo como rezos lejanos. Pensamos que era gente haciendo rosarios nocturnos, algo común en esas fechas, pero pronto vimos la luz. Una procesión que avanzaba lentamente, con decenas de veladoras encendidas, la encabezaba una figura altísima, cubierta con un manto negro sosteniendo una guadaña. Los demás eran personas, hombres y mujeres, vestidos como campesinos.

9:09 Pero sus rostros estaban ocultos por velos blancos. Todos avanzaban en silencio, salvo por el murmullo de las oraciones. Me detuve helado. La figura al frente volteó hacia nosotros, aunque no había ojos bajo aquel velo supe que me había visto. Mi primo dijo que siguiéramos de largo, pero las piernas no me respondieron. El aire se volvió helado y el murmullo de rezos creció. Hasta retumbar en mis oídos, la procesión se detuvo justo frente a nosotros. Uno de los encapuchados se acercó y extendió una vela sin pensarlo, la tome la flama, no se movía con el viento.

9:55 La santa Muerte alzó la guadaña y con ella señaló el camino hacia el panteón. Todos retomaron el paso. Mi primo gritó que no aceptara nada. Que regresáramos, pero era como si una fuerza invisible me jalara. Caminé detrás de la procesión. Al entrar, las tumbas parecían brillar con una luz verdosa. Ninguna de las veladoras de los difuntos estaba encendida, solo las de la procesión. El aire olía a Tierra húmeda, pero también a metal oxidado. Los encapuchados se acomodaron en semicírculo frente a una tumba antigua, tan vieja que la lápida ya no tenía letras legibles.

10:43 La figura de la santa se colocó en el centro. Yo, todavía con la vela en la mano, me vi dentro del círculo. Mi primo no había entrado, se había quedado afuera, gritándome desde lejos. Entonces empezó lo peor. La Tierra de esa tumba comenzó a moverse, primero como si respirara, luego como si alguien empujara desde abajo la losa crujió y se levanto sola. De la abertura salió un aire helado y un olor insoportable, mezcla de carne podrida y copal. Lo que emergió no era un cadáver normal, era una figura esquelética envuelta en restos de tela, con un Rosario negro enredado en las costillas. Sus cuencas estaban vacías, pero de ella salía un brillo rojizo. Se levantó tambaleante y la Santa alzó la guadaña como dándole permiso de salir.

11:45 Yo estaba a 1 m de aquello. Quise soltar la vela, pero mis dedos no se abrían. El fuego me quemaba las manos, pero no podía tirarla. Uno de los encapuchados me habló con voz grave, la vela que cargas es tu tributo. Si la apagas, ella se llevará tu aliento esta noche no supe si era hombre o mujer, solo entendí que tenía que mantener la flama encendida. El esqueleto se acercó sus dedos huesudos, tocaron la vela y la flama se hizo azul. Sentí que algo entraba en mi, un frío que se pegaba al pecho, como si me hubieran vaciado por dentro.

12:28 En ese momento escuché la voz de la Santa. Clara en mi cabeza, sin mover la mandíbula en cada Halloween recordarás este instante, me encenderás una vela o caminarás con nosotros. No recuerdo cómo salí del Panteón, solo recuerdo los gritos de mi primo jalándome, los rezos apagándose detrás y el sonido seco de cadenas arrastrándose en la Tierra. La vela se apagó al cruzar la reja, pero mi mano seguía ardiendo, como si aún la sostuviera. Cuando volteamos la procesión ya no estaba el panteón estaba vacío en silencio absoluto, sólo una tumba abierta quedaba, pero al día siguiente la encontramos sellada como si nada hubiera pasado.

13:22 Desde esa noche, cada Halloween enciendo una vela negra en la ventana de mi casa. No importa dónde me encuentre San Juan, Guadalajara o hasta en otra ciudad. Siempre lo hago porque una vez no la encendí en el 2016 y esa madrugada sentí que alguien jalaba mis pies mientras dormía. Abrí los ojos y vi al esqueleto de la tumba parado en la esquina de mi cuarto, mirándome con esas cuencas rojas. Me persigné con lágrimas en los ojos y encendí la vela a las 3:00 de la madrugada. Solo así se fue.

14:07 Hoy, al contarlo aquí, vuelvo a sentir ese frío en el pecho. Sé que llegará el día en que ya no baste con una vela. Tal vez me toque unirme a la procesión. Tal vez me toque caminar detrás de la santa con un velo blanco sosteniendo mi propia flama azul. Y cuando eso ocurra será en Halloween, porque esa noche ella pasa lista y nadie puede negarse.

