Una sociedad feliz

A pesar de la crispación política, las incertidumbres económicas que nos puedan afectar y los contratiempos cotidianos, la realidad es que somos una sociedad razonablemente feliz. No somos conscientes de ello, porque vivimos en una zona privilegiada...
A pesar de la crispación política, las incertidumbres económicas que nos puedan afectar y los contratiempos cotidianos, la realidad es que somos una sociedad razonablemente feliz. No somos conscientes de ello, porque vivimos en una zona privilegiada del mundo. Europa es una singularidad, al igual que Estados Unidos y Canadá, Australia y Nueva Zelanda o Japón y Corea del Sur, porque en el resto encontramos solo algunos países aislados en los que el nivel de vida y los derechos y las libertades sean equiparables con nosotros. No hay más que hacer un somero recorrido para constatar la situación que se vive en el resto del mundo. Cuando se habla de desigualdades no hay más que pasearse por Asia, África o Iberoamérica. No incluyo a los países árabes que son fabulosamente ricos gracias al petróleo y el gas, porque la riqueza de unos pocos no define al conjunto de la sociedad. Es un contraste con otros países de la zona que no fueron bendecidos con la presencia de combustibles fósiles en su territorio. Las desigualdades son tan abismales y las carencias democráticas tan enormes que no tienen nada que ver con nosotros. Por supuesto, no se trata de ninguna superioridad, sino el resultado de una evolución histórica y cultural que nos ha conducido a donde nos encontramos.
Una sociedad feliz, A pesar de la crispación polÃtica, las incertidumbres económicas que nos puedan afectar y los contratiempos cotidianos. La realidad es que somos una sociedad razonablemente feliz. No somos conscientes de ellos porque vivimos en una zona privilegiada del mundo. Europa es una singularidad, al igual que el área de Estados Unidos y Canadá, Australia y Nueva Zelanda, o Japón y Corea del Sur, porque el resto encontramos solo a algunos paÃses en los que el nivel de vida y los derechos y las libertades sean equiparables. No hay más que hacer un somero recorrido para constatar la situación que se vive en el resto del mundo cuando se habla de desigualdades. No hay más que pasearse por Asia a Ãfrica y Iberoamérica. No incluye a los paÃses árabes que son fabulosamente ricos gracias al petróleo y el gas, porque la riqueza de unos pocos no define al conjunto de la sociedad. El contraste es otros paÃses de la zona que no fueron bendecidos con la presencia de esos combustibles fósiles en su territorio. Las desigualdades son tan abismales y las carencias democráticas tan enormes que no tienen nada que ver con nosotros. Por supuesto, no se trata de ninguna superioridad, sino el resultado de una evolución histórica y cultural que nos ha conducido a donde nos encontramos. El ser una sociedad feliz nos define colectivamente, aunque haya personas que sean infelices o lo pasen mal. En cualquier caso, no existe la pobreza o la miseria que encontramos en el resto del mundo. A veces no somos conscientes de ello. A lo largo de la historia de las sociedades ricas muestran pautas de comportamientos similares que podemos calificar incluso de frÃvolas y decadentes. No hay duda de que la civilización europea y su proyección en el mundo, con sus aspectos positivos y negativos, es muy fascinante. El carácter caprichoso de la opinión pública hace que se canse o aburra con las malas noticias. Hace tiempo que Afganistán dejó de interesarnos. Es difÃcil reconocer que, desgraciadamente, puting ha conseguido sus usos objetivos en Ucrania y que la guerra contra jamás es profundamente impopular gracias al disemitismo latente en la sociedad europea. Nada que nos tenga que sorprender