14:52 Mi nombre es Víctor Mondragón. Y esto me ocurrió en Halloween del 2009 en la Ciudad de México, entre Tepito y la Lagunilla. Era velador nocturno en una bodega de ropa sobre peralvillo. Aquellas calles de madrugada son otro mundo, cortinas de hierro, perros flacos, pasos que se oyen y no se ven. Yo ya conocía el ritmo, lo que no conocía era el precio de encender una veladora. A quien no debes olvidar. La bodega la rentaba un mayorista que traía pacas de San Juan de Dios y de Centroamérica. El dueño viajaba casi toda la semana. A mí me pagaba por cuidar y recibir, dormía poco, comía en la fonda de doña Licha y a veces me llevaba un catre para echar pestaña.

15:45 En el pasillo del fondo había una imagen de la santa Muerte. No era grande de yeso con manto blanco. Calavera pintada a mano, una balanza en la izquierda y una guadaña, chueca en la derecha, la encontramos al abrir la bodega Por Primera Vez alguien la había dejado sobre una caja de mezclilla con 2 monedas y una veladora usada. El dueño quiso tirarla, pero los estibadores dijeron que mejor no. ¿Quién la trajo? La va a venir a buscar, dijeron. Yo la dejé donde estaba, con respeto. Uno. En tepito aprende rápido a no jugar con lo que no entiende.

16:31 La noche del 30 para 31 de octubre me tocó quedarme solo mi relevo pidió permiso para llevar Asus hijos al desfile y el jefe andaba en Guadalajara. Cerré cortinas a las 10:00 pasé el candado. Y me senté en el escritorio a llenar las hojas de entrada en la radio de pila. Sonaba una estación de cumbias afuera, los cohetes Reventaban como si fuera Navidad. Dentro olía a tela nueva y a polvo viejo. A eso de las 11:30 escuché 3 golpes en la cortina metálica. No eran de cliente atrasado, eran secos, medidos. Me acerque con la lámpara nadie.

17:18 Sólo un papel doblado que habían empujado por debajo. Lo recogí. Era una tarjeta funeraria de esas que reparten afuera de los panteones al reverso con tinta roja. Una frase, no te duermas a las 3:03 me reí nervioso. Pensé que era broma de los cargadores. Hice un café cargado y me puse a barrer por matar el tiempo. A medianoche Prendí la veladora vieja que estaba al pie de la imagen, más por costumbre que por devoción. Le dije a la flaquita, lo mismo, que muchos dicen que no falte trabajo y que haya paz.

18:04 No pedí dinero ni nada raro, solo tranquilidad, puse 2 monedas de a 10 a un lado y regresé al escritorio. La madrugada avanzó y el barrio se quedó quieto. Cuando la ciudad se calla, la bodega suena distinto, la lámina respira, las vacas crujen, el concreto decora cada paso a la una y algo. Los perros de la cuadra empezaron a aullar uno, luego otro, luego todos. No vi a nadie pasar, cerré con cerrojo interior el radio, perdió la señal y quedó sólo un chasquido.

18:46 Lo apagué, me dio sueño, apoyé la cabeza en los brazos y me quedé así, medio dormido, medio despierto. No sé cuánto tiempo pasó. Sentí frío en las manos, como si me las hubieran lavado con agua. Abrí los ojos y vi en frente del escritorio a una mujer con manto blanco quieta, parada sobre mis botas. No recuerdo que entrara, no recuerdo oír la cortina. Estaba dentro, no era grandota, pero llenaba el espacio. Su cara no era cara, era calavera desnuda, con los dientes descubiertos, pero no daba risa. Traía en una mano una vela encendida que no goteaba cera y con la otra señalaba el pasillo del fondo. Quise pararme, pero las piernas no respondieron. No pensé en rezos ni en nada, tanto solo en la puerta trasera. La mujer inclinó la cabeza, como si me negara elpaso.no. Era aviso, era orden, señaló de nuevo el donde estaba la figurita de yeso, la vela que yo había prendido al inicio ardía más alta, azul en la base amarilla en la punta como soplete.

20:08 Me levanté por inercia y caminé detrás de ella su manto. No tocaba el piso. Avanzaba como si lo resbalara. Al pasar entre las pacas, las etiquetas se movían rosadas por un viento que no era viento. En el pasillo, al pie de la imagen había otra veladora que yo no había puesto. Roja nueva, con listón dorado encendida, sola la llama no bailaba, se quedaba clavada recta como un alfiler de luz. La calaca se detuvo junto al altar improvisado. Puso su vela al lado y el lugar se iluminó como si fuera día.

20:48 No había sombras ni arriba ni abajo. Yo podía ver el polvo suspendido, los pliegues del manto, el brillo en la guadaña, chueca. Y pude ver algo más, un hilo oscuro que corría desde la Veladora Roja hasta el piso. Me incliné, no era cera, era sangre fresca, delgada. Haciendo un camino hacia la puerta del baño, que estaba más allá del pasillo, la mujer me miró sin ojos y volvió a señalar, caminé tras el rastro. La sangre no era un charco, era un hilo ordenado que se metía por las grietas del mosaico. Cuando empujé la puerta del baño, olió a flores marchitas. Se me trabó la garganta, encendí la luz. El espejo estaba cubierto de humo por dentro, como si hubiera agua tibia y no la había en el lavabo. No había nada en el piso.

21:49 Una pulsera de cuentas negras de esas que usa la gente devota con una calaverita de plástico. Como dije la reconocí. Era de Chío, la hija de doña Licha de la Fonda. Tenía 17. Venía seguido a dejarme café por encargo de su madre. La Última Vez en la tarde me dijo que volvería a recoger una chamarra que le gustó. No regresó, yo pensé que se había arrepentido. Cuando levanté la pulsera escuché 3 golpes dentro del espejo, pero del otro lado no fue imaginación. Fueron golpes con mano abierta. El espejo Vibró y dejó marcas de dedos que se deslizaron hacia abajo.

22:38 Sentí que me apretaban las costillas por dentro. Corrí hacia la bodega y le grité a la mujer del manto. Como niño no hubo respuesta, ya no estaba. Me quedé solo con la Veladora roja ardiendo y el hilo de sangre que se deshacía en el mosaico. Quise marcar a la policía, pero no era cosa de explicar por teléfono. Tomé la lámpara y seguí el hilo hacia atrás. Hacia el portón trasero, el cerrojo estaba puesto por dentro, como yo lo dejé en la lámina, sin embargo, había 3 líneas de rasguños desde arriba hasta abajo como hechas con una navaja vieja.

23:24 Acerqué la lámpara, eran marcas por dentro, no por fuera, como si alguien hubiera rascado, pidiendo que le abrieran. A las 3.3 exactas, el reloj de pared del pasillo se detuvo, lo sé porque lo vi de frente cuando la aguja de los segundo se clavó y la bodega se quedó muda. Ni calle, ni perros, ni nada, sólo las 2 velas encendidas. En ese silencio se oyó un llanto bajito de niña saliendo de debajo del piso, no arriba abajo. La bodega había sido antes una vecindad. Taparon el patio con loza y levantaron el techo. Muchos decían que aún había charcos de humedad y pasadizos cegados.

24:11 Yo nunca les di importancia. Esa noche creí todo. Busqué con la planta de los pies, donde sonaba más hueco junto al baño, bajo el mosaico gris. El suelo retumbaba distinto. Rompí la primera loseta con una barreta. La segunda se levantó sola, como si empujara aire. Un olor frío subió como de pozo, metí la lámpara, había un hueco de 1 M y medio con tabique viejo y un tubo oxidado que iba hacia la calle en el tabique, algo raspado, con clavo, un nombre a medias y una fecha de esa misma semana me temblaron las manos. No hice de héroe.

24:56 Llamé a doña Licha primero no quise asustarla, le dije. Venga a la bodega, por favor, es urgente. Llegó con un rebozo y con su hijo Toño en menos de 10 minutos. Cuando les mostré la pulsera, doña Licha se fue al suelo. Toño se quiso aventar al hueco, lo frené, le dije que esperara. Llamamos a una patrulla y a los bomberos. No sabíamos que íbamos a encontrar mientras llegaban. Las velas no se apagaron ni con el aire que corría por la puerta abierta. Un fulgor raro llenaba el pasillo no de foco, sino de velorio. Doña Licha, entre llorando y rezando, le habló a la santa, así, madre, devuélveme a la niña, no te prometo oro, te prometo que le voy a poner flores y pan y que voy a dar de comer a quien llegue sin comer, pero devuélvemela. A mí me recorrió un calor desde la nuca. El reloj que estaba parado avanzó 1 segundo y luego se quedó quieto de nuevo.

26:06 En ese instante se oyó un golpe seco dentro del hueco y luego 2. Toño se hincó y metió medio cuerpo por el agujero. Yo lo sujeté de la cintura. El muchacho jaló con fuerza entre ladrillos flojos y polvo sacó a su hermana. Chio estaba pálida, con la boca reseca, las uñas llenas de Tierra. Tenía un trapo amarrado a la muñeca. El otro extremo estaba atado a un tubo, como si alguien la hubiera retenido ahí, pero sin apretar fuerte respiraba. Abrió los ojos, dijo muy bajito, una señora Me habló bonito, me dijo que esperara a que prendieran la vela. La policía llegó haciendo preguntas que nadie supo contestar.

26:59 Los bomberos ampliaron el agujero y encontraron un pasillo segado que iba a dar a la calle por debajo de una rejilla. Había huellas de que alguien más estuvo ahí días antes. Cajetillas, un vaso, un pedazo de tela. No hallaron dueño. En su informe Anotaron que la chica cayó por accidente y quedó atrapada. Dejaba todo en orden, pero yo sé lo que vi. Gio no se cayó cuando se calmó un poco. Ya en la ambulancia repitió, la señora De Blanco me dijo que no me durmiera, que me iba a venir a despertar a las 3.3. Esa noche nadie durmió. Cerramos el boquete con tablas.

27:43 Doña Licha se llevó a su hija al hospital, Toño y yo nos quedamos de guardia fuera con la cortina bajada a medias. A ratos me alejaba al pasillo de la imagen. Las 2 velas seguían igual, firmes, sin consumir casi nada. A eso de las 4:30, la flama de la Veladora Roja subió de golpe y reventó el vidrio hacia dentro, pero no se apagó. La de manto blanco se inclinó sola hacia la balanza, como despidiéndose sentí que alguien me tocaba el hombro. No había nadie. Sólo el olor a flores, ya no marchitas, sino frescas, los días siguientes fueron extraños.

28:31 Gio se recuperó rápido, no hablaba mucho del hueco, sólo decía que soñó agua y oía monedas. Doña Licha le llevó pan de muerto a la imagen y limpió el pasillo con agua de cempasúchil. Puso 2 veladoras nuevas, una blanca y una dorada. Prometió una olla de frijoles para todo el que pasara con hambre durante una semana y cumplió la gente del barrio. Vino, comió, dejó monedas, encendió velas. Nadie se metió a discutir si era correcto o no. Cada quien sabe lo que debe. El dueño de la bodega ordenó tapar bien el hueco y cambiar el reloj. Cuando lo bajaron, vieron que por detrás, rayado con punta de tijera, decía. 31/10/2009 303 no había razón para que eso estuviera ahí.

29:30 Nadie que yo conociera lo había escrito, me lo llevé a casa. Todavía lo tengo desde aquella noche no volví a reírme de los avisos. No hablo de pactos ni de cosas que no entiendo, sólo cumplo. Cada Halloween regreso a la bodega con un ramo de cempasúchil y 2 veladoras, una roja y una blanca. Las prendo a las 11:00 y las dejo arder hasta que quieran. No pido dinero, ni negocio, ni venganza. Pido que el que se pierda encuentre camino y que el que está abajo escuche su nombre a tiempo. El año pasado mientras ponía las monedas, pasó un chavo que no conocía.

30:15 Llevaba mochila y cara de no tener a dónde ir, se quedó viendo la imagen, le ofrecí café, tomó el vaso sin decir nada. Antes de irse dejó en el altar una tarjeta funeraria como la de aquella noche, pero limpia, sin escritura, le pregunte su nombre. No lo dijo, sólo me miró con ojos de cansancio y susurro, no te duermas a las 3:03. Sentí que la piel se me apretaba. Le dije, gracias, ya no lo vi. He contado esto pocas veces y siempre igual. No sé qué empujó a chío a la bodega esa tarde.

30:58 No sé quién la amarró sin amarrarla, no sé de dónde salió la Veladora Roja ni quién raspó el chi en el tabique. Sí sé que una mujer con manto. Se paró sobre mis botas y me llevó de la mano al lugar exacto. Sí sé que la flama no se apagó con el aire de la madrugada ni con el golpeteo de la cortina. Y sí sé que la hora que parecía un chiste se volvió llave. Si van por la zona las noches de octubre y pasan por un portón con 2 velas encendidas tras la rendija, no golpeen la cortina como jugando, dejen la moneda.

31:39 Y sigan su camino. A esa hora alguien cuenta los pasos, alguien recoge las lágrimas y alguien abre cuando tiene que abrir. Y aunque los relojes se paren, alguien siempre llega a las 3.3 con el manto limpio y la vela recta. Esa fue mi noche de Halloween y desde entonces, cuando tomo el café, solo escucho en la orilla de la taza un tintineo leve. Como de balanza que se acomoda, no da miedo, pone orden y a veces eso solo eso, es todo lo que un hombre necesita para seguir de pie en una ciudad que nunca termina de cerrar los ojos.

32:28 Síguenos en Spotify como oscuro Inframundo para más contenido como este. En la descripción te dejo el enlace. Muchas gracias.